Las exesposas y las rosas amarillas


Captura de pantalla 2013-04-15 a las 14.46.06Apenas supe que había muerto, decidí que no iría a su funeral.

Lo despedí a la distancia, de lejos pero de cerca.  Ya no estaba en este espacio terrenal y es probable que haya comprendido mi excusa: detesto los funerales, es que no me entiendo con las partidas para siempre: me asustan, me espantan y me arrebatan un poco de vida.

De lunes a jueves transito por el mismo lugar solo que esa tarde en la que todos lo despedían y yo no, me crucé con su carro fúnebre; yo de vuelta, él de ida.

Me llamó la atención el arreglo floral: destacaban las rosas amarillas que nuestros amigos habían colocado en el techo del automóvil. Inmediatamente supe que ahí iba él. Mi mirada se concentró en el asiento del acompañante donde estaba ella, la exesposa. En fracciones de segundos logré reconocerla y advertir su tristeza.

Hacía años que ellos se habían separado, no conozco las razones pero las puedo suponer.

Él había caído en depresión y creyó que la mejor forma de soportar su miseria sería la droga, esa mierda que se encuentra y te encuentra en cualquier esquina, en cualquier diagonal, en cualquier paralela y que te acaba, como hizo con él.

Al final de un largo e insistente amor fracasado se separaron sin derecho a  resignación ni olvido; cuentan que ese episodio de negación colaboró en su adicción.

La vi y esas fracciones de tiempo fueron suficientes para repensar en el valor de la entrega de la mujer que aprendió a amar porque aunque pudo existir desilusión ella estaba ahí, acompañando a quien aprendió a amar y a perdonar.

De esos casos de entrega infinita he vivido uno muy de cerca y lo recuerdo como si fuera ayer aunque han pasado 19 años de aquel día en el que sonó el teléfono para anunciarnos la tragedia.

Después de sus fechorías materiales y deslices espirituales él cayó en más desgracias; su vida corría peligro.

Ni las putas ni la amante aparecieron. Quien estaba ahí día y noche era la exesposa a quien él había maltratado tanta veces y de tantas formas.

Qué lección de vida, qué lección de amor, de respeto y ternura. La exesposa durmió en el piso de terapia intensiva los trece días del coma; le habló todo ese tiempo sin saber si quiera si él la escuchaba; qué más daba si durante el matrimonio ella tampoco estaba segura si él lo hacía.

El día 14 despertó y ella revivió; había que ver su alegría. Lo peinaba, lo aseaba, lo acompañaba como anunciándole el perdón que le debía.

La historia no acaba ahí, en estos 19 años, la exesposa aún sigue pendiente y si Dios decide llevárselo a él primero, ella ocupará el asiento del acompañante de aquel o de otro carro fúnebre.

Nosotros pondremos las rosas amarillas; ella, la exesposa, la lección de vida.

¿Quieres comentar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s