Crónica de un vuelo sufrido


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Cochabamba está abajo. Bella mi tierra putativa.  Estoy sobrevolando el Tunari, hilera de montañas que anoche fueron tocadas apenas por una curiosa nevada que trajo la noticia de un  otoño gélido.

Tengo miedo, mucho miedo. Vuelo en un motor turbo hélice del TAM; no hacen falta muchos pasajeros para que la aeronave se llene, son apenas 20 asientos, todos están ocupados.

“Estamos volviendo a Cochabamba” me dice al oído una pasajera que se presentó en la terminal y que desde entonces no ha parado de hablar. Vino del último asiento para avisarme que el avión tiene problemas y que ha escuchado decir que tenemos que volver. “Yo me iré en Ecojet”, dice. Le hago una señal para que vuelva a su lugar. Mi cerebro me quema e intento meterme en esta historia para que los minutos vuelen junto conmigo.

Riberalta, mi destino está lejos, por lo menos a una hora y media, pienso que en este avión el viaje será más largo…y el sufrimiento también. Toda una Odisea.

Dicen que viajar es seguro y que un avión puede y debe estar más horas en el aire que en tierra…pienso en cuántos vuelos se producen cada minuto en todo el mundo y me tranquiliza saber que poco se escucha de cuántos  se caen. Intento aplicar un poco de esa psicología primaria y barata mientras mi corazón late a mil por hora, mi cabeza arde y mis oídos no dejan de escuchar el ruido de esas dos hélices.

Las hélices, qué pasaría si una de ellas dejara de girar, pienso mientras las miro….sí tengo idea de lo que ocurriría y prefiero no mirar hacia abajo, creo que estamos sobre montañas, no se ven, solo una inmensa masa de nubes, aquellas que suelen ser tan seductoras, las mismas que desde mi ventana hacen sus travesuras y me convocan a pensar en el amor.

Pienso en el amor mientras este avión se mueve de un lado al otro, se sacude de arriba hacia abajo….estamos en una turbulencia que espero pase pronto;  siento que me voy a desmayar…debí tomar agua, acá no hay cajita feliz como en el BOA, no hay nada, ni siquiera hubo un “buenos días”…a la mala…a lo milico nomás, ruda, rudísima la cosa.

Solo espero que este avión sea rudo y aguante.

El amor. Antes de partir me saqué unas fotos. Lo admito, soy vanidosa, demasiado creo.  Fotos que quizá queden en el recuerdo de lo que fui. Escribí un mensaje a mi marido en el que le pedí que “cuide y ame a mis wawas”, punto seguido “Los amo a los cuatro”…enviar. Espero que el mensaje llegue. A veces no llegan, y no quisiera que éste sea uno de esos.

El amor…mis chiquitos están en el colegio, mi marido en su oficina y yo acá, rezando, escribiendo, disimulando…estoy en el cielo, cerquita de Dios…debe ser lindo vivir acá…pero todavía no.

Teresita, la señora que no deja de hablar está en su lugar, hablándole a su vecino de fila. ¡Pobre hombre!….cómo hablan algunas mujeres, es algo de no creer ni aguantar.

Por Dios, cómo es que llegué a parar a este avión del TAM. Yo les llamo supositorios. Ya viajé en uno de Aerocon, quizá fue el que poco tiempo después se cayó.

Y no dejo de pensar en el vuelo del TAM que la anterior semana tuvo problemas, recuerdo a los jugadores del Tigre con sus máscaras de oxígeno. Yo pensé que las mascarillas amarillas aguantaban todo lo necesario. No, según un amigo piloto duran solo 12 minutos…la mierda, y a este vuelo le falta mucho más.

Le toco el hombro al asistente de vuelo y le pregunto cuánto falta, una hora, me indica. Cuánto más podré escribir en una hora…lo que aguante mi batería. Me fijo, está cargada, anoche tomé mis previsiones pues mi compañera no puede agonizar  en estas ocasiones en las que sirve para descargar ese cúmulo de pensamientos y sentimientos que arman un alboroto en mi humanidad.

