“Pasate la frontera bro”


alto-no-caigas-en-la-trampa-que-no-te-enganes-mas-los-falsos-videntes-gchlt1km_3[1]Cada esquina con semáforo representa un reto para muchos bolivianos. Un reto que cumplir, que acatar, que respetar. O un reto para, literalmente, vencer…como quieras, depende de qué lado esté tu brújula moral.

El semáforo es el elemento de regla más insignificante, pequeño, simple. Aunque puede salvar tu vida y la del otro, su tamaño, su presencia, su cotidianidad lo hacen apenas perceptible; tanto que a muchos les da igual su existencia.

Algunos se lo pasan porque son “pobres y no pueden darse el lujo de gastar su combustible parados en una esquina sin tráfico”. Otros se lo pasan porque están apurados, salieron tarde y llegarán tarde; el semáforo les hace perder el tiempo que no supieron administrar. Otros se lo pasan porque nadie les enseñó a interpretarlo; de donde vienen, los semáforos no existen porque no son necesarios y nos los conocen ni aprecian. Otros se lo pasan por imbéciles porque solo la imbecilidad hace posible ser imbécil. Otros se lo pasan porque viven en Bolivia, país en el que su máxima autoridad “le mete nomás”; muchos saben que al semáforo se le mete nomás el acelerador a fondo y no pasa nada.

El semáforo -regla, norma, ley- es, insisto, lo pequeño, lo menudo, el detalle, el diario, pero no por eso lo insignificante.

Existen “artefactos peores” que con mayor rudeza ponen a prueba nuestra capacidad de Ser. La frontera por ejemplo. La frontera representa –casi igual que el semáforo- el límite. Una raya invisible en el piso, una línea imaginaria en el horizonte, un stop sobreentendido en la conciencia, una palabra en la nacionalidad, una señal de pertenencia en la piel y el acento.

Bolivia rodeada de frontera, encerrada en ella, agobiada por ella. ¡No! Bolivia disfruta sus fronteras, son algo así como una fiesta eterna, una celebración religiosa, el preste de una de las mil quinientas vírgenes existentes y por existir. El jolgorio y la algarabía. La libertad y el libertinaje. Lo permitido y lo prohibido. La pobreza y la riqueza. El orden y el caos.

La frontera sirve para ser con todas las ganas, para ir y venir sin cédula, para pasarla bien de día y de noche y de trasnoche por supuesto. Para ser y volver a ser porque eres de aquí pero también de allí…eres ambos o ninguno.

“Pasate la frontera bro”, le dijeron a un campeón que debía representarnos en un certamen deportivo internacional. No pudo hacerlo legalmente, y le aconsejaron, no pocas personas, que se pase la frontera…así como quien se pasa el semáforo. El atleta no lo hizo porque su moral está de este lado de esa línea imaginaria que conduce nuestros (buenos) actos siempre.

Mientras más post leía en ese sentido, más y menos entendía las razones del consejo de los amigos, de los bro: “andate a la frontera y listo, pasá por la frontera”…la frontera, esa la de las mil quinientas vírgenes…esa, pasatela.

La frontera, alternativa ante un Estado lento, ineficiente, burocrático, caro, mentiroso, corrupto. ¿Un Estado al que se le paga con la misma moneda? ¿Pasándose la frontera?

“No esperes nada legal, pasatela, será más rápido…es por tu bien”. Pásate el semáforo, llegarás antes, a tiempo, y es también por tu bien.

Se la pasaron tantos…le metieron nomás. Si no lo hubieran hecho, habrían pagado las consecuencias de un Estado maldito en el que se confunde lo legal con lo que no lo es tan fácilmente como se confunde el hambre con la coima.

Se la pasan tantos…le meten todos los días. Si no lo hicieran posiblemente claudicarían en sueños y anhelos imposibles. Se la pasan para sobrevivir, se la pasan porque les da la gana, se la pasan obligados ante un Estado cazador.

Pásate la frontera que nadie mira, nadie te controla ni controla a nadie,  y sé…sé tú mismo, sé el que tú puedes ser…o al menos sé el que tienes que ser. Si te da para existir, pásatela. Métele nomás…nadie mira, solo tú y si eso te atormenta, cierra los ojos y sigue camino…

Pasate por la frontera bro. ¿Cuestión de Estado o de conciencia?

 

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