Mujeres en el salón de té


Desde la esquina la visualizo,  casa antigua con techos altos, tejar  añejo  y estructura  de madera, ventanas con barrotes torneados y pintados de  verde resaltan  el estilo colonial. Un par de mesas de plástico en la galería señalan que ese es el lugar indicado por Liliana.

La calle de generosa amplitud está inteligentemente divida por una hilera de árboles de colores…como los que me gustan. La hierba que en otros tiempos era  la alfombra que cubría el suelo se resiste a desaparecer muy a pesar de la aplastante rudeza de  los adoquines de concreto.

Camino hacia la pequeña casa vieja. La puerta está abierta, ingreso. Mi vista encuentra un mesón vacío que quiere darme  la bienvenida, lo hace. La habitación es pequeña, poco iluminada, con aire de modestia, en otro tiempo seguro fue la sala principal de una familia beniana de clase media; hoy, sirve de salón de té de una familia en situación de urgencia.

Una fila de al menos doce mujeres sorprende mi aletargado estar, 36 grados de temperatura que no hacen gracia muy fácilmente.  ¿Es posible que lo que se ofrece en este lugar, consiga reunir a tantas mujeres? Vuelvo a mirar, sí, todas son féminas. ¿Dónde están ellos?

Las mujeres…pienso en ellas. Son sublimes, son hermosas, son tiernas, son humanas, son tremendas, son tímidas…son mujeres y son complejas.  No soy feminista, no soy  lesbiana, pero las adoro quizá porque entiendo que a una mujer hay que mirarla con el corazón.

  • Señora, me da un café, por favor.

La doña me mira y registra mi pedido en su memoria. Yo confiada espero.

Me siento en una silla que me provoca dolor…no quise traer mi salvavidas, es muy grande, ridículo andar con una dona de goma en el trasero. Me siento  de lado, sobre mi muslo para disimular el apretón. Y mientras pienso en mi coxis resentido, en paralelo observo a la niña de la fila. La anorexia la consume, posiblemente los 30 kilos que apenas carga  tengan nombre: ¿Soledad, abandono, pobreza, desamor, violencia? Le sonrío y me responde, le vuelvo a sonreír, deja la fila y se sienta a mi lado. Espera que le hable.

Tiene 12 años, le digo que tengo un hijo de la misma edad. Me dice que espera las empanadas de pollo. Son para ti, le pregunto; no, me responde con ojos de pena. La niña tiene cuerpo de palo y cara de susto…un corazón sensible que a la primera se da. Me enternece. Qué dura es la vida, pienso y me duele.

El café pasado llega en una taza enorme. Tamaño perfecto para lo que necesito de esa sabrosa energía. Saco de mi cartera un cuñapé aún tibio. Sí, he contrabandeado una de esas delicias  de la esquina de la plaza. Luego encuentro mi edulcorante; la niña me mira, cree que soy  una mujer rara; debería ponerme azúcar, pero ese veneno no merece mi cariño y ella lo percibe.

No hay nada mejor que aquí y ahora, pienso.  Disfruto del momento y del contexto, total, contexto pleno que no deja nada sin entenderse…todo es claro, en orden, en fatal certidumbre.

Una mujer obesa  entra al salón. Viste pantalones cortos que dejan ver sus gruesas y rolludas piernas, me recuerdan a las mías.  Su  barriga cuelga de su extraviada cintura para posarse  sobre la parte baja de su vientre, sus senos caídos por el peso me aseguran una maternidad reciente. Es una mujer linda, saluda a todos y se la ve feliz y despreocupada, sin duda, es linda la mujer.

En una de las mesas, cuatro señoras de mediana edad conversan mientras  comen. Son mujeres trabajadoras, huelen a sacrificio, huelen a esfuerzo, huelen a mujer. Una de ellas, la mayor, se para, me mira y se va no sin antes regalarme una atenta sonrisa que devuelvo con agrado.

El mundo no funcionaría sin ellos…pero no existiría sin ellas a pesar de la costilla, historia en la que cada vez creo menos. Estas mujeres  tienen mucho en común y son tan distintas. Historias diversas metidas en expectativas de felicidad y luchas de libertad que confirman nuestra esencia.

Termino mi café compartiendo la mesa con dos niñas, la de doce y la de quince que, como todas las demás,  aguarda las empanadas de pollo. Son tan ricas como para que la gente espere por ellas, le pregunto. Las tiene que probar, me dice en tono tímido y ritmo desafiante.

Tomo el último sorbo de café, cambio de pierna, las mujeres me regalan una última mirada; les obsequio una sonrisa efímera pero franca que disculpa mi extraña presencia, debo irme.

Pago unas monedas  y agradezco a Dios por la dicha. Me alejo caminando en medio de las caprichosas hierbas y los adoquines de cemento, maravillada con robustos  árboles. Llego a la esquina y antes de desaparecer, fijo la mirada en la galería de aquel salón de té lleno de vida…

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Un comentario en “Mujeres en el salón de té

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