Entre la Pedagogía de la Esperanza y el horror de la ignorancia, crónica de una caída dolorosa.


vomito-palabrasLas palabras me indigestan, las tengo enredadas entre las tripas; necesito vomitarlas.

Sí, si no escribo esto creo que voy a morir intoxicada.

Anoche, a las nueve, decidí acostarme con Paulo Freire, sí, él mismo. Escogí uno de sus libros “Pedagogía de la esperanza, un encuentro con la pedagogía del oprimido” y me lo llevé a la cama. En la tranquilidad y silencio de la habitación a media luz, comencé a disfrutar de un encuentro entre sus reflexiones y las mías: Bálsamo para una piel que creí estaba curtida, reconfortante para un alma imperfecta, necesario para una moribunda. En Freire uno revive… para volver a morir.

En Pedagogía de la esperanza, Freire se reconoce un educador político. ¿Es que acaso hay algo más político que la educación? Y es en esa idea que me encuentro también yo. Comienzo una clase y es casi imposible dejar de entrar en ese terreno, “currículo oculto” le llama la teoría; en mí es descubierto.

“Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada”, escribe Freire. Eso explica muchos escritos de este blog, eso explica mi insatisfacción permanente.

“La pedagogía de la esperanza está escrita con rabia y con amor, sin lo cual no hay esperanza”, confiesa el autor. Otra idea que me seduce entera.

El libro comienza con una anécdota, un recuerdo, una huella. Freire cuenta la participación de un asistente a una de las miles de conferencias que este pedagogo brasileño dio en su vida: “Jamás olvidaré lo que ese hombre me dijo”, revela. ¿Y qué le dijo? “Que qué podría saber yo de la vida si al terminar esa charla me voy a una casa con tres habitaciones, dos baños con agua caliente y demás comodidades”.

¿Era posible acaso escribir sobre la pedagogía de la esperanza sin haber sentido el hambre y las incomodidades de los pobres, de los oprimidos? Esto marcó la conciencia y la pluma de Freire.

Los ojos no me dieron más, dejé el libro, los lentes y traté de dormir, al día siguiente (por hoy) debíamos asistir a una reunión de la premilitar que hace mi hijo mayor.

Comenzamos muy temprano. Nos fuimos al mercado a comprar choclos, habas y quesillo. En el camino nos tropezamos con la primera realidad: Una pareja de jóvenes se recogía de una noche de alcohol, drogas y sexo, seguramente. El hombre era de clase media alta, la señorita no era muy alta ni de mucha clase. Estaba tirada en el suelo hablándole a un perro mientras el chico intentaba convencerla de que se pare.

Una escena traumática para mí que tengo tres hijos varones que más rápido que lento se acercan a los riesgos de la juventud.

“Dónde mierda estarán sus padres”, le pregunté a mi marido con el corazón que apenas me lo podía meter en el pecho.

Paró un policía en moto, los miró y se fue, siguió su camino…siguió su camino el muy desgraciado.

El joven alto, blanco y bien vestido había logrado parar a su chica que vestía un short de jean, un top dorado y tacos del mismo color. Alguien, un varón, le había prestado un saco con el que el chico que la acompañaba intentaba cubrirla.

Mudos y adoloridos nos fuimos a la feria e hicimos lo que teníamos que hacer.

Rápidamente nos fuimos a nuestra cita con el Comandante de mi hijo. Un hombre alto, grande, moreno y rudo. Debíamos apresurarnos pues los militares suelen ser muy puntuales, parte de su disciplina.

Llegamos en medio de una persistente llovizna. Un solo paraguas. Ante semejante adversidad no queda otra que abrazarse y compartir el alcance del aparato ese. Funcionó a medias. Todo a medias…y a mí que me gustan las totalidades.

La reunión entre padres de los premilitares y el comandante había comenzado hacía poco nomás. Nos incorporamos enseguida.

