Ella lloró; me sonreí, la perdoné y la amé…como siempre.


“Quiero ver eso que habla de mí”, me dijo ella. Había visualizado el título en la franja derecha del blog. Con todo gusto, le dije pues era un texto que había escrito para ella y que no había tenido la valentía de entregárselo. Lo hice en una fecha especial,  lo publiqué, lo comentaron, lo compartieron y todo lo demás, pero ella no lo había leído.

Lo encontró aquí y me pidió que se lo “abriera”; mientras lo hacía me advirtió: “Cuidadito con que le vayas a cambiar algo”…desconfiada como siempre y ésta no era la excepción. Y yo que quería que lo leyera tal cual, qué podía cambiarle a ese texto que tanto me hizo llorar, lo escribí con el corazón en las manos.

Se lo dejé abierto y me fui.

Ella tardó más de la cuenta en leerlo, según yo.

De pronto apareció bañada en lágrimas: “No sabía que tenías ese concepto de mí; me has ensalzado demasiado, hija”,  me dijo.

Me sonreí, la perdoné y la amé…también como siempre.

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