El golpe (Sin Pelos en la lengua, Los Tiempos. 2)


El alcalde José María Leyes, ha asegurado que las investigaciones que se siguen luego de la denuncia de supuestas irregularidades en el proceso de licitación y adquisición de mochilas y útiles escolares, responderían a la intención que tiene el MAS de propinarle un golpe (político).

Evidentemente llama la atención la agilidad, la eficiencia y la prolijidad con la que la ley está actuando en el caso de las mochilas chinas que, como se ha informado durante la semana, ha descubierto otras irregularidades en los procesos de licitación de cemento asfáltico.

Hay mucho que decir, opinar y aclarar al respecto. Lo primero es de rigor estético: Se hace necesario advertir dos asuntos que -en un contexto de buena fe, sensatez y honestidad intelectual- estarían sobrando: Primero, no soy masista ni Demócrata; segundo, corrupción es corrupción venga de donde venga.

Qué desagradable tener que hacer estas aclaraciones que, a esta altura del drama, ya son frases cliché usadas una y mil veces sencillamente porque, quienes nos gobiernan, han creado tal polarización política que nadie se libra de ser mal interpretado pues no hay lugar a posturas intermedias, a relativismos, a dudas ni a titubeos. Los matices no existen en la actual coyuntura, tampoco la posibilidad de ser independiente, de no tener un interés personal, de actuar por propia convicción o de emplear un derecho legítimo a pensar de una u otra forma.

La polarización política en Bolivia ha hecho presa del señor alcalde Leyes. Desde que se conociera la denuncia de la concejala Molina, las respuestas de la autoridad edil y de sus voceros se han enmarcado en un discurso caracterizado por la contra ofensiva, la contraacusación, y la victimización. Todo este “aparataje lingüístico” habría sido menos notorio si Leyes no hubiera cerrado su actuación con broche de oro aduciendo que esto se trata de un complot del MAS, de un golpe a su gestión, de una persecución política, y si no hubiera mandado a redactar una norma que le permita gobernar aún en ausencia física de hasta 3 meses porque “teme ser detenido”.

Lo poco curioso del asunto (porque en realidad es absolutamente predecible) es que el Alcalde piensa y habla igual que el presidente Evo quien en reiteradas oportunidades ha denunciado instrumentos e intenciones golpistas, maniobras desestabilizadoras, provocaciones separatistas, intentos de agresión física e incluso riesgo de asesinato (recordemos lo ocurrido en la Cumbre de las Américas cuando un periodista se hizo “merecedor” a un golpetazo en la nariz por parte de un guardaespaldas de Morales porque, según la versión oficial, el corresponsal vulneró la seguridad del Presidente).

Hace mal el alcalde de Cochabamba al tratar de defenderse de ese modo, así, como lo hace Evo. Resulta pues que la población es un tanto ingenua, pero nunca tonta, menos ahora que es parte activa de la generación de opinión. El ciudadano, por esa misma razón, es demasiado vulnerable a crear conceptos e ideas que pueden ser poco favorecedoras a la clase política; ejemplo, hace tiempo se escucha en plazas y cafés, que la corrupción en la Alcaldía se pasea como Pedro por su casa, claro, se trata de especulaciones producto de esas formas tan libertinas que mandan en la construcción de las opiniones públicas.

En ese contexto, que el Alcalde opte por el discurso del contraataque y la victimización, no es lo más inteligente; por el contrario, genera más dudas y susceptibilidades hasta, finalmente, el rechazo de la población. Decir que se trata de un golpe y anunciar una ley que lo “sujete” a la silla municipal, es como volver a escuchar los ruidos discursivos de un Evo desesperado por mantenerse en el poder mientras agoniza en sus propias miserias.

Lo que Leyes debió hacer es defenderse de ese “golpe político” de la mejor y única manera: Con la verdad, mostrando documentos que revelen licitaciones y procesos transparentes. Salir por la vía del contraataque y la victimización política es tan pueril como ver movilizado a un gobierno central disque haciendo justicia. ¡Por favor!

Si hay algo que no deja margen a discusión, es que el ciudadano ya no cree ni en unos ni en otros, nada más lapidario para un político.

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