Los estigmas de la mediocridad intelectual (…continuación)


1395895_316492468489796_79580653_n[1]El retorno a Cochabamba no podía ser mejor utilizado para continuar en las páginas de El hombre mediocre de José Ingenieros.

Y me pregunto y me atormenta intentar averiguar a quién le interesa esta filosofía, cosa que no da de comer, que pocos entienden y que ni a esos les sirve para nada….bueno, para casi nada.

“Ofrece una esperanza” con tus escritos, me dice alguien. En ese entendido eso intentaré con esta segunda parte. Esperanza en tanto el texto sea leído por alguien a quien el color verde le fascine y el pensar también. A propósito, Ingenieros comienza con un pensamiento prestado creo de Pascal: “Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa”.

Seguimos con las características nada cualidades del mediocre.

Es solemne, dice José.

“En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad (…) las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional que da importancia en la fantasmagoría colectiva. Los exitistas lo saben, se adaptan a ser esas vacuas personalidades de respeto”.

“Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle (…) creen que el buen humor compromete su respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reír”.

¿Hábito anarquista? debería estar en la cárcel por ello.

Recuerdo cierta asamblea de vecinos: con razón la risa de otros e incluso la sonrisa enfurece tanto a los estúpidos…no la soportan ni en ellos mismos ni en los demás.

“Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehúsan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres –Sócrates- bailaba”.

Y hablando de filósofos de la talla: “Ordinariamente suele imaginarse a Platón y Aristóteles con grandes togas  y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos que jaraneaban como los demás en el seno de la amistad.  Escribieron sus leyes y retratos de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos  filosófica  de su vida. La más filosófica  era vivir sencilla y tranquilamente. El hombre mediocre que renunciara  a su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir”.

Es modesto por principio.

Y con esto, identifico a muchos, mira:

“Llaman modestia a la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad o del heroísmo (…) para los tontos nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable”.

“Ya Goethe sentenció: Solamente los bribones son modestos (…) el modesto nunca pretenderá ser original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará a los que gobiernan, ni blasfemaran de los dogmas sociales, el hombre  que acepta esa máscara hipócrita renuncia a vivir más de lo que permiten sus cómplices”.

“Adoran el sentido común. Dudan cuando los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de lo que, no atreviéndose a tener ninguna opinión, se apropian de todo un poco y logran encender una vela en el altar de cada santo (…) pierden la aptitud para todo juicio, por eso cuando un mediocre es juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se somete a la rutina y cumple el triste sacrificio de no hacerla nunca…”

“No arriesgan su voto, quieren ser llevados por la multitud”.

…”Podría concedérseles una especie de viveza, intermediaria entre una  estupidez complicada y una travesura inocente”.

“Son feligreses de la palabra; no ascienden a la idea ni conciben el ideal”.

En síntesis: “La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto,  indeciso y obtuso. Cuanto no le envenenan la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse a los precipicios que sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina”.

Continuará con La maledicencia.

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