Lléname, Señor (Los Tiempos, 2015)


En esta primera columna de 2015 quiero compartir con ustedes la conversación que tuve con Dios el año pasado, hace solo dos días.

Cada 31 de diciembre a las 11:00 asistimos a la misa de El Hospicio. Es que hace 20 años, ése 31, a esa hora y en ese templo, Álvaro y yo decidimos compartir nuestras vidas hasta que la muerte nos separe.

Frente al Señor, en ese magnífico altar, suelo llorar, no solo por la emoción que me embarga el presentarme ante Dios tal cual soy, una pecadora. Mujer con defectos, debilidades y miedos  -al parecer-  incurables. Por eso, mi charla con Dios es para agradecerle su luz, pero sobre todo para pedirle que me llene de ella.

Y le dije así: Señor, lléname de amor. Aquí estoy ante ti para que me llenes de ese sentimiento. Quiero ser toda amor, deseo tener todo el amor del mundo para poder distribuirlo a todos los que lo necesitan. !Qué osadía!, quiero ser una mujer que mire la vida con ojos de amor, que lo inhale y exhale, que convierta todo en amor y que dé amor. Lo quiero para mi esposo, lo quiero para mis hijos, para mis padres, mis hermanos, para las que personas que no conozco y para las que sí. Cómo no quisiera que ese amor se vea en mis ojos, en mi sonrisa, se escuche en mi voz, se lea en mis escritos, se atestigüe en mis acciones. Lléname de él Señor.

Pero qué cursi, ñoño dirán muchos. Sucede que a esta edad, la cursilería es permitida y necesaria porque es cuando la vida te enseña que no hay nada más importante que el amor, entonces, ser cursi y ñoña es un privilegio y motivo de orgullo.

Seguí mi conversa con Dios.

Lléname de agradecimiento Señor. Quiero agradecerte por regalarme vida, lo demás viene luego, aunque también quiero agradecerte por bendecir esa vida con una familia unida. Gracias por darme un compañero paciente, honesto, trabajador y amoroso. Por darme hijos sanos y buenos. Por ponerme enfrente oportunidades de trabajo. Por darme voluntad, la necesaria para decidir conducirme por donde debo. Por darme algo de valor para mostrarme como soy  y cómo pienso. Por hacer que cada año vuelva a pararme delante de ti y rendir examen. Sé que no merezco la mejor nota, pero sé también que no estoy reprobada, ¿qué te parece un 51? Quizá sea suficiente porque debes reconocer que la prueba es difícil y está llena de consignas jodidísimas.

Y finalmente Señor, estoy aquí para pedirte perdón. Sí, porque reconozco que debí ser mejor y no pude. Me dejé tentar con algunas cosas, excesos con los cuales sé que no estás de acuerdo y te pido perdón por ello; tú sabes que pequé de impaciente, de renegona, de intolerante, de juzgadora, de ambiciosa y de vanidosa…perdóname Señor.

Debo irme. No te olvides de mis ruegos,  los necesito para ser mejor ciudadana, esposa y madre.

Has puesto en mí las ganas de escribir y te cuento que tengo algunos lectores persistentes y muy corajudos; para este oficio, para que las inspiraciones e ideas que intento transmitir estén cargadas de amor, sensatez y humildad, lléname Señor.

Para acceder a la publicación de Los Tiempos:

http://www.lostiempos.com/diario/opiniones/columnistas/20150102/llename-senor_286294_630995.html

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