Ser bien gobernados (Sin pelos en la lengua, LOS TIEMPOS/1).


El 8 de enero escribí la que pensé que era mi última columna, me despedía de este medio bajo el título Tiempo de agradecer; había decidido que era momento de cerrar un ciclo, y lo hice agradecida con la revista !Oh! por haberme acogido entre sus páginas con las libertades que suele otorgar esta casa periodística, pero al mismo tiempo agobiada por un oficio que suele interpelar a quienes tenemos el privilegio de asumirlo más que solo ejercerlo.

A 3 meses de mi alejamiento, hoy estoy de vuelta con aquel sello pactado hace casi 10 años con Puntos de Vista: SIN PELOS EN LA LENGUA toma un lugar en este espacio de domingo con el compromiso, transparencia y pasión de siempre.

En este ejercicio de repensar la democracia -imperfecta pero receptora de demandas legítimas y soñadoras- quiero dedicar esta columna al derecho que tenemos los ciudadanos de ser bien gobernados. ¿Qué significa ser bien gobernados? ¿Acaso un ejemplo de economía? ¿Un país en indiscutible desarrollo social y productivo? ¿Unos servicios básicos con cien por ciento de cobertura? ¿Una salud sin fichas de madrugada y una educación sin dictados ni exámenes escritos? Significa todo aquello…también.

Ser bien gobernados, sin embargo, supera aquel esfuerzo por demostrar logros materiales. Sugiere un alcance mayor que no es ni subjetivo ni abstracto, por el contrario, es tan objetivo como el placer de viajar en una carretera de doble vía sin huecos y bien señalizada, de una atención médica pronta, o de maestros dedicados y sabios. El ser bien gobernado es, sobretodo, tener gobernantes honestos, es decir, constructores de carreteras sin sobreprecio, impulsores de una atención en salud con calidad y calidez, y dispuestos a reconocer el trabajo de los maestros con salarios dignos.

Cada portada de periódico, tuit, declaración en los medios audiovisuales, acto y obra, constatan la ausencia de honestidad de nuestras autoridades; es por eso que el electorado ha elegido a “Ninguno” como el actor político de mayor preferencia; que los vecinos están organizados políticamente; que los paros cívicos acaban en irrefutables demostraciones de ira y frustración colectiva; que las redes sociales no dejan de proclamar la restitución de los derechos de libertad política y de sentenciar la corrupción y el abuso de poder. Y, sin embargo, las autoridades se empeñan en demostrar su falta de honestidad porque al parecer ésta es una condición para la subsistencia de esa política criolla cuyo caldo de cultivo es una mezcla mortífera de ignorancia, pobreza, falta de valores éticos y humanos, ausencia de mecanismos de fiscalización, desapego a la ley y una justicia que no existe.

Conocidos son los recursos que emplean los políticos para disimular su “composición” humana. Basta recurrir a la estrategia de propaganda goebbeliana (once principios de la comunicación de masas del régimen Nazi que Hitler empleó para someter y asesinar), que lamentablemente otros prototipos de abusadores electos emplean; por ejemplo, Evo ha dicho que la Comisión Interamericana de Derechos Humano (CIDH) es “defensora del terrorismo”, esto corresponde a dos principios goebbelianos, el de Simplificación y del enemigo único y el de Transposición (cargar sobre el adversario los propios errores o defectos respondiendo el ataque con el ataque). El uso de la reivindicación marítima con banderazo, funcionarios públicos disfrazados y demás, aplica al principio de Transfusión (opera a partir de un sustrato preexistente como un anhelo y una mitología nacional), también aplica al principio de Unanimidad (todos pensamos y sentimos igual: “el mar nos une”). El principio de la Transfusión también es usado cuando ante el supuesto acto de racismo en el micro, el propio Presidente se pronuncia anunciando todo el peso de la ley (apela al complejo de odios, prejuicios tradicionales y actitudes primitivas para el empoderamiento del líder).

Cuando la Alcaldía de Cochabamba es denunciada por irregularidades en el proceso de adquisición de mochilas, y el Alcalde habla del agua y de las ciclorutas, está apelando a los principios de la Renovación (emitir constantemente información y argumentos nuevos) y al de Silenciación (acallar sobre lo que no se puede defender y disimular las noticias que desfavorecen), pero también al del Único enemigo (La acusadora es del MAS).

El decálogo de la propaganda Nazi es el ingrediente principal de la receta bolivariana vigente en Cuba, Venezuela y Bolivia (utilizada también por el correismo, el Kirchnerismo y el Lulismo); pero es tan versátil y “eficaz” que seduce a otros, por eso no ha sido extraño que ante las declaraciones del Alcalde Leyes y de su colaborador Alex Contreras (exvocero de Evo), se escuchen expresiones como “responden como los masis” o “se parecen al MAS”.

Los bolivianos deseamos y merecemos recobrar la confianza en la política y los políticos; la fórmula no es un secreto: Honestidad.

http://www.lostiempos.com/actualidad/opinion/20180408/columna/ser-bien-gobernados

 

 

 

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8 comentarios en “Ser bien gobernados (Sin pelos en la lengua, LOS TIEMPOS/1).

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