El copiloto está tranquilo pero atento, no deja de mirar los cientos de números, relojes y botones que tiene en frente. Solo espero que sepa lo que hace…se ha sacado sus guantes verdes largos de piloto de la Fuerza Aérea Boliviana….recuerdo que tenía unos, me los regaló José; qué se habrán hecho.

Intento ver al piloto pero no puedo, estoy justo detrás de él…quería verle el cabello; esperaba que fuera blanco, las canas infunden respeto y son señal inexorable de experiencia. Sigo esperando que lo tenga blanco el caballero. Al menos eso quiero pensar…y lo pienso.

Me relajo un poco, al fin y al cabo si nos caemos nos sujetan las nubes…estamos sobre un inmenso colchón.  José, no el piloto, sino el ingeniero, dice que las nubes tienen algo así como 3 dimensiones y media…que son cosa extraña y quizá puedan ser la muestra fehaciente de que Dios existe. Claro que existe, vive por estos lados.

Y el pequeño avión se sacude…creo que hace mucho viento que mueve la cola de la nave que, sin embargo,  se resiste a la fuerza de la naturaleza y ahí va, zigzagueando en el cielo. ¡Qué cosa!

Pienso en Riberalta, es la tercera vez que voy. La primera me impactó, la segunda me enamoró y esta tercera no sé qué me hará.

¡Oh sorpresa! Nos han repartido la cajita feliz. “Felicidades Tarija 197 aniversario”, se lee en el lateral. Tarija, Tarija, tan abajo, tan al otro extremo, tan lejana; yo me voy para el norte, para arriba, siempre para arriba como tiene que ser…al norte.

La primera vez Riberalta me pareció hermosa, rústica, auténtica…con muchos árboles de colores como a mí me gustan. Dicen que la ciudad fue diseñada por un europeo, italiano creo, a quien se le ocurrió dejar árboles al medio, inteligente y sensible el hombre…entonces caminar por sus calles adoquinadas es ir de paseo…!Fantástico!

La segunda vez me acompañó Álvaro. Yo le había dicho que Riberalta era hermosa, él me había respondido te sigo…llegó al día siguiente en un vuelo retrasado, yo en el hotel mirando el reloj en medio de una lluvia torrencial. Llegó en moto, mojadito y cargado de su cámara y de un corazón latiendo. Conocimos el paseo que hizo Evito, un maravilloso mirador con vista al río Beni.

Esta caja feliz la detesto, llena de dulces y masas. Cuándo será el día en que las llenen de algo más saludable, deberían darnos un cóctel de sedantes así no sentiríamos el ensordecedor ruido que hacen las hélices…bueno, finalmente un ruido que agradezco, señal de que funcionan.

Esta vez llego canchera a Riberalta, pienso que conozco esta ciudad, sé a dónde ir, dónde comer, Álvaro me hizo prometerle que iría a comer un asadito con ensalada y salsa verde al Pato Roca. Bien es el Pato Roca, una heladería donde se junta la Hi riberalteña a ver pasar el tiempo que por esos lados anda en moto.

“Señora, sírvase”, me dice el asistente. Y me pasa un vaso con jugo…dulce, dulce….en cualquier otra ocasión lo habría rechazado; pero esta vez que mi cerebro me produjo calor por culpa de la señora que vino a decirme que volvíamos, el azúcar con agua me sirve para pensar un poco en mi páncreas inútil y en mi lengua que se acaba de impregnar de  ese sabor tan dulce que detesto cada día más.

El Pato Roca…acaso podía llamarse otra cosa la heladería más famosa de Riberalta…¿acaso?

Esta vez he tomado otro hotel…veremos cómo me trata. Lo único que sé es que está ubicado entre una librería y una lencería. Me iré a la lencería a ver si llevo algo de regalo. Algo por si me extrañan, sobre todo en esas noches cochabambinas que se pronostican frías, muy frías. Hoy, con 32 kilos menos puedo mirar algunas cositas en las que hace dos años no habría cabido; a mi marido le gustará cualquiera de esos ejemplares de seda y encaje. Dicen que son santo remedio para el matrimonio. Luego les cuento.

