Consideraciones para evaluar la subjetividad (Los Tiempos, 2014)


977[1]La evaluación de las dimensiones del Ser y del Decidir implementadas este año en todo el Subsistema de la Educación Regular de acuerdo a la Ley de Educación, preocupa a directores y maestros que, en un escenario de improvisación y buenas intenciones, están apelando -en el mejor de los casos- al sentido común, pues resulta que el Ministerio de Educación no ha dado las suficientes pautas técnicas para gestionarlas con la solvencia que se merecen.

Si las dimensiones del Saber y del Hacer -concretas y con las cuales se tiene mayor experiencia en aula- no se sustentan en objetivos de aprendizaje y sus correspondientes criterios de evaluación, merecerán el castigo de la apreciación subjetiva; en consecuencia, es sencillo prever lo que ocurrirá en las otras dos dimensiones que corresponden al plano de lo actitudinal.

Creo en la importancia de comprender y evaluar al estudiante en toda su integridad; el enfoque cualitativo nos dice que mientras mejor se conoce la subjetividad del objeto que se estudia, los resultados obtenidos son más próximos/fidedignos a éste; se puede entender, entonces, que la intersubjetividad de la relación profesor/evaluador – estudiante/evaluado es su principio de objetividad. Esta dinámica, sin embargo, no quiere decir que el maestro puede permitirse ser subjetivo en sus apreciaciones al momento de evaluar, nada más equivocado; implica, más bien, que el profesor respeta y valora la faceta subjetiva del estudiante. ¿Cómo evaluarla?

Sí creo posible, además de necesario, establecer criterios objetivos para evaluar el Ser y el Decidir; pero será fundamental tomar en cuenta algunas consideraciones esenciales en procura de una evaluación continua, integral y reguladora del proceso educativo.

La evaluación no debe ser una etapa aislada ni independiente del proceso enseñanza aprendizaje. Lo ideal es que esta acción se “confunda” con la gestión del proceso; así, los exámenes y demás pruebas objetivas podrían ser reemplazados por estrategias de enseñanza activas o vivenciales que permitan evidenciar el aprendizaje.

Evaluar no es examinar, fiscalizar o castigar; su propósito es reorientar, reforzar y regular el proceso docente educativo.

Las unidades de contenido deben organizarse a partir de la realidad y sus necesidades de reflexión y solución. Mientras no se deriven de la vivencia diaria del estudiante y, más bien se discriminen en las cuatro paredes de un gabinete psicopedagógico, lo que aprenda el educando será ajeno, frío, inútil y poco atractivo.

La evaluación no tiene por qué ser exclusivamente cuantitativa. Forzar valoraciones cualitativas encasillándolas en rangos de generosa o estrecha consideración numérica, no le hace justicia a la riqueza y complejidad del aprendizaje.

La tendencia de la evaluación es corresponsabilizar al educando de su propio aprendizaje. Un estudiante autónomo y propositivo –que es hacia donde apunta la escuela hoy-  debe saber evaluarse; pero esto responde a un aprendizaje paulatino y complejo que demanda conocimiento y actitud además de involucramiento con los propósitos, procedimientos y metas de su propio proceso formativo. Mientras el estudiante no forme esas competencias, la autoevaluación solo deberá ser un ejercicio simbólico.

En síntesis, hablo de considerar las experiencias y conocimientos previos del estudiante; de partir de lo que cree e incluso de cómo se equivoca; de desarrollar un proceso que facilite la transferencia del conocimiento teórico a la acción práctica; de reconocer y valorar la realidad para luego entender el concepto y la teoría; de aprender y aprehender en la calle, el campo y la fábrica para luego reflexionar en el aula; de valorar las percepciones e impresiones personales como posibles y válidas; de dejar de escribir preguntas idénticas que esperan respuestas iguales; de motivarlos hacia la crítica, la reflexión y la acción.