Lo que voy a relatar a continuación es el encuentro con la segunda realidad, tanto más dolorosa que la de la mujer perdida en un buen jale intentando dialogar con un perro dormilón  y desconcertado.

“Bueno, esta reunión es para decirles que nos preocupa que los jóvenes premilitares se desmayen; cada día se desmayan unos cuatro o cinco; ¿señores papás, los chicos vienen tomando desayuno?”, nos preguntó el Comandante.

“¿Quieren ustedes señores papás que acá les demos un vaso con leche y un plátano”? el tumulto respondió en coro con un potente sí. Desde el lunes, mi hijo deberá llevar un boliviano con cincuenta centavos más una taza. Así, el Ejército espera no tener desmayados entre sus filas.

Hasta acá, todo transcurría sin demasiado asombro, aunque saber que muchas familias no tienen la posibilidad de darles lo mínimo a sus hijos, es inquietante.

¿Algo más?, preguntó el Comandante.

Mi Coronel, le dijo uno de los presentes a quien no lográbamos divisar. “Mire, con todo respeto yo soy del Ejército también y quería pedirle que por favor los premilitares reciban más instrucción, son muy pocas horas las de instrucción si se pone a pensar; hasta ahora están más dedicados a trabajar y quiero decirle que las Fuerzas Armadas tienen presupuestado dinero para hacer esos trabajos. En ese sentido, yo le rogaría que los jóvenes recibieran más instrucción”.

Inmediatamente, otro padre levanta la mano y dice: “yo no estoy de acuerdo con el señor que me ha antecedido porque creo que los jóvenes acá deben hacer de todo, en nuestras casas no levantan ni una picota, claro hay mamás que se quejan y andan diciendo que a sus hijitos mucho se los maltrata, yo pediría que a estas reuniones solo vengamos los papás, señor Comandante”.

Un cerrado aplauso se escucha en la sala. Había que ver, las mamás a las que el señor estaba haciendo alusión, aplaudían y reían a rabiar. Les había caído muy bien la idea de excluirse de las reuniones y de que éstas fueran exclusivas para los padres. El aplauso también quitaba apoyo al militar que había pedido más instrucción y menos trabajo.

La rabia contenida en mí, solo la podía saber mi marido que sabe lo que pienso sobre posturas machistas. Pero yo, hasta aquí no me había inmutado aunque por dentro estaba que ardía de ira. Mi instinto de sobrevivencia me decía que si decía algo, saldría lastimada pues estaba rodeada de machos, con pene y con vagina.

Entre banalidades, de pronto una mujer joven parada sobre la mesa de comedor forrada de azulejos blancos, toma la palabra y dice lo que tiene que decir: “Soy madre soltera y si nuestros hijos vienen aquí es porque no necesitamos ser hombres para traerlos, lo que usted ha dicho es machismo y no voy a aceptarlo…”

“Ha sido una mala interpretación”, le responde el Comandante inmediatamente con una sonrisa en la cara. ¡No! Grito yo fuertemente, no es mala interpretación. ¡Y se arma la gorda!  La madre soltera sigue protestando y algunas pocas mujeres la apoyamos tutundo en señal de apoyo.

¿Mala interpretación? Claro, es muy típico que después de un acto machista, el hombre intente, una vez más, acabar culpando a la capacidad cognitiva de la mujer con frases como “entiendes lo que quieres, eres muy susceptible, estás exagerando, estás inventando, no he dicho eso…”, tratando de culpar a la mujer de la estupidez del propio varón. Muy, muy típico.

De pronto, una mujer con mandil y cabello con base, levanta la voz y calla a la mujer soltera, “pasemos a otro tema por favor señor Comandante”, le dice.

Carajo, pienso, una mujer callando a otra mujer, a otra mujer que está defendiendo los derechos y dignidad de todas las mujeres, de una mujer que se está enfrentando al sistema, ese que es despiadado con la mujeres, que es abusivo con ellas, que la minimiza, la critica, que se le ríe, que la excluye, que le paga menos, que le pega más cada día. Y viene otra mujer y la calla y pide que se cambie de tema.

