Los trece garzones pulcros (Los Tiempos, 2015)


mozo_0Compartíamos un té en una heladería recientemente inaugurada en Cochabamba cuando de pronto a los comensales de la mesa contigua se les cayó al piso una servilleta y otros papeles. El local, lujoso y nuevecito, estaba lleno.

Los garzones iban y venían y en ese trajín laboral ninguno quiso percatarse de la basura tirada sobre el reluciente cuadrado de porcelanato. Atentos a ver quién era el valiente que recogería la basura, con mis hijos contamos trece garzones que pasaron y repasaron por el lugar. Increíble, pero a ninguno de ellos le molestó la basura.

Llamé a la encargada del sector y le comenté el hecho. Un tanto molesta por mi observación, disculpó a su personal diciéndome que no estaba autorizado para levantar nada del piso. ¡Ah sí!, exclamé. ¿Y por qué? Porque los clientes pueden reclamar si es que los garzones se ensucian las manos con las que luego sirven. ¡Oh, muy bien!, le dije anonadada ante semejante refinada explicación. Entonces deberían haber llamado a los encargados de limpieza ¿cierto? Le respondí. La señora se dio medio vuelta y tampoco recogió la basura a pesar de que ella no sirve a los melindrosos clientes, solo observa y da explicaciones agrandadas.

¿Estábamos ante trece garzones pulcros y una encargada de área astuta o ante una cultura del no importismo? ¿O simplemente ante una cultura del “así nomás es” en la que se inauguran boliches con millones de dólares pero ningún verde de inversión en la capacitación del personal? ¿O realmente estábamos ante una cultura en la que la basura no incomoda a nadie?

Esta historia nos ayuda a graficar y a seguir sin entender por qué estas situaciones resultan tan comunes en nuestro medio. Esta menudencia sumada a decenas de otras insignificantes historias, nos han convertido en una sociedad acostumbrada y/o aguantadora de desorden, suciedad, improvisación, tierra, polvo, olores pestilentes, basura y caos. Y lo peor es que estamos tan en medio de todo esto que tenemos, siempre tenemos una explicación lógica para todo.

Nuestra ciudad está descuidada y no precisamente por culpa de las autoridades que son un ramillete de buenos para nada, ¡no! Lo está porque así lo hemos decidido nosotros que somos quienes hacemos bien poco para vivir mejor ensuciándola con nuestra basura o conformándonos con esperar a que alguien, el otro, haga algo. Y como nadie hace nada, el resultado es un ambiente contaminado, hediondo, sucio y feo.

Pero claro, no todo es tan malo ni duradero, la paciencia -incluso la de los cochabambinos- tiene un límite y por eso es que nos aterramos cuando nos anuncian una obra porque como sabemos que durará el triple del tiempo prometido y que una vez terminada tendremos que soportar un año de escombros, es que preferimos agradecer las buenas intenciones y quedarnos así nomás como estamos: “No, no por favor, no hagan obras por acá, no queremos ni puentes ni alcantarilla, queremos seguir viviendo así nomás, por favor”. Y cuando nos toca un Alcalde insistente que le mete para figurar con obras estrella, la historia de la obra retrasada o mal hecha termina en bloqueos y demás protestas de los vecinos cuya resistencia no pudo más.

El decoro personal es algo que los gestores públicos no tienen; y al mortal le aflige meterse en lío ajeno, el resultado es una ciudad merecedora de la desatención generalizada y del yo no fui y no me importa y no me digas nada. Pero si hay algo que nos debe enorgullecer es que al menos, entre ese no importismo, tenemos trece garzones pulcros, muy pulcros.

Para acceder a la publicación de Los Tiempos:

http://www.lostiempos.com/diario/opiniones/columnistas/20150618/los-trece-garzones-pulcros_305588_675674.html

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2 comentarios en “Los trece garzones pulcros (Los Tiempos, 2015)

  1. Tenemos incorporada la cultura de no reclamar. Afortunadamente, veo que esta va cambiando poco a poco y se exige una mejor atención, mejores servicios poco a poco, en el sector privado. Ya te atiende el supervisor y no el propietario en persona diciéndote “si no le gusta, váyase nomás”.
    Tengo unas cuantas decenas de buenas historias de maltrato en oficinas públicas para contar, ahora veo también mejoras en la protección al empleado público, que nunca tiene culpa en sus equivocaciones.
    La última que sufrí fue en el SEGIB: Un folleto esta mal redactado e induce al error, al presentarlo a la autoridad, te comentan que ya se dieron cuenta y que están gestionando el cambio a La Paz. No hay problema puedes gestionar la devolución de un depósito mal hecho, que solo tardará 6 meses.
    Si el empleado se equivoca, el sistema le cobra una multa y este habilosamente, se lo pasa adivina a quien, claro, al cliente, para que haga el depósito a nombre del empleado.
    Imagino los problemas de quienes leen y escriben con dificultad y no tienen dinero para hacerlo dormir en cuentas fiscales por meses.
    Hay que reclamar, sin cansancio. Algún día las cosas funcionarán como deben y los empresarios se darán cuenta de como se fideliza un cliente.

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  2. Fily Macias

    Mi querida Mónica…es que nosotros los Bolivianos aprendemos mal y lo mostramos en cualquier lugar ; ya veo ese incidente y tu observación es muy acertada,lamentablemente ocurre donde quiera que estemos,mira que aqui,cierta paisana,dejó por días la basura en su ..diríamos balcón..luego que fue reclamada por sus vecinos anglos ella dijo:nosotros los bolivianos somos asi…es “nuestra cultura”…cabe en cabeza alguna semejante respuesta?..hoy que leo este artículo
    digo que ojalá sirva a muchos de nuestros coterráneos para cambiar de actitud.

    Eres la voz…adelante y bravo por eso!!
    Saludos

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