Leer y escribir ¿responsabilidad del docente de la U?


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Sí, aunque a muchos educadores les pueda parecer que la enseñanza de la lectura y la escritura no son asunto del aula universitaria y que el docente no tendría que perder su tiempo en su ejercicio, el interpretar, aplicar y producir un texto escrito es parte esencial del aprendizaje de una determinada disciplina; por tanto, es responsabilidad del docente universitario facilitar, predisponer y guiar procesos formativos que integren lectura-escritura con los aprendizajes particulares de la disciplina que regenta.

A pesar de los esfuerzos que viene haciendo el Subsistema de la Educación Regular desde la pasada Reforma Educativa (Ley 1565) para promover la lectura (con énfasis en Planes Lectores: actividades, libros y textos especializados), las evidencias parecen indicar que aún queda mucho por hacer en esta materia básica y transversal.

Y es que da la impresión que hemos entendido que el hábito de la lectura, y que las competencias para entender y/o producir un texto son de exclusiva responsabilidad de la escuela Primaria, principalmente, y de la Secundaria como parte de un esfuerzo complementario. Nada más equivocado.

Una población lectora se construye con políticas educativas y culturales que marquen tal rumbo; con tradiciones y costumbres que naturalicen y divulguen el hábito; con Clubes, Bibliotecas, Museos, Centros Culturales y otros espacios que mantengan viva su práctica; y con una Educación Superior que la demande como competencia mínima requerida.

La lectura comprensiva y la producción de textos no es tarea solitaria de los quijotes del área, de aquellos bien intencionados profesores de Lenguaje cuyos esfuerzos suelen ser siempre insuficientes; la lectura y escritura debe ser tarea de todos los educadores, así como la ética, el civismo, la conciencia ambiental, el humanismo y el respeto a las leyes.

La responsabilidad de la Educación Superior pasa por diseñar y ejecutar políticas de Alfabetización Académica Universitaria orientadas a integrar todas las asignaturas con las habilidades del lenguaje y la comunicación, de tal forma de incidir -desde la práctica docente, el currículo, la investigación y la interacción- en la producción y análisis de textos; de otra forma, desde un esfuerzo solo del profesor, por ejemplo, no se alcanzarán los logros deseados que es que los universitarios se titulen con las competencias básicas de la comunicación y la lingüística que no son otra cosa que parte fundamental de su perfil profesional con el que se ganarán el pan de cada día el resto de sus vidas, sea cual fuera su “carrera”.

Nota publicada en EL DEBER de Santa Cruz.

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