“La autoridad no hace nada” (Sin pelos en la lengua, Los Tiempos)


Nunca un encargo fue tan bienvenido. Unos vecinos de la Melchor Urquidi y Zenón Salinas me han pedido hace dos semanas que me refiera al conflicto que tienen hace al menos un año a partir del funcionamiento de una discoteca al aire libre que funciona de jueves a sábado de 21:00 a 03:00 y que, muy a pesar de los reclamos expresados a las autoridades, el boliche continúa perturbando el descanso de decenas de familias.

Decía que era un encargo bienvenido porque innumerables veces he sido víctima de situaciones similares. Recuerdo que estábamos recién casados, estrenábamos techo allá en la (ahora) “casa vieja” de El Frutillar cuando fuimos sorprendidos por una amplificación cuyo volumen hacía parecer que sonaba en el dormitorio. El feroz ruido motivó a mi joven esposo a llamar a la Policía para que pusiera orden. A la pregunta de quién hacía la denuncia, la respuesta: Álvaro. En 10 minutos la fiesta se “acabó” y por fin pudimos dormir, pero cuando los uniformados de verde olivo (como dice la prensa) abandonó el lugar, los dueños del jolgorio retomaron el ritmo dedicándole cada cumbia a un tal Alvarito.

Desde entonces, 24 años, cuántas noches no habremos pasado en vela gracias a las libertades de nuestros vecinos.

Hace 70 noches intento dormir en un sofá cama en la sala de un departamento en Santa Cruz y puedo asegurar que han sido pocas las ocasiones en las que no he sido víctima de las malacrianzas, excesos y vicios de algunos vecinos y sus “acompañantas”. En un principio y cuando mi paciencia ya no encontró consuelo, usé el grupo de WhatsApp del condominio para expresar mi reclamo y, adivinen, fui olímpicamente detestada por “quejona”. Los argumentos insinuaban que si no me gustaba cómo se vivía en el edificio me fuera. Bueno, con vecinos y respuestas así no queda otra que ser obediente.

Desde el episodio de la Policía y la música dedicada a los vecinos bullangueros del edificio desde donde aún escribo esta columna, ha pasado casi cuarto de siglo y lo sorprendente es eso, que nada ha cambiado, que aún seguimos siendo presas del irrespeto de gente desconsiderada, de autoridades ausentes, de normas sin cumplirse y de una sociedad que funciona así, al ritmo del animador nocturno, del preste mensual, del desborde de los viernes de soltero, de los San lunes pegadores y de un individualismo que te dice que si no te gusta, te mandes a cambiar.

Las comparaciones son odiosas pero muy didácticas: Mi esposo jamás olvida la molestia de su amigo Tonchy Bacovic cuando Álvaro llegó una noche a su casa tocando bocina. El amigo de la infancia, casi infartado por el hecho, le explicó al esposo mío que no podía hacer eso porque molestaba a los vecinos. El episodio sucedió en el centro de las culpas de don Evo y el grupo de cuates antiimperialistas que tiene, Washington.

Lo cierto es que el 51% de los bolivianos vivimos atormentados porque en el país las leyes no funcionan, la justicia es un mal chiste y sus operadores unos corruptos de competencia; sin embargo, un enorme porcentaje que quizá sobrepase el mencionado, es incapaz de respetar los colores del semáforo, la normativa que sanciona orinar en la calle y lo que es peor, acepta que se vulnere la CPE apelando al derecho humano del monarca.

¿No será que esos “usos y costumbres” inciden en que hace 12 años seamos gobernados por un Presidente que le mete nomás al abuso de poder diciéndonos que su fiesta va a continuar y que si no nos gusta nos podemos ir? Claro, ¿qué se puede esperar de los elegidos si los electores no sospechan de hábitos de buena convivencia?

“Las autoridades no hacen nada” es el reclamo de los vecinos de la Melchor Urquidi; por supuesto que no hacen nada, porque así es, así funciona el negocio, así está diseñado el sistema y la herencia cultural del ciudadano. En Bolivia como otros países muy latinoamericanos, las normas, la ley y la justicia son adornos; más bien, el mejor pretexto para empoderar al poderoso y seguir arruinando al mortal, al que solo intenta dormir.

O sea que, vecinos “problemáticos y quejones” de la Melchor Urquidi y Zenón Salinas, pueden ir buscando otro cuadrante dónde poder dormir, pero les adelanto que no lo encontrarán, el problema había sido fenómeno nacional.

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