Fiestas semáforo: alcohol, drogas y sexo (Sin pelos en la lengua, Los Tiempos)


Me puse a indagar en el internet sobre las fiestas Semáforo y descubrí que se trata de una oferta muy publicitada en redes sociales “súper divertida y novedosa” para los jóvenes. Habría entrado de moda hace aproximadamente 10 años en varios países vecinos, Perú especialmente.

Las fiestas Semáforo se caracterizan por ofrecer a su joven público (13 y 17 años) la posibilidad de pertenecer a una categoría según el color de la manilla o prenda que se lleve puesta: el rojo significa que estas con pareja, el amarillo o naranja que estás indeciso, el verde disponible y el negro que estás preparado para todo.

El muro de Facebook de Radio Norte, la ofrece como “te proponemos una fiesta que te ayudará a conocer gente, a encontrar pareja o solo pasarla bien, en un ambiente acorde, sorpresa y buena onda, anímate que uno siempre se arrepiente más de lo que no hizo y pudo hacer que lo que no hizo. Habrá barra de tragos rojos, amarillos y verdes muy económicos”.

Hay otros sitios juveniles que las promocionan como un tipo de “fiesta para adultos porque la idea es divertirse y quizá poder encontrar una pareja. El quid del asunto es llevar un polo de un color específico para hacerle saber al resto cuál es tu situación sentimental. Ahora compártelo en tus redes sociales”. Este tipo de mensajes inocentes emplean “etiquetas” como “Ideas divertidas para fiestas”.

Estas fiestas que se promocionan en redes sociales y se venden en colegios a través de los muchachos más populares quienes reciben comisión por el trabajo, se caracterizan por ser verdaderos antros y centros de extorsión en los que se comercializa alcohol, drogas (marihuana, diazepan y otras drogas sintéticas), y sexo, sexo libre y promiscuo a la vista y paciencia de todos.

Las Semáforo no son las únicas fiestas de moda donde se ofrece de todo al público adolescente, también están las fiestas Arco Iris y las Candy que son, según la página Trome, “más peligrosas porque es donde los participantes están obligados a tener sexo sin ninguna protección con desconocidos en las denominadas ruletas sexuales”.

Pues bien, mientras nosotros los padres creíamos que nuestros hijos andaban en El Prado pedaleando y haciendo parada en La Recoleta para refrescarse con un heladito de canela o con uno de esos interminables azucarados que están de moda, nuestros chiquitos (aproximadamente 200 menores) estaban haciendo algo “mejor” en dos fiestas Semáforo. La hora de la verdad llegaría cuando los 200 ilusos papás recibieron una llamada de la Policía señalando que sus pequeños pero lanzados hijos estaban en dependencias de la EPI Norte.

Sin ánimo de disculpar a estos muchachos o de minimizar sus culpas y deseos, quiero cuestionar a sus padres, a sus abuelos, a sus tíos y padrinos; a sus profesores, a los medios de comunicación y a nosotros los columnistas que andamos distraídos en las borracheras de poder de los políticos, en vez de insistir en lo fundamental de la vida.

Nuestros niños están creciendo en medio de una cultura que ha naturalizado el consumo del alcohol y no estamos diciendo ni haciendo nada.

 Es hora que seamos honestos y aceptemos que los bolivianos tenemos un problema con el alcohol; no puede ser que creamos que éste debe ser parte infaltable en cuanto acontecimiento social organicemos; que sea bonito posar junto a cajas de cerveza, mesas llenas de botellas de alcohol, o de amigos que “cayeron primero” debido a su estado de embriaguez. Esto, mis estimados lectores, no es motivo de orgullo nacional; esto, lo que hace es naturalizar un acto que para muchas familias se constituye en un verdadero problema, y que lleva a que nuestros niños se hagan adultos convencidos de que el consumo desenfrenado de alcohol no solo es normal, sino que es motivo de orgullo.

Los bolivianos convivimos con el tan empleado término “en estado de ebriedad” que provoca accidentes, violaciones, feminicidios, pateaduras y tantas otras amarguras a miles de familias que tienen que soportar los efectos de las drogas.

Se hace necesario emprender una cruzada por la defensa de la vida, la salud, las buenas costumbres y la familia. No puede ser que nuestros hijos anden metidos en fiestas Semáforo mientras los padres nos enorgullecemos por cuánto “chupamos” los fines de semana.

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