De inventos y suicidios (Los Tiempos, 2014)


Escribo esta columna desde El Caribe, uno de los destinos turísticos más preciados del y por el mundo. Ayer nomás -en Cozumel, México- compartíamos muelle con otros cuatro barcos, cada uno con capacidad mínima de tres mil pasajeros; aunque un par de embarcaciones duplicaba esa cifra. ¿18 mil turistas diarios? Mañana, pasado y todos los días llegará otro tanto.

“Se están llevando la basura”, grita uno de mis hijos. Todos acudimos al balcón en respuesta a su asombro: Evidentemente, un barco oxidado relativamente pequeño está recibiendo los desperdicios. ¿No deberían guardar la basura hasta que lleguemos a donde partimos?, pregunta el niño; sí, pero hay países a los que les pagan para ser basurero de otros, respondo.

En la pared de uno de los baños comunes del nivel 14 donde se encuentra el comedor que dispone de comida buffet las 24 horas, un letrero señala que para abrir la puerta coloques una toalla de papel en la manivela. La gente por estos lugares suele ser muy respetuosa de los avisos y el basurero está repleto de obediencia.

En ese mismo nivel te entregan un plato ovalado del tamaño de una charola pequeña, como la que usamos en nuestras casas para el té. La comida abunda en cantidad y diversidad, además que viene incluida en el precio; en consecuencia, el platazo siempre queda pequeño para el “apetito” de los comensales que no siempre tienen hambre porque con frecuencia se observa a  los mozos recogiendo los platos-bandeja casi llenos.

Es que el “gringo” consume demasiado; es que no, porque resulta que en este barco los norteamericanos son solo una parte, en proporción similar se anotan europeos, asiáticos y latinos, y todos -sin excepción- consumimos igual o al menos parecido. Estos enormes platos se llenan tanto como los de un domingo en cualquier restaurant de la Llajta. No es de extrañarse que en América Latina una de cada dos personas tenga sobrepeso o que existamos 61 millones de diabéticos o, para seguir graficando la situación, que en el día del peatón de este pasado domingo, los cochabambinos hayamos producido 20 toneladas más de residuos a la cantidad habitual.

El consumismo ya no es una cosa loca exclusiva del imperio; el ser humano -sin importar la procedencia que tenga ni el efectivo del que disponga- se ha vuelto despiadadamente consumista.

Aunque es el principal protagonista, el dinero no es el mandamás; el asunto responde a una cuestión de actitud: “No somos de tener dinero pero tampoco tenemos hijos y hemos optado por trabajar todo el año para viajar”, nos cuenta una pareja de argentinos que aún no ha pagado este crucero, lo hará en 12 cómodas cuotas. Él labura en una fábrica de aceite, ella tiene un kiosko y ambos son parte de un sistema que no exige cash, solo una tarjetita de plástico que es la que hoy financia la existencia.

Con seguridad este lugar es donde la actitud consumista se exhibe con menor disimulo, pero también existen otros escenarios -deprimidos y familiares- que no están libres de “pecado”, un ejemplo simple: la bolsita y bombilla incluida con gaseosa o mocochinchi que venden en cualquier establecimiento educativo boliviano. Es que, repito, no es cuestión de plata ni de oro, el problema tiene rostro de conciencia.

Somos tan expertos en crear oportunidades como necesidades; hemos sido capaces de embotellar la felicidad y la alegría está encajonada en un teléfono inteligente; hemos inventado el GPS y el Viagra; en fin, financiamos el presente embargando el futuro, ¿por qué no podemos reinventarnos para ser más respetuosos con el medio ambiente?

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