Apenas dijo eso, la multitud conformada por hombres y mujeres, se cerró en aplausos apoyando el cambio de tema. La mujer soltera y valiente, quedó disminuida y casi en ridículo sin apoyo de la muchedumbre, muchedumbre con olor a macho.

Yo me quería ir, tenía suficiente. ¡Vámonos!, le dije a mi esposo que se sonreía. “Y de qué te ríes”, lo interpelé…(se convertía en un despute de pareja)…el esposo mío se puso serio rápidamente; yo estaba intocable.

Ya se imaginarán cómo fue la caminata hasta el auto. Había dejado de llover, pero ahora había un incendio.

Un padre que pedía más instrucción era acallado por otro y la multitud que pedía trabajo,; tenemos espíritu de esclavos, carajo, pensaba. Nos encanta el trabajo físico duro y despiadado como si eso fuera instrucción militar, precisamente.

¿Y cuándo les hablan de la Patria, y cuándo los reflexionan sobre el respeto a los símbolos patrios, y cuándo les hablan de nuestros héroes y nuestros mártires? ¿Y cuándo les enseñan a defender su país? Demasiadas preguntas para un medio que se queda contenta con hacer jardinería, levantar piedras y mirar el sol durante tres horas.

Un padre que pedía que las mujeres se excluyeran de las reuniones porque arruinaban los planes de “instrucción” de sus hijitos y una multitud liderada por mujeres que apoyaba la idea…

La soledad de una madre soltera que decía que no hacía falta nacer con un pene para educar a los hijos y hacerlos hombres ante un ramillete de damas que opinaba diferente…era demasiado para seguir…nos fuimos no sin antes felicitar a la mujer por su valentía: “Eres una valiente y te apoyo, carajo”, le dije. La mujer recuperó algo de tamaño pero no el suficiente.

Mientras volvíamos, un micro casi nos aplasta, yo gritaba y me acurrucaba a un lado como haciéndole el quite al golpe y cerraba los ojos esperando el aplaste. El chofer no nos vio y luego con señas se disculpó de su distracción que casi acaba con la humanidad de nuestro pequeño coche.

Así mismo presencié la reunión esa: Acurrucada en medio de la muchedumbre aguantando sus golpes, ¿una muchedumbre oprimida Freire? ¡Y de dónde saco la esperanza Freire? ¿Y cómo evito la fatalidad Freire? ¿Y cómo evito perderme en la desesperanza Freire? ¿Y cómo se hace esto Freire? ¡Respondeme!

Uno de esos momentos mi marido, antes de reírse, me pregunta: ¿Qué haces aquí? Yo, con los ojos desorbitados y la sangre caliente, le respondo “aterrizando”.

La filosofía de Freire que leía anoche serviría para hojas de baño. Sí, eso, para limpiarse el culo después de una diarrea de ignorancia, intolerancia y otras cosas increíbles a esta altura de la vida.

Es que había estado en una bella burbujita hecha a mi medida y conveniencia. La vida no es esa ¡pelotuda! La vida está afuera, en esas mujeres que se sienten muy cómodas ante el machismo de los extraños varones. En ese presente que no supera su pasado opresor y que se niega un futuro distinto y mejor. En esas jovenzuelas que creen que el machismo se combate dialogando con perros.

¡Son huevadas! Y yo leyendo a Freire con su pedagogía de la esperanza cuando el mundo ni siquiera ha aprendido a dialogar…!qué dialogar, a escuchar! Simplemente escuchar…

Dicen que somos de la “cultura del diálogo”….cómo sería si no lo fuéramos, me pregunto.

“Muy primitivo, muy primitivo”, le dije a mi marido quien luego me explicó el motivo de su sonrisa.

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