¿Familia? (SÍSTOLE & DIÁSTOLE OH. LT.18)


Monica Olmos - Copyright © 2016 Andres Herbas Photography“De los 20 compañeros del colegio, solo tres seguimos casados”, cuenta con orgullo Jorge, un amigo paceño de alrededor de 40 años que lleva ocho de matrimonio. Hace algunas noches, Álvaro y yo conversábamos con dos adolescentes sobre el matrimonio. Ambos son hijos de relaciones que nunca se formalizaron, no conocen lo que es tener un padre y una madre viviendo bajo el mismo techo; cuando les contamos que este 2017 cumpliremos 23 años de casados, nos miraron con enorme asombro y uno de ellos dijo: “wow, yo no podría aguantar eso”. Increíble pero el asombro fue nuestro.

La vida en pareja genera incredulidad mientras nos vamos acostumbrando a que las potencias mundiales exhiban su poderío bélico en desfiles vergonzosos para la historia y la humanidad; que los hombres y mujeres trabajen para poseer y acumular lo que no necesitan; que algún mandatario psicótico converse con vacas mientras ordena que se asesinen a jóvenes que reclaman libertades y derechos; que otros regímenes nos digan que el aborto protege la vida de las mujeres mientras invisibiliza al varón y ni siquiera se molesta en discursear sobre la pareja; que los hombres asiáticos convivan con muñecas de plástico y les sean infieles con parejas virtuales y animadas; que los abogados de la Av. San Martín ganen más dinero ejecutando divorcios que celebrando matrimonios; que los psicólogos cada vez estén más de moda, y que los psiquiatras y bioquímicos se hagan la américa medicando a hombres estresados, mujeres depresivas y niños hiperactivos.

Mientras el mundo gira con sus banalidades, estupideces, engaños y crueldades a cuestas, no es extraño que tengamos una generación completa que cree que el matrimonio es un absurdo… cosa aburrida, cursi, ociosa y, por supuesto, desechable.

Ser pragmático es bien; ser idealista es mal. El interés por el bien común es visto como el derecho legítimo de hacerse plata a costa de las ingenuidades de los demás porque la política ya no es un instrumento para trabajar por el bienestar de todos, sino un mecanismo para vivir a costa del colectivo extraviado y adormecido. Entonces, seguir creyendo en nuestra capacidad de entrega al otro es ser un verdadero tonto; pensar en la posibilidad de renunciar a una sola oportunidad de carácter  individual es igual a la misma tontera anterior; y creer que puedes ser capaz de ceder a preferencias personales para el beneficio de otros aunque sean los tuyos, es el colmo de la estupidez.

Hasta nuestras creencias expresan egoísmo y giran alrededor del pedido y no del agradecimiento. Es en esa enseñanza del yo solitario y jodido, que nos dicen que somos dueñas de nuestros cuerpos cuando en realidad no somos capaces ni de cuidarlo ni de respetarlo.

Y en ese juego de terribles contradicciones nos volvemos poderosos y efusivos a la hora de decirle al Estado que no se meta con nuestra educación ni con nuestra salud, pero -disculpándolo de sus obligaciones más básicas- nos convertimos en absolutos cobardes cuando nos dice, mediante ley, qué hacer con el fruto de esas patéticas incapacidades encontradas.

Mañana 15 de mayo se celebra el Día Internacional de las Familias que este año se centra en el rol que éstas cumplen en la educación y bienestar de sus integrantes. Y sí, es importante que socialicemos el término familia pero más importante es que decidamos ponerlo en práctica para que, de ese modo, todo aquello que hoy implica sufrimiento (aborto, ballena azul, cuttying, bulling, soledad) no se convierta en alternativas de “vida”. Siempre será preferible pecar de románticos idealistas que de imbéciles oscuros, por tanto, no nos neguemos a la posibilidad de reconocernos y valorarnos en nuestra capacidad de amar, de comprometernos y de construir proyectos comunes que es lo que al final hace familia.

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