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3 comentarios en “Consideraciones para evaluar la subjetividad (Los Tiempos, 2014)

  1. “la importancia de comprender y evaluar al estudiante en toda su integridad; el enfoque cualitativo nos dice que mientras mejor se conoce la subjetividad del objeto que se estudia, los resultados obtenidos son más próximos/fidedignos a éste; se puede entender, entonces, que la intersubjetividad de la relación profesor/evaluador – estudiante/evaluado es su principio de objetividad. Esta dinámica, sin embargo, no quiere decir que el maestro puede permitirse ser subjetivo en sus apreciaciones al momento de evaluar, nada más equivocado; implica, más bien, que el profesor respeta y valora la faceta subjetiva del estudiante.”

    Moni, este nivel de lenguaje es superior al de la gran mayoría de profesores normalistas que en las escuelas de nuestro país “enseñan”. Me atrevo a decir que aun el nivel de reflexión está por encima de sus capacidades.

    Nuestros maestros -con las necesarias excepciones que no hacen más que confirmar la regla- son sujetos que han sido prefabricados a la medida de la subjetividad de las normales y los sindicatos. Poco podemos esperar de ellos. Insisto en lo que comenté en uno de tus anteriores posts: necesitamos deshacernos del sistema “normalista” (hasta la palabra ofende por su connotación) y comenzar a poner verdaderos profesionales -primero pedagogos- a cargo de cualquier reforma educativa que vayamos a emprender como sociedad.

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    1. Claro, no podemos dejar de mirar la labor de los maestros porque es fundamental el trabajo que ellos hacen y cómo lo hacen será algo decisivo en la educación. Pero son solo parte del problema que va más allá. Pasa por lo estratégico: cuánto le interesa al Estado la buena escuela?…suponiendo que le interesa mucho ¿es adecuado el modelo pedagógico? suponiendo que lo sea ¿cómo se está ejecutando? suponiendo que bien, ¿cómo andamos por casa? ¿hay un compromiso de la familia con la educación? suponiendo que haya un compromiso ¿cuánto está dispuesto a dar el estudiante?….mmmmm….pasa por cómo nos enseñan, qué nos enseñan, cuánto queremos que nos enseñen, etc.
      Historias tétricas escucho a nivel de postgrado que no comprometen la buena acción del docente. Por ejemplo, “si tu nos pides demasiado, o nos colocas malas notas o si se te ocurre aplazarnos, te hacemos botar e la U”……entonces, ser buen maestro, significa ser una fortaleza moral, además de conocer la técnica pedagógica y ser psicólogo. Demasiada carga para un docente que cuenta con la buena fe de su estudiante, con el compromiso de los padres y con el financiamiento y lucidez del Estado.

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      1. Pienso que al Estado le interesa muy poco. Si le interesara, no hubieran hecho la reforma así, de un solo saque.
        Para poder implementar algo como lo que presuntamente se quiere lograr, primero se debe comenzar por cambiar la mentalidad de los educadores; educarles en el nuevo paradigma para que posteriormente -o de manera escalonada- puedan implementar la reforma.
        ¿Los padres de familia? También tienen que cambiar de paradigma. Dejar de evaluar a sus hijos con el sistema “antiguo”. Dejar de exigir “sietes” o “cienes” a sus hijos… pero eso viene, repito, de manera escalonada. Si un profesor (o varios) “progresistas” explican a los padres -en las reuniones que se tienen con ellos en las escuelas- cómo va la cosa y cómo será a partir de, digamos, ahora, entonces los padres comenzarán a educarse en la nueva manera de evaluar objetivamente el saber, el sentir, &cétera.

        Si yo (por ejemplo), padre moderno que tengo un hijo diferente, que fomento el que sea especial, diferente, único y no lo comparo ni con sus hermanos, primos u otros chicos para estimular su pensamiento crítico, su individualidad y qué se yo… y luego nos topamos con un profesor “normal-ista”… estamos jodidos.

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