Este avión cada vez suena más, creo que se ha cansado, pero ya no me preocupa tanto: veo que el copiloto “se está sirviendo” (que expresión más fea) su cajita feliz, y el hombre está feliz…debe ser buena señal aunque la nave se sacuda de rato en rato.

Debe faltar poco, lo estamos logrando pero juro que nunca más me vuelvo a subir a una de estas cosas…si lo supiera. El problema es que a una no le dicen en qué va a viajar. Bueno, en este asunto, el tamaño no importa…dicen que en ningún asunto importa. Yo sigo en duda.

A menos de un metro, un pasajero -potencial calvo-  duerme. ¿Cómo puede dormir? Se subió enojado, parece que se molestó con el avión…ahora, luego de haber devorado su cajita feliz llena de azúcar y carbohidratos, decide entregarse al dios sueño y disfrutar del vuelo. ¡Qué feliz!

Me doy la vuelta ¡qué caray!  la mayoría duerme…esto parece flota. Una flotita en todo caso.

Ya voy unos cuatro Padre Nuestros…no me sé nada más, pero me basta…

Creo que estamos por llegar. Deberíamos estar por llegar. Y no es Cochabamba, no volvimos y la señora tampoco se fue en Ecojet…escuchó mal de tanto hablar.

Jesús, pasamos turbulencias, esto es tremendo, mis dedos no escriben nada, creo que voy a desmayarme otra vez…aunque la otra no lo hice, solo lo pensé….ayayayayayaya….y yo con mi computadora y todo que se sacude y por la ventanilla un juego de nubes de colores, prefiero no mirar, clavo mi vista en el teclado y en estas letras negritas que se van dibujando en la pantalla, qué invento hermoso, ya me veo con mi máquina de escribir a cuestas.

Es posible que cuando llegue borre la mitad de este relato….quizá todo, quizá lo deje también, en todo caso ustedes dirán qué capacidad para escribir huevadas tiene esta mujer….pido disculpas por eso…aunque pienso que a esta altura de mi vida no debo escribir para los demás, debo hacerlo para mí y si alguien se quiere sumar, bienvenido.

Valiente has sido si llegaste conmigo hasta este párrafo, quiere decir que como yo, le tienes miedo a viajar en avión, o quizá sea señal de que eres un masoquista y que te gusta sufrir con las burreras que escribo.

Debemos estar a pocos minutos. Definitivamente no volveré a encajarme en uno de estos supositorios de lata.

Haré lo mejor posible mi trabajo, adoro mi trabajo, volveré a ver a mis estudiantes que esta vez están a punto de defender sus perfiles de Tesis ¡bien por ellos!… iré al mercado a comprarme cuñapés y muchos bolos  de almendra de esos que les encantan a mis cuatro hombres. Almendras que las venden como benianas  siendo pandinas. Cosas extrañas que suceden por estas tierras.

Iré al mirador a saciar mi vista, quizá coma un chicharrón de pescado por ahí y en algún momento cumpliré la promesa del asadito en el Pato Roca mientras aprovecho de ver la vida pasar.

Me aburro, me pongo audífonos y escucho mi música, selección de temitas que me dan vida de tanto en tanto…aunque a veces siento que me la quitan. Ya pasó Supertramp con un temazo; pasó Ricky Martin con Vuelve, ahora Hombres G con Lo Noto…luego vendrá Rezo y en esa me quedaré, además de que me encanta, es muy propicia para la ocasión.

Debemos aterrizar y se pondrá a prueba la habilidad del capitán que no había tenido muchas canas.

Hace algunos meses, en este aeropuerto se cayó e incendió un avión de Aerocon, no había ni baldes para apagar las llamas, es que por estos lados la mano del Estado llega con regalos un poco extraños, como estatuas. Sí!!!! Iré a fotografiar la estatua de Hugo Chávez a la avenida Beni Mamoré y la subiré a mi blog para provocar unos cuantos comentarios iracundos de mis amigos opositores, sobre todo de David que detesta el poder oclocrático que nos gobierna … ciertamente me divierto con este cuento.

Volamos más bajo, Miguel Bosé me dice que Los Chicos no lloran; ¡carajo! eso sí que no creo.

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llegué!!!!!!!

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2 comentarios en “Crónica de un vuelo sufrido

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