Cuando lo que te rodea es suficiente


Después de 32 años nos reunimos para (re)conocernos y gozar, gozar -esta vez- de los recuerdos.

Nos encontramos igualitos a nuestros papás…qué cosa interesante pero al mismo tiempo natural, pues ahora tenemos la edad que nuestros padres tenían cuando nos conocimos en aquel pasaje y nos hicimos grandes amigos.

Nos abrazamos, recordamos y reímos, reímos mucho sobre todo de las travesuras que planeamos y ejecutamos  juntos.

Es que -ahora que lo pienso- aquello que nos rodeaba era suficiente:

Una calle era suficiente para pasar horas jugando coscoja, liga, carreritas, con rasca piques, tapitas o simplemente para sentarse al borde de la acera a pasar el tiempo.

Dos casas, la de ellos y la mía, eran suficientes para jugar oculta oculta y/o  pesca pesca.

Un patio con reja y dos colchones eran suficientes para jugar al circo con acróbatas, bailarines y gimnastas.

Un árbol era lo máximo para planear el futuro, al hombre perfecto, cantarle al amor…y ver alguna escena de amor desde su copa.

Una grabadora a pilas era lo indispensable para descubrir nuestra vocación de románticas empedernidas.

Un cassette de Janneth, Amanda Miguel, Camilo Sesto o el “Chiquitita dime por qué” eran suficientes para convencerse de esa vocación.

Una taza de agua con Toddy era lo máximo para acabar una tarde de aventura.

Un espejo y un rouge bastaban  para jugar  a ser hermosas.

Un grito de mi mamá era suficiente para desaparecer de la calle y aparecer en mi casa.

Un perro bóxer fue suficiente para jamás olvidar ser “destrozado” por dos de ellos, el “Rex” y el “Roky”.

Una bicicleta verde con asiento banana era el mejor vehículo para llorar de risa y salir envalentonadas  a conocer el mundo que se terminaba a tres cuadras a la redonda.

Un ingenuo “quedarse dormida escuchando música” en la casa de la Rocío soñando con el futuro ideal fue suficiente para recibir la peor paliza de mi madre.

4 amigos bastaron para jamás olvidar una infancia maravillosa junto a ellos.

Una isla lejana fue suficiente para que tres de ellos se fueran para siempre.

Un recuerdo vivo de esos momentos es suficiente para llevarlos en el corazón por siempre.

Gracias por esos momentos, gracias por el reencuentro, gracias por las risas, gracias por su amistad, gracias por ser parte de mi vida y yo parte de sus vidas, gracias por su cariño, gracias por seguir existiendo Rocio, Papito, Nene y Chichi. Gracias hermanos Calvi.

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De izq. a derecha, Nene, Chichi, Mónica, Rocío y Papito…después de 32 años.

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