No te cambio


Vuelvo de hacer algunas compras y vuelvo a pensar en por qué te pertenezco y me perteneces, según yo.

¿Serán esos sauces llorones al borde de la ciclovía que al final de las tardes de verano se ven tan bellos? Con seguridad, pero está claro que eres más que esos árboles que me encantan y encantan a mi Fabio también.

Estuve en lugares de “avanzada”, tocando la base de esos rascacielos casi interminables, edificios imponentes que hablan de modernidad, de ingeniería, de hombre, de sociedad, de ambición, de proyección, de poder, que hablan de todo en realidad.

Estuve a medio metro de Lady Gaga y Whoopi Goldberg, en la meca del negocio de la farándula. En ese que es tanto para el mortal que cree que es feliz comiendo hamburguesas y pizzas con papas fritas en un boliche de atención rápida donde se es un número más, cifra de 10 dólares para el bolsillo del empresario que desde su casa escucha el clin, clin  de su fortuna.

Estuve en esas vías de concreto interminables en las que te mantienes cabeceando tres horas sin ir a ningún lado diferente, apreciando la inmensidad de este globo, un mundo solitario aunque que esté repleto de gente sobre todo a las seis de la tarde cuando intentas cruzar cualquier intersección de la 5ta. Avenida.

Estuve con la señora verde, con esa que representa la libertad de los pueblos unidos y hermanados; esa pues que desde su isla intenta convencerte del respeto del valor más vital del ser humano; valor que a la hora de la verdad queda sometido a los intereses de las naciones y encarcelamiento de sus ciudadanos.

Estuve con la cabeza hacia el cielo mirando cómo Dios se ríe del hombre que se obnubila con luces y brillos artificiales de letreros en 10D que venden todo mientras giran y cambian de forma, color y mensaje.

Estuve en medio del conservadurismo de Washington donde los edificios rinden honor al genio y sensibilidad de sus mejores hombres. Miré un cementerio militar demasiado grande para cualquier gusto y moral, aunque debo admitir que una vez más, el orden y disciplina de sus ciudadanos vivos asombra cuando se observa el método para enterrar a sus muertos.

Miré el árbol de navidad de Obama y el símbolo judío a su lado, simbolismos nada baratos ni inocentes que representan lo que verdaderamente es Estados Unidos de América y por qué se mueve como se mueve.

Estuve en ese lugar donde todo es fantasía, donde los animales hablan y bailan, donde pagas para sacarte una foto con tu héroe de toda la vida; que castillos de princesas, que patos y ratones famosos, que la emoción encajonada en cuatro dimensiones y que montañas rusas que exudan y congelan adrenalina; perfecto para creer que estás en un mundo divertidísimo y fabuloso.

Estuve y estuve y no estuve y ahora que llego a mi Cochabamba recién estoy y me encuentro.

No hubo tiempo para escribir. ¡Qué va! Sí lo hubo, siempre lo hay. Lo que no hubo fue inspiración. A pesar de todo y todo, no pude escribir. No me salió una sola letra que convenza por su honestidad. Mis dedos rígidos y mi mente helada fueron incapaces de combinar acción para parir alguna inspiración.

Lo asombroso es que apenas llego a mi tierra comienzo a sentir. ¡Había estado viva!…pese a todo y todo lo visto, lo vivido, lo comido y bailado, no pude, pero bastó esa hilera de sauces al sol; la señora sentada en el suelo vendiendo choclos; esa otra que me sonrió porque parece que me conocía o esas amigas que al verme me regalaron un abrazo o la gordita del IC que me dijo con una sonrisa “doña Mónica”.

¿O será el caos del tráfico desordenado y caótico al extremo; los hoyos de la Circunvalación; los semáforos chuecos que adornan las esquinas; serán esos 5 minutos que te toma ir de un lugar a otro; será que mi vecina se bajó de su auto para darme la bienvenida; será el encanto de mi jardín, será ese picante de pollo que devolvió a mis hijos a su terruño con una feliz sonrisa; serán esas flores fucsias y esas hojas secas que recogimos hoy con mi marido en la puerta de la casa, será todo eso?

Es que lo nuestro es inspirador y claro porque de esa doña que vende choclos en la puerta del mercado de la América se puede hacer todo un cuento, su cuento y el mío, una historia que nos pertenezca a ambas. Es que comprar aquí, de ella es tan putamente inspirador.

El otro día en Virginia fui a Costco; me cagué de frío mientras recorría el sector de verduras y frutas. Observé que el choclo te lo venden en miles de presentaciones, bolsas de plástico bellamente diseñadas muy atractivas a la vista; ¡pero quién carajos habrá plantado y cosechado ese choclo de grano pequeño! Sólo escoges la bolsa, la tiras al carrito, la pagas con tarjeta y te la llevas a casa y a veces ni te lo comes…y punto.

Los choclos de hoy rodeaban a una señora que apenas sobresalía de una montaña de bellos y frescos ejemplares. No me hizo ningún frío cagón, charlé con la doñita, regateamos el precio, me devolvió cambio que sacó de entre sus pechos o axilas, no sé, me yapó con un choclito pequeñito y nos reímos de la vida. Comiendo un pedazo de queso de la Charito, me  fui feliz cargando la bolsa con unos choclos con historia.

Apenas llegamos de nuestro viaje, mis hijos comenzaron a comparar. Eso es bueno en todo caso: saber que somos parte de un mundo enorme, diferente, bello y atroz. No faltó la comparación desigual que me obligó a hacer algunas puntualizaciones para que no se quedaran en la falsa lectura: “Si ustedes quieren más orden, más respeto, si quieren que los semáforos no estén de adorno, si desean tener mejores cosas, deben trabajar para ello y no criticar solamente; esta ciudad tiene sus defectos y sin duda hay mejores, pero ésta es suya y necesita de ustedes”, les dije a mis tres chicos.

Con todos esos rascacielos fabulosos, esos museos increíbles pero ciertos, con todo el Spiderman en 3D o el Harry Potter conduciéndote por su palacio en 4D, con todo, todo lo que el país del norte tiene y representa, no cambio a la Charito del queso ni a la doñita de los choclos frescos ni la foto del Cholango en pose de Cristo de la Concordia. Quizá esto último sea lo más folklórico, pero hasta eso encanta, verdad que encanta.

Amo mi Cochabamba, porque es mía y yo de ella.

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