“Qué gente”, la historia de los floreros robados


image65137Mis hijos limpiaban la lápida. La rutina es exactamente la misma desde aquel 18 de noviembre de 2014 cuando él decidió volar. Es muy especial ver a mis hijos arrodillados en ese pasto desordenado tratando de acicalar el pequeño rectángulo donde descansa el abuelo Rolo.

Mi marido siempre de pie, observando la faena. Y yo siempre sentada en el banco debajo de la palmera observándolo casi todo.

Ese día nada de especial había ocurrido hasta que vimos llegar a cuatro mujeres de distintas edades que, posiblemente, conformaban tres generaciones. Las cuatro vestían de negro, blusas negras, pantalones de tela de vestir negros, zapatos de taco medio negros, carteras negras, y dos de ellas eran rubias teñidas y de a mucho rulo logrado con química de peluquería. Las doñas pretendían dárselas de muy pitucas, pero no alcanzaban en sus pretensiones: Hablaban demasiado fuerte para el gusto de todos, incluso de las almas que allí descansan.

Las de la generación sandwich, inmediatamente se percataron que se habían robado los dos vasos para las flores que seguro habían llevado el domingo anterior (el difunto aún no contaba con la lápida definitiva, por tanto, no gozaba de vaso propio). Una de ellas grito: ¡Qué gente, no hay los vasos!

De inmediato, entre las dos comenzaron a querer sacarse los vasos de las lápidas vecinas, tarea que no es sencilla porque están soldados a cadenas que se pierden en el infinito del terreno…en eso mis hijos habían dejado de hacer lo que hacían y de pie, miraban -casi paralizados- cómo las doñitas de negro intentaban, lápida por lápida, conseguir dos vasos para colocar sus flores recién compradas.

Otra señora que pasaba por el lugar y que seguro estaba tan sorprendida como nosotros por la actitud de las mujeres, les dijo que podían pedir un vaso en la oficina del campo santo, a lo que una de ellas obedeció el consejo y se fue a conseguir el tan codiciado recipiente. Volvió con dos vasos medianos de plástico que lógicamente no aguantaban más de dos claveles juntos.

Mientras tanto la familia de quien escribe había vuelto a lo suyo y las señoras de negro pasaron a cuarto plano.

Cuando decidimos irnos después de una charla espiritual con el Rolo en la que le pido que cuide a mis pollitos, nos fuimos. Para variar faltaba el Santi…el chico, tan jodidito como su madre, se había quedado a ver cómo resolvían su problema las señoras de negro.

Luego de un par de minutos de espera, Santiago llega al auto y nos dice en tono de putazo: “A que no saben…las señoras lograron arrancar un vaso y se lo robaron”.

Esta historia ocurrida hace tres domingos en el cementerio Concordia de Colcapirhua es increíblemente didáctica para entender cómo somos los seres humanos…bueno, algunos, la mayoría quizá.

Las doñas llegaron y al verse sin vasos donde colocar las flores para su difunto, que seguro es varón, exclamaron “qué gente”….esta expresión en idioma nativo quiere decir en castellano algo así como “qué gente de mierda que de tan insensible y maleante se roba hasta los floreros del cementerio, cuándo aprenderán a ser personas educadas estos mierdas malditos”….pero ni bien acabada de ser pensada y pronunciada la expresión, ellas procedieron a hacer lo mismo, algo así como ojo por rojo, diente por diente…o lo que en un escenario real equivale a corroborar que las doñas también pertenecen al grupo ese de “qué gente”.

Hay tantas actitudes que se rigen al mismo comportamiento que parece que son parte de nuestro sello como sociedad; todo se resume a hacer lo mismo que criticamos. Por ejemplo, criticamos la mala educación de una diputada que lanza un escupitajo con otros escupitajos verbales; la oposición critica los bonos de Evo y cuando hay elecciones ofrece mejorar y crear más bonos; Leyes critica la gestión de Morales, pero ambos en actitud figuritoide no dudan en posar para la cámara en señal de solidaridad con el desposeído; Evo criticó a los partidos “tradicionales” y neoliberales, pero resultó ser su mejor alumno…en fin. La lista de ejemplos de “qué gente” es muy, muy larga.

Siempre entendimos por qué los floreros están con cadenas…porque claro, hay doñitas peliteñidas que inmediatamente después de protestar por la calidad de la educación de la gente roba floreros, hace lo mismo.

Triste es pues que seamos una sociedad que aún no se libera de sus cadenas para vivir medianamente bien. Es triste evidenciar que siempre andamos culpando al otro y si no hay ese otro apelamos al destino mágico: “Se rompió, se cayó, se hizo, no sé, ya estaba así…” Muy típico del boliviano, diría yo.

Soy muy agradecida con la vida porque, como en esta oportunidad, aprovecho nuestras debilidades para que mis hijos aprendan lo que no se debe hacer….gracias a la fuerza de la repetición, el proceso educativo marcha bien; algo de bueno tienen nuestras desgracias.

“Qué gente”, caraaaaaaajo.

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3 comentarios en ““Qué gente”, la historia de los floreros robados

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