También hemos aprendido a volar


ImagenA dos metros de distancia veo cómo dos motocicletas chocan. Una es conducida por un varón, la otra por una mujer. Ambos caen, se sacuden y se levantan. Fin de la historia.

Llego a mi destino, me bajo de la moto y mientras saco cuatro bolivianos, el chófer me dice que la culpable del incidente era la mujer porque es mujer: “Las peladas deben quedarse en la casa a planchar, cocinar y criar hijos; para eso son las mujeres, no para la calle”.  Escucho al hombre, recorro su rostro con la mirada, le pago cuatro monedas y me voy. Inicio de la historia.

Llega a mi computador una investigación realizada por Katty Kay y Claire Shipman, periodistas norteamericanas que, interesadas en indagar sobre las barreras profesionales de la mujer, intentan comprender cuáles son los factores que impiden que las féminas ocupemos puestos de jerarquía con la velocidad y facilidad con la que los varones lo hacen.

Las investigadoras creen que la barrera se llama confianza y como primera conclusión aseguran que a las mujeres les cuesta –mucho más que a los hombres- pasar del pensamiento/idea a la acción. Pese a esto “el mundo se mueve en dirección femenina”, segunda conclusión de las norteamericanas  con la cual coincide la escritora Gaby Vallejo quien en una charla improvisada en el aeropuerto de El Alto, me dejó saber su asombro por la capacidad y voluntad que las mujeres tenemos para sentir y vivir el mundo.

Entre la creencia del chofer machista, el asombro de doña Gaby y los resultados de la investigación de las periodistas, visualizo tres posturas distintas que caben en un mundo que se transforma pero que no deja de ser lo que es mientras las mujeres, en un porcentaje significativo, no decidamos cambiar la “suerte” de ellos…y la nuestra.

El estudio en cuestión revela que la falta de confianza de la mujer se explica en la perfección que ésta busca en cada uno de sus actos, en su facilidad para recordar experiencias negativas, advertir  amenazas, y en la intolerancia a la crítica y al regaño. Todos estos aspectos son externos, es decir, producto cultural: “Las mujeres no son para la calle” y como no lo somos, cuando nos animamos a poner un pie fuera de la casa inmediatamente afrontamos la falta de confianza; es cuando sabemos y nos exigimos hacerlo bien porque alguien –que duda de nuestra capacidad– nos observa.

Si logramos vencer ese miramiento y decidimos actuar, lo hacemos como pulcras señoritas porque no estamos dispuestas a recibir ningún regaño por “atrevidas y arriesgadas”, después de todo es “normal” que las mujeres recibamos aplausos por portarnos bien; los varones tienen que portarse mal para recibirlos.

El estudio también apunta a la práctica de deportes de grupo y a las hormonas como aspectos que intervienen en el nivel de confianza de hombres y mujeres. Sí, la testosterona, hormona masculina, actúa como propulsor teledirigido hacia la toma de riesgos.

Las mujeres debemos “dejar de pensar tanto y simplemente actuar”, aconsejan las investigadoras quienes, empero, advierten sobre las facturas sociales que pagamos durante el proceso: “las sanciones sociales son injustas, se nos tacha de agresivas, locas, peligrosas, tener mal carácter, y hasta de putas”, señala el documento.

Para ser sensata, el estudio no anuncia ninguna novedad; las mujeres sabemos de qué pie nos hacen cojear, y aún así hemos decidido seguir adelante. Y no importa cuántas veces nos tropecemos ni cuánto nos critiquen y sentencien por hacerlo; es mas, también hemos aprendido a volar.

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2 comentarios en “También hemos aprendido a volar

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