Goteras profusas


cuarto-lluvia-01Habíamos sido invitados a La Paz por una pareja amiga a quien le sobra los motivos para celebrar.

Se fueron a esa ciudad hace unos 15 o 16 años; a cuestas llevaban a “los Cocos”, mellizos rubios, y una maleta de sueños y esperanzas.

Aún recuerdo el sufrimiento de ambos cuando en varias oportunidades sus deseos de ser padres se veían frustrados, hasta que un milagro extraordinario les regaló la oportunidad de convertirlos en papás. Los bebés nacieron tan pequeñitos que no había ropa que les quedara y de inmediato las amigas tejedoras se pusieron en acción para hacerles chambritas en la talla más menuda que la imaginación pueda concebir para unas miniaturas recién nacidas. Este año, ahora en noviembre, “los Cocos” van a cumplir 17 años y han hecho a sus padres unos orgullosos y felices seres humanos. ¡Cómo no!

Cuento parte de esta historia porque lo que ellos han pasado solo lo sobrevive el matrimonio que realmente se ama, y de amor es que trata esta historia que en realidad son varias.

Nos predisponíamos a pasar unas horas con ellos para disfrutar y compartir su alegría. Cómo serán las coincidencias que tiene la vida que una vez decidido el viaje, me llama mi sobrino Jorge para invitarnos a la renovación de sus votos matrimoniales, celebración que sería al día siguiente del festejo de nuestros amigos y en el mismo hotel donde nos alojaríamos; mandatos del destino que no pueden dejar de ser advertidos y asimilados.

“Ni modo pues, nosotros más festejemos”, dijimos con Álvaro. Pero ¿festejar qué? Y bueno ¡tantas cosas! Estar vivos, estar juntos, estar felices y una larga lista de estares que se suman a nuestras vidas cada segundo. Entonces hicimos un bolsón sin pijamas, solucionamos el futuro inmediato de nuestros tres herederos y nos largamos a La Paz a rendirle honores al amor en todas sus facetas.

Qué saludable es hacer un alto para permitirse un respiro, mejor si es una bocanada de oxígeno cargada de un poco de amor, otro de pasión, otro de comunicación, otro de caricias, otro de miradas y lo demás de te quieros.

En medio del agua tibia y burbujeante del jacuzzi, compartíamos nuestras experiencias con una pareja que celebraba su luna de miel. Los jóvenes se habían casado la noche anterior luego de cinco años de pololeo. Orgullosa, me di el lujo (según yo) de decirles que nosotros cumpliríamos 20 años de matrimonio en dos meses (hoy por hoy ese tiempo es todo un logro). ¡Wow!, expresaron ellos al unísono y él, todo galán, nos dijo que no aparentábamos ser “tan mayores”…era un chico educado el flamante esposo.

Lo más importante que les confesamos es que ésta era nuestra tercera luna de miel, que la segunda había sido después de 18 años de matriqui. ¡Wow!, volvieron a decir los dos al mismo tiempo. Sí, les dijimos, cometimos el mismo error que casi todas las parejas cometen. Si hay algo que no pueden hacer es olvidarse de ustedes como enamorados, recomendamos.

Sonreímos los cuatro y nos despedimos deseándonos dicha y felicidad.

Al día siguiente por la mañana asistimos a la renovación de votos matrimoniales del George  y la Taty y pese a celebrarse en un salón de lujo de un hotel con todas las estrellas y de estar con 12 pisos sobre nuestras cabezas, el lugar tenía goteras, constantes y sonantes, incluso. Daban justo a mi cara, a mis ojos. Goteras profusas que pusieron en evidencia mi debilidad por algunas situaciones que mi humanidad no puede resistir ni disimular.

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El George y la Taty en la renovación de su compromiso ante Dios. Su hija mayor al medio y el pastor escuchando el testimonio.

El George y la Taty pertenecen a una congregación Cristiana, ahí se conocieron hace 5 años y tardaron pocos días para que él la pidiera en matrimonio.

Las goteras comenzaron a mojar mi rostro cuando el pastor inició el acto mismo de la renovación de votos. “Voy a hacerlo yo primero, hermanos”, dijo, y llamó a su esposa para recordarle el inmenso amor que sentía por ella y que en esos cuatro años de unión no había hecho otra cosa que amarla y respetarla: “Después del Señor, lo que más amo eres tú”, le dijo.

Soy una Católica cómoda y acomodada, quizá por ello me pareció por demás seductor que el pastor sea un hombre casado y que sus palabras y consejos provengan de su propia experiencia. Auténtico el asunto, al menos así lo sentí en todo momento y me gustó.

El pastor merecía el respeto de los demás hermanos; se notaba que era una autoridad…el hombre no tenía más de cuarenta años. Me gustó más y mucho más cuando él les recordó a las parejas que el matrimonio es un compromiso sagrado porque es ante Dios: “Después de su amor al Señor, está el amor de la pareja y después el amor a sus hijos”, dijo.

Mientras las goteras remojaban mi humanidad, pensaba que el hombre tenía razón…pero qué difícil es confundir ese orden: Es frecuente poner primero a los hijos, a nosotros mismos, al trabajo y a otras situaciones que queremos creer que son más importantes.

En medio de esos pensamientos mojados por las goteras profusas, cada una de las parejas se declaraba su amor y renovaba su compromiso en torno a él. Qué emocionante, qué fuerte y qué manera de llorar, felizmente no era la única, miraba en disimulo y veía que otros y otras también eran víctimas de las goteras de esa cubierta que parecía que se hubiera abierto para bendecirnos con las aguas del arrepentimiento, del perdón, del reencuentro, del sentirse poco ante el inmenso poder del amor; poder del Señor le llaman ellos y lo acepto pero también creo que si a ese poder divino no se le suma la decisión y voluntad del hombre y de la mujer, el milagro no alcanza.

Las parejas, sus testimonios y declaraciones eran todas significativas. Todas tenían algo que contar, coincidían en lo difícil que era el matrimonio pero ahí estaban ellas, firmes a pesar de haber probado el sabor agridulce que a veces tiene la vida en pareja.

Álvaro es uno de esos hombres que acostumbra llevar pañuelo, cosita diminuta tan útil cuando menos uno lo imagina. Pues ésta era una de esas ocasiones en las que el pañuelito blanco con borde azul se hacía necesario pues las goteras no cesaban, habían mojado mi cara y humedecido mi alma, habían rehidratado mi corazón y el de él…claro que sí, sobre Álvaro también había un inmenso agujero por donde caían goteras de llanto.

Hoy sé que no fue coincidencia estar ahí…fue obra del que desde arriba se encarga de lavarte la cara y limpiar tu corazón. Gracias Dios por cubrir todo y a todos con tus aguas, a veces calmas, a veces turbulentas, pero siempre necesarias y benditas.

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2 comentarios en “Goteras profusas

  1. sarah mendoza

    Hola, un gusto haber leido el blog, soy parte de la Congregación y verdaderamente el Señor tocó nuestras vidas y nos da gozo que hubiera tocado el domingo de octubre a muchos otros corazones, esperando que puedan conocerle y amarle como él desea y conforme a su voluntad, tan infinita es su misericordia que aun nos mantiene no obstante de no seguir sus mandamientos dándonos la oportunidad de observarlos y recibir de su gracia abundante.
    Bendiciones y gracias por haber escrito lo sentido para que muchos más lo tomen en cuenta, lo reflexionen y tomen una decisión…….. El está esperando.

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