Tres ecuatorianos, un dominicano y una boliviana


20151023_091053Natal, 6:30. Tocan la puerta de la habitación 233 del hotel  (La numeración ya es una extraña coincidencia pues es la misma que la de mi casa). Yo, en pijama laburando en un proyecto para mi Universidad. ¿Quién es?, pregunto. Edú, me responden del otro lado.

Hola, quieres ir con nosotros, estamos yendo de paseo en un rato más.  Bueno, vamos, le digo al entusiasmado Edú, un ecuatoriano de treinta y tantos años quien había impactado con una ponencia sobre la procrastinación del estudiante. ¿Procras qué? Nos costó aprender la palabrita que muy fácilmente la pronunciaba el famoso Edú.

Y ahí estábamos, tres ecuatorianos, un dominicano y una boliviana, esperando el transporte público que nos llevaría a un lugar que ninguno entendía bien pero que en realidad no importaba qué fuera ni dónde.

No parará acá porque esto no es parada. Vamos más allá. No, acá no porque es media cuadra, vamos hacia el otro lado. Mira allá está…nos acercamos hacia el largo bus y éste no paró pues efectivamente no lo hace en cualquier lugar. Corrimos hacia la cuadra siguiente y nos trepamos al motorizado.

Yo iba primero como la más vieja del grupo (privilegios sutiles de la edad). Pagamos algo así como dos Reales cada uno y atravesamos el remolino, el bus iba casi vacío y a mí me provocó que nos sentáramos en la última fila, en esa donde te permites un poco más de jolgorio. Como niños traviesos nos acomodamos en la parte final sin saber que iríamos dando saltos abruptos durante gran parte del trayecto. Cada cuadra era una carcajada completa de Teresa y de quien escribe, nos elevábamos del asiento al menos 5 centímetros mientras que sentíamos que el desayuno se levantaba también para asomarse hacia la luz.

El dominicano nos miraba con cara de desconcierto, un tanto aterrado por los ruidos involuntarios que dejábamos escapar de nuestras gargantas cada vez que los amortiguadores del aparato hacían su trabajo.

Edú entendió rápidamente que era un momento para volver a la infancia y mientras Tere y yo saltábamos de nuestros asientos, él saltaba enrollado a un tubo o a lo que podía, era evidente que él también quería diversión: éramos unos colegiales que tomaban venganza, sin pensarlo, de los ciudadanos brasileros que suelen ser a veces algo alboroteros, al menos en país prestado. En este caso, éramos nosotros los que nos tomábamos el derecho de hablar fuerte, gritar un poco y reír mucho, pero mucho.

20151023_091957El viaje era relativamente largo, lo suficiente como para hablar de mil cosas. Y no sé cómo acabamos hablando de la policía. Cada uno comentaba anécdotas de  este cuerpo de seguridad en su país. Yo rematé con el cuento que involucró a dos oficiales en La Paz cuando dos atracadores después de golpear a un tipo y robarle lo que pudieron, se subieron a un carro de la policía y se fueron los cuatro delincuentes a repartirse las ganancias del trabajito. Coincidencia, todos teníamos una policía digna de cuentos.

Yo no sé si esto nos hace sentir bien, es decir, saber que no es solo en mi país que ocurren estas cosas, dijo alguien. Noooo, qué va, había sido un fenómeno, al menos, muy latino.

De pronto salimos a la avenida costera, el mar estaba especialmente verde esmeralda, hermoso. Solo yo parecía disfrutarlo, pues los demás estaban acostumbrados a verlo todos los días, es mas, Eladio, el dominicano confesó que vivía frente a un mar más claro y en un playa más hermosa. Y mientras yo me quedaba contemplando el esmeralda del mar, los amigos ni se percataban de mi fascinación y seguían comentando tristes similitudes.

