La fuerza de la costumbre (Los Tiempos, 2014)


ImagenNietzsche expresaba que la costumbre produce placer porque otorga seguridad y certidumbre; el cambio, la cosa nueva, suelen ataviar. ¿Usted recuerda el rechazo con el que la mayoría de los bolivianos vivió el primer 22 de enero de la Era Morales? No fueron pocos los que no acatamos y decidimos hacer nuestras actividades con normalidad, lo que incluso llevó al gobierno a imponer sanciones a quienes no obedeciéramos la disposición. Poco a poco, año tras año, hemos entendido que cada 22 de enero es y debe ser feriado. Hay que ver cómo el 21, los centros de abasto se llenan de compradores de carbón, carne y cerveza y festejan la gracia del nuevo Estado. Seguro que en pocos años más, nadie tendrá el valor suficiente para cuestionar la celebración. Esa es la fuerza de la costumbre.

Charles Dickens dijo que el hombre es un animal de costumbres. “Dale de comer a la misma hora, báñalo a la misma hora y hazlo dormir a la misma hora, los bebés adoran la rutina”, nos enseña el Pediatra.

Aunque resulta bastante tóxica, la mayoría adoramos la rutina, principio de la costumbre. Te vas a vivir lejos y te cuesta habituarte a la distancia pero luego te acostumbras; te vas al centro y el ruido no te deja dormir; en pocos días te has acostumbrado y las molestias se han ido sin que te hayas dado cuenta. Esa es la fuerza de la costumbre.

Obramos de acuerdo con la costumbre, según Bacon. Si estás en tu automóvil en una rotonda e intentas ejercer tu derecho, aquel que sugiere la norma y el sentido común, tu vida corre peligro pues en Bolivia -a diferencia del resto del mundo-  el que va por la rotonda debe ceder el paso al que ingresa a la misma. ¡Increíble! Los conductores bolivianos, apelando a la viveza criolla, a la oportunidad del más rápido, a la presencia del más grande, olvidamos que las rotondas son para agilizar el tránsito y que si no les damos ese uso es posible que se creen cuellos de botella en los que…parece, nos encanta estar. Todos, incluso aquellos que aprenden a conducir en la prestigiosa escuela del Automóvil Club, terminan obrando de acuerdo a la costumbre porque si no te acomodas a ella al menos recibirás un bocinazo por riguroso e imbécil que es lo mismo. Esa es la fuerza de la costumbre.

Para Monstesquieu nada agravia tanto a los hombres como ir contra de sus ceremonias y costumbres. ¿El Viernes de soltero? ¿Los festejos de carnaval? ¿El plato de mariscos chilenos en Semana Santa? ¿Llegar con una hora de retraso a cualquier invitación? ¿La misa de domingo? ¿La Q´oa del primer viernes? ¡Cuánta razón la del tal Montesquieu!

El no menos célebre Rousseau, hombre inteligente pero machista, dijo que la única costumbre que hay que enseñar a los niños es a que no se sometan a ninguna. ¿Tan dañina es la costumbre? ¿Anulador su poder? ¿Fatal su ejercicio? Sin duda, sobre todo cuando evidenciamos que las costumbres no nos permiten ser mejores ciudadanos; que en su honor asumimos comportamientos heredados que bien nos haría comenzar a erradicar.

La costumbre nos hace aceptar escenas tan penosas como la de una mujer arrastrando al ebrio de su marido en las puertas de una chichería; intenta educarnos en el convencimiento de que las limitaciones del boliviano tienen explicación en su enclaustramiento marítimo; o que la fortaleza de la democracia radica en las veces que el pueblo vaya a votar. Esa es la fuerza de la costumbre.

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