Como “chola en jet”, mis impresiones desde el teleférico paceño


DSC_4360Antes del “proceso de cambio” era frecuente un dicho que hoy sería pecado pronunciar además de falso: “como chola en jet” para describir que alguien está desubicado o fuera de lugar porque era imposible ver a una de estas señoras viajando en un avión, aparatos “reservados” para “otra clase” de personas.  Pero resulta que hoy los jets están llenos de cholas, y por favor no lo digo con ningún afán discriminatorio ni peyorativo !ninguno!, y es tan inofensiva y sincera mi declaración que prefiero utilizar el término chola y no “cholita” o “señora de pollera” lo cual reviste un ridículo eufemismo culposo.

Cómo serán las cosas y los procesos que lo primero que hicimos al llegar a La Paz mi esposo y yo –como dos niños traviesos y juguetones– fue subirnos al teleférico.

En el aeropuerto tomamos un taxi que en 10 minutos nos dejó en la terminal de la línea amarilla ubicada en El Alto. Nuestra primera impresión al ver la estación fue de asombro: “Primer mundo”, dijimos pero tampoco lo era. Lo que observábamos era un escandaloso contraste entre la pobreza, el desorden, la suciedad y el caos de una ciudad que no se desarrolla mejor en contraposición a una estación que se yergue moderna, prolija, limpia, organizada; un edificio que habla de esos contrastes malignos que caracterizan a tantos países latinoamericanos y que desde una óptica se puede llamar impostura e injusticia, y desde otra merece un desconsiderado “así es la vida”.

El taxista nos había advertido que las “colas” (filas) eran fenomenales pero como nada nos apuraba no nos importó que hubiera ninguna colita o colaza que hacer. Llegamos y en tres minutos estábamos abordando una cabina que no para porque una de las ventajas del teleférico es que la línea no se detiene lo cual obliga a subirse un poco al vuelo como anunciando un viaje maravilloso sobre los aires gélidos de La Paz.

DSC_4367Cada cabina lleva aproximadamente a ocho personas, nosotros solo éramos cuatro y nos pidieron equilibrar el aparato, dos a un lado y dos al otro. Me senté junto a una chola paceña de edad madura y conversación fluida, muy simpática y agradable ella. Y acá va la justificación del primer párrafo: mientras la señora iba muy relajada y mostraba dominio de su espacio, yo gritaba como estúpida y completamente desubicada. Gritaba por la impresionante sensación de estar cayendo al vacío, gritaba por la altura en la que nos encontrábamos, porque me dio algo de vértigo, gritaba porque el escenario es simplemente sensacional, porque me dio la gana, gritaba porque la “chola en jet” era yo…y eso debemos agradecerle al proceso de cambio con todas sus letras, con toda su fuerza y honestidad.

Me sentí fuera de contexto, me sentí ignorante, pueblerina, me sentí entre la ridiculez de la felicidad y la algarabía, entre el asombro y la ignorancia. Y la señora gozaba de todo eso, se reía de mí: “pobre mujer que viene a descubrir mi ciudad”, habrá pensado. Fue muy interesante esa especie de lección a sopapos transparentes que recibía mientras bajábamos, yo en crisis, ella en holgura y calma.

DSC_4370El descenso es casi indescriptible como indescriptible es pues La Paz, una ciudad espectacular en su topografía, en sus construcciones, en sus edificios espejados y modernos, en sus fachadas de ladrillo, en sus cubiertas de calamina ploma, en sus techos de placa negra elegante…y los contrastes siguen y suman mientras el asombro hace presa de quien por primera vez se monta en el cielo de la hoyada y desde arriba mira con asombro lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo extravagante y lo común, lo rico y lo pobre, lo robado y lo trabajado, maniqueismo puro que no conoce de intermedios.

La línea amarilla es mucho más larga que la roja y no sé si será más que la verde que está pronta a inaugurarse. En 15 minutos llegamos a la última parada cerquita a la calle 1 de Obrajes. En 15 minutos habíamos atravesado un buen trecho del centro de La Paz lo que en automóvil tomaría 1 hora o más si se tiene la mala fortuna de toparse con unas trancaderas feroces o unos bloqueos malditos.

DSC_4374¡Fantástico!, pensamos, en quince minutitos llegamos a destino; pero eso no sería nada en comparación con el estrés ahorrado, ése de las vueltas interminables, de las velocidades apuradas, de los bocinazos en desesperación, de los pelotudos al volante que se cruzan en tu camino y de los mareos que sientes que te arrebatan la tranquilidad con la que llegas a esa ciudad.

El viaje en Mi Teleférico había sido relajado, agradable, silencioso…delicioso, deliciosísimo como para repetirlo una y otra vez y otra vez más, casi una experiencia sexual la cosa esa. Cómo sería que al día siguiente a nuestro retorno tanto mi marido como yo habíamos descartado subirnos al aeropuerto en auto. ¡Nada!, en paralelo pero por separado (como muchas cosas que nos suceden en matrimonio), deseábamos ambos probar una vez más el teleférico.

Sabíamos que sería más emocionante que la primera vez porque lo haríamos de noche, cuando La Paz se enciende en esa maravilla iluminada.

Llegamos. A diferencia de la bajada, la subida se hacía esperar con una cola magníficamente larga, muy larga pero también muy rápida porque como les conté, la línea no se detiene y el usuario debe adecuarse al ritmo de la máquina aérea.

Éramos cientos los que subíamos y otros cientos los que llegaban de otros puntos más altos. Otra impresión para una kochala no tan acostumbrada ni a las alturas ni a las multitudes escandalosas.

DSC_4375Una vez más al vuelo nos trepamos y comenzamos a disfrutar de la aventura. Excitante como la primera vez… y menos dolorosa, !perfecta!

La Paz en su ocaso, nosotros en el clímax, disfrutando de los puentes trillizos que nos hacían ojitos con sus luces de colores, y el magnífico Illimani blanco y enorme que también disfrutaba de esos dos vallunos amantes el uno del otro y enamorados de una obra que ha acortado tiempos, distancias, culturas, razas.

“Esto hay que cuidar, no importa quién haya hecho”, nos dijo la señora del primer viaje. Tiene razón en parte: hay que cuidarla pero sí importa quién la hizo.

DSC_4358Mi Teleférico le devuelve a La Paz su cualidad de metrópoli pero ante todo le da a su gente calidad de vida y eso es mucho pedir en una ciudad que con los años se ha vuelto difícil para el diario vivir.

Dato adicional: el pasaje cuesta Bs. 3.00.-

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3 comentarios en “Como “chola en jet”, mis impresiones desde el teleférico paceño

  1. Pedro Pena

    Me dieron ganas de ir!! Es la ciudad donde naci, pero no la cambiaria por Cocha…..el clima es el ganador, pero estas cositas, k tu comentas y otras k vi la ultimavez k fui me hacen dar ganas de ir y re encontrarme con esa ciudad k deje de muy ninio…..me encanta leerte, gracias, Moni.

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