¿Se los advertiste?


plugin-wordpress-copy-protect-plagio1El título de esta historia es la pregunta que me hicieron tres personas: Mi hijo de 17 años, la secretaria de Dirección de Postgrado y el Director Académico de dicho Postgrado cuando les conté lo que me había ocurrido con algunos estudiantes del último módulo que di en un diplomado en Educación Superior acá en Cochabamba.

Revisando sus trabajos prácticos, identifiqué que algunos se habían dado a la tarea de pensar y escribir igual, idéntico en realidad. Ese parecido idéntico de pensamiento se llama copia o plagio, cosa que es un delito en la academia.

Por supuesto que no es primera vez que me sucede. En estos años de docente (aproximadamente 16), he tenido que lidiar en varias oportunidades con casos de plagio y  siempre he actuado igual: colocando un enorme cero, bien redondo, rojo y hermoso en la primera página o carátula del documento.

Algunas veces, los plagiadores han argumentado no saber citar ni referenciar; el desconocimiento de la norma no perdona el delito, se les ha explicado. En otros casos, los estudiantes han insinuado que la docente actuó de manera miserable; otras veces, las más, han aceptado su culpa y en silencio han desaparecido del mapa.

Me ha ocurrido incluso en investigaciones de tesis de grado donde los postulantes habían copiado párrafos e incluso páginas enteras sin cita o referencia bibliográfica alguna lo cual evidentemente es considerado plagio. No ha faltado la tutora que saliera en defensa de su pupilo indicando que el supuesto plagio que yo argumentaba no estaba en la propuesta, sino en el marco teórico y que eso disculpaba al tesista lo cual, como todos sabemos, no es cierto.

En otra oportunidad en la que pesqué plagio, la oponente (ni siquiera tutora), salió en defensa del postulante y como yo insistí en mi postura, me quitó el saludo durante los próximos seis meses hasta que alguien, seguramente, le explicó que no había motivo para tomárselo personalmente y que el plagio es plagio y que no debe ser admitido mucho menos en la academia.

Anécdotas sobre este particular hay muchísimas, pero la del otro día me pareció digno de ser contado porque entre otras cosas, interpela mi proceder y mi actitud.

Como les venía diciendo, me puse a revisar durante dos días completos los trabajos que di a aproximadamente 27 estudiantes de X módulo en Y facultad de postgrado.  Para la mala suerte de algunos estudiantes,  suelo tomar  en serio mi rol de docente y soy de esos especímenes raros y en proceso de extinción que aún lee cada página de los trabajos que pide.

Para su mala suerte también, lo hago a conciencia por lo que intento retener en la memoria lo que mis estudiantes escriben. Entonces no es casualidad que si encuentro algo que ya leí, lo recuerde con cierta facilidad. Y en esa tarea y proceso es que voy encontrando trabajos idénticos.

Mientras me encontraba en medio del shock, le comenté a mi hijo que pasaba por ahí los hallazgos sorprendentes, se sentó a escucharme y muy relajado el tipito me dijo: “pero les has dicho que no deben copiar, porque mis profesores siempre nos advierten eso”. Me quedé pensando y le dije: “Hijo, sucede que tú eres chango y aún estás en colegio; estos mis estudiantes son adultos y muchos incluso mayores que yo”. El niño me miró con la parsimonia de su padre e insistió en que la culpa era mía.

Al día siguiente llegué con mis notas y mis evidencias a la dirección de postgrado. Le comenté a la secretaria lo ocurrido y la señora me dijo lo mismo que mi hijo, que si les había advertido a los estudiantes. ¡Caray!, pensé, parece que la boluda fui yo.

“Pero por favor, tiene que decírselo al director académico que viene enseguida”, terminó la gentil secretaría.

Llegó el director y le expuse con evidencias en mano lo ocurrido. Me miraba muy serio y un poco alterado por lo que había ocurrido; y luego me preguntó: “¿Y se los advertiste, les dijiste que no debían hacer plagio?”

Era la tercera persona que coincidía en ese detalle, que para ellos no era ningún detalle, era lo elemental, yo debía haberlo advertido quizá diciendo: “señoras y señores, estimados colegas, por si acaso quiero advertirles que el plagio no está permitido”; o tal vez debía decirles: “miren colegas, es necesario que les advierta que si copian o hacen plagio aunque sea entre ustedes, los voy a sancionar con un hermoso cero”, o quizá algo así: “El plagio no es digno de unos señores y de una señoras adultas que están acá por iniciativa propia para cualificarse”. O tal vez algo así: “Ustedes quieren ser docentes, ¿cierto? Por eso están en este diplomado, saben entonces que entre sus deberes está tener un comportamiento más o menos ético en aula; por lo que saben que el plagio es un delito”.

