Ojos urbanos, miopía desgarradora (SÍSTOLE & DIÁSTOLE, OH. LT. 2017.4)


Monica Olmos - Copyright © 2016 Andres Herbas Photography“De qué hablan, todas las mujeres que conozco han sido educadas”, dice una señora en mi muro del Facebook. Ojos urbanos, miopía desgarradora.

A tan solo media hora del centro histórico de Sucre, ese centro colonial, culto, sobrio y bellamente adornado con templos, museos, casas de gobierno, justicia y educación, hay un Sucre campo que subsiste porque la tierra aún es fértil, porque la misericordia de Dios alcanza para todos, y por nada más.

La belleza de ese Sucre campo es otra. Es verde en todas sus tonalidades, es color tierra, es color cielo;  tiene forma de montañas caprichosas; tiene olor a esfuerzo de mujer, tiene sonido a niños correteando; es culta y educada a cualquier manera pues no es casualidad que el principal valor a transmitir de generación en generación sea el saludo. Básico pero elemental.

Ponen sobre la mesa una botella plástica de Coca Cola. A los pocos minutos traen un balde y unas tazas de plástico para invitarnos refresco de cebada…vamos entendiéndonos. Comienzan los testimonios, no tan desgarradores como aquellos ojos urbanos miopes.

Una a una, todas las mujeres se expresan. Sientes que no eres nada, que no hiciste nada…y que hay tanto por hacer y admirar. Te sientes un humano estúpido que debes hacer esfuerzos para que la quijada no se descoloque por tanto que ignoras.

La facilitadora intenta que cada mujer identifique el valor que la caracteriza: “No me gusta la cocina”, “me gusta el trabajo de los hombres”, me gusta arrinconar el cuarto”, “me gusta tejer”, “a mí me gusta trabajar”. Y yo me río del pobre Maslow que se hizo famoso con su pirámide de necesidades humanas y que evidentemente le faltó visitar estos territorios.

Siguen los testimonios mientras hago esfuerzos para disimular la culpa que no solo es mía: “Yo pensé que eran profesionales solo los que iban a la universidad; ahora yo me he dado cuenta que también soy profesional enseñando macramé y pollerería…he aprendido a valorarme”, dice María de 25 años Presidenta de su agrupación y facilitadora del área técnica.

“Antes yo no hablaba, erába tímida, me temblaba; ahora puedo hablar y me hago respetar”; y tu marido qué dice de eso, le pregunto. “Ahhh, ya le he despachado, pues” (risas de dolor implícito, alegría cómplice de liberación).

“Antes estábamos más calladas, a las mujeres no nos dejan ir a las reuniones…ahora ya sabemos y no estamos humilladas, queremos sigue más educación para nosotras”, dice otra mujer líder.

¿Cuántos años tiene tu mamita? le pregunto a la anfitriona. 63, me responde. Me quedo absorta mirando a la señora que aparenta tener 80 “gracias” a sus 10 hijos, y a una vida de trabajo duro y de evidentes limitaciones.

El futuro huele y sabe a mujer; grita liberación, lo logra en algunos casos, lo hará en todos porque comprende que su capacidad excede al marido, a los hijos y a la cocina; sabe que Maslow no es tan ajeno y lo va descubriendo tropiezo a tropiezo, golpe a golpe, grito a grito. Le cuesta llegar a la cúspide, son demasiadas sus obligaciones, debe auto convencerse de su existencia, debe convencer a su hombre, a la suegra que crió a ese hombre, debe cargar a sus hijos con ella, debe darse tiempito para tejerle a la pareja, para cocinarle a las wawas y para tratar de ser quien ella desea ser.

El gobierno quiere que ellas aprendan a escribir con un programa descontextualizado; los maridos se conforman con tener a sus mujeres de sirvientas; ellas solo quieren reconocerse en sus capacidades mientras se buscan en un espejo que el sistema se encarga de darle la vuelta.

Algo…mucho por hacer.

 

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