No sabíamos con exactitud dónde íbamos y no nos importaba, ya nos habíamos embarcado en la aventura y no saber el destino era parte del juego. El bus se cansó de nosotros y el conductor nos dijo que habíamos llegado. Nos bajamos en un lugar más bonito, al fondo se veía un puente, de esos que no se caen ni ceden…un puente largo, largo…bien hecho, bien calculado, bien construido.

Ilusos comenzamos a caminar y a tomarnos fotos. Edú enamorado de las selfies que enviaba a su esposa hasta el Ecuador inmediatamente se las sacaba; el dominicano serio, nos dijo que él nunca sonreía en las fotos, aunque luego yo hice que sonriera en varias…y Tere y su hermana, disfrutando tanto como yo de la caminata a por lo menos 30 grados centígrados, mucho considerando que era apenas las 7:30.

Luego de caminar unas cuatro cuadras, el puente largo y resistente, seguía estando lejos. Nos dimos cuenta que teníamos que tomar otra movilidad para llegar, pues si nos decidíamos por caminar, llegaríamos además de muertos de calor, a tiempo de retornar.

20151023_082129Luego de pasear por un centro de artesanías y con varias chucherías en los bolsillos, decidimos tomar un taxi pero antes bebernos unos cocos. Fueron unos cocos fugaces que desaparecieron apenas con dos esfuerzos…o sería la sed que llevaban encima los amigos, que a mí -que solo observaba su antojo- me pareció que eran cocos de 8 ml.

Tomemos un taxi o lo que sea, por favor. Estábamos en la vía contraria a la parada de taxis. Estábamos a mitad de cuadra, es decir, un problema.

No me digas que vamos a pasar por la mitad de cuadra…nos van a atropellar, será que nos pisan?…no, tenemos que ir al paso cebra, muy lejos, aquí nomás cruzaremos. ¿Y pensar que somos docentes? Qué vergüenza, que nadie lo sepa.

Y mientras nos negábamos a comportarnos bien, Edú se preguntó en voz alta si es que el taxi que miraba para el otro lado al que queríamos ir, se daría la vuelta en U como en su país…y como en el mío dijo el dominicano y como en el mío remató la boliviana. No, no creo, esto es el Brasil, dijo Teresa.

Cruzamos por donde sea y nos subimos al taxi. ¿Qué creen? El hombre tomó el volante y le dio vuelta en U a su coche. La carcajada era unánime. Podíamos compararnos con el país más grande del mundo en infringir las reglas de tránsito. Era la tercera cosa en común….!Tonto alivio!

Llegamos a destino, estábamos lejos y el puente era verdaderamente largo y no pensaba en caerse….mientras yo me preguntaba en silencio cómo un puente 80 veces más corto, se acaba de caer en mi país. De esto ya ni hablo, quedaré en franca desventaja, me dije también en silencio mientras nos tomábamos fotos, selfies y demás cosas vanidosas que al final hicieron sonreír al dominicano.

20151023_081305No todo fue negativo, en realidad nada lo fue. Compartir asuntos comunes es algo especial, al menos invita a la reflexión de porqué somos así los latinos. Hablar el mismo idioma y entenderse en uno parecido, sentir el mismo latido, reír a carcajadas, hacer travesuras y hablar de lo mismo viviendo tan lejos uno del otro, con rasgos tan diferentes y pieles en hermoso contraste, es una maravilla, un regalo de Dios en complicidad con la naturaleza…

Desde estas líneas, gracias a Edú por tocar la puerta 233 de ese hotel de Natal, a Eladio por sonreír en un par de fotos, y a Tere por ser compañera de risa, algo que hago sin remordimientos cada vez que puedo.

Lo que jamás podré entender y aceptar es la tragedia que significa conocer gente linda que jamás volverás a ver…ojalá éste no sea el caso y pronto podamos volver a subirnos a un bus para gritar de felicidad, atravesar la calle a mitad de cuadra y apostar por ese ser latinoamericano, tan especial, tan candente…tan latino.

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2 comentarios en “Tres ecuatorianos, un dominicano y una boliviana

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