Mi error no fue decirlo y ¿saben por qué no lo hice? Porque consideré que si lo hacía los ofendería pues creo que se supone que ellos saben que el plagio es una acción vergonzosa. Me da vergüenza ajena hacerlo porque siento que los estoy tratando mal, porque creo que si se los digo, más de alguien me podría decir que con quien creo yo que estoy tratando.

Pero aparentemente me equivoqué y debí nomás advertirlo como fuera.

Más allá de hacerlo o no hacerlo, me refiero a la advertencia, el plagio tiene un solo origen pero más de una causa: se origina en la falta de honestidad del estudiante que (causa 1) al verse sin tiempo o ganas de hacer la tarea acude a copiarla; y (causa 2) al darse cuenta de que sus docentes no leen los trabajos, deciden “engañarlos” presentando otro trabajo con su nombre.

Esta reflexión por tanto, no debe ser exclusivamente para los estudiantes que se ven en la “obligación” de hacer plagio, sino, en los docentes acostumbrados a no leer los trabajos que mandan a hacer a sus estudiantes.

Lo que encuentro el colmo de los colmos es que el sistema insinúe que yo soy la culpable, o porque no lo advertí, o porque leo los trabajos o porque no tengo compasión por los pobres estudiantes que hacen un gran esfuerzo en asistir a clases; o por usar un lapicero rojo y garabatear cada una de las páginas copiadas, además de colocarles tildes de tres centímetros a las palabras que nos las tienen, o de encerrar en hermosos círculos las palabras repetidas o mal escritas, o en cuestionar las afirmaciones sin fuente, o en rayar las oraciones mal construidas, o en colocar signos de interrogación a las ideas que no “se dejan” entender, o……resulta que eso solo lo hace una docente histérica, insatisfecha y jodida  como yo a quien le sobra el tiempo para intentar hacer lo mejor posible el trabajo por el que le pagan.

Mi amigo Guido me dijo que  debería salir más a menudo de mi globo….pues resulta que no me da la gana porque no pienso acomodarme a un sistema que considero que funciona mal.

Es muy probable que esos ceros bien rojitos y redondos, ocasionen que nunca más me llamen de esa universidad tal como sucedió en otra que se preciaba de formar profesionales de excelencia y que al primer reprobado que tuve, dejó  de contratarme. Puede ser, pero prefiero no tener trabajo y dormir con mi conciencia tranquila sabiendo que actué en consecuencia con ella…finalmente, no dejo de pensar en que estoy formando docentes, y eso no es cualquier cosa.

4 comentarios en “¿Se los advertiste?

  1. Eduardo

    Mónica: ¡Muy bien contado tu relato, totalmente justificado tu enojo y excelente tu decisión! (Has asimilado lo de las dimensiones…) Aunque aparentemente seas ” una docente histérica, insatisfecha y jodida… a quien le sobra el tiempo para intentar hacer lo mejor posible el trabajo por el que le pagan”.
    Lo malo del sistema en torno a esta problemática es que todo el mundo está acostumbrado a hacerlo, desde la escuela primaria, el colegio, el pregrado universitario y el postgrado. ¿Cuántas monografías y tesis habrás que son plagio o que estan mal hechas pero que recibieron la aprobacion de profesores que ni se pasan el trabajo de leerlas (yo conozco varios personajes) y que son totalmente condescendientes con estas barbaridades. Obviamente que los estudiantes, maestrantes y doctorantes aprovechan de eso.
    Un saludo
    Eduardo

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    1. Eduardo, no sé si me tranquiliza o no que me lo digas…en realidad me gusta tu apoyo, pero me preocupa que me digas que esto se hace en todos los subniveles y te creo porque tú eres de los pocos pedagogos que ha trabajado en todos ellos y conoces. Una pena que esto ocurra, pero coincidirás conmigo cuando sostengo que una de las culpas mayores las tenemos los docente, bueno, los docentes y profesores que no leen lo que sus estudiantes hacen. Un saludo.

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  2. Felicidades, Mónica, por su quijotesca lucha contra esos antiquísimos molinos de viento, bien consolidados, cada vez más enmohecidos, pero lamentablemente aún incólumes. Hay personas, docentes o no, que queremos un cambio, un proceso de cambio real en mente, actitud y acción, no solamente un cambio de personas en puestos de mando sin idea de lo que hay que cambiar.

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