El sillón y el amante


imagesD6FYV5I9El estrés del vuelo, las turbulencias y la sensación de permanente inseguridad que me genera viajar, me obligan a tratar de desviar mi atención y depositarla en  aquello que considero fundamental: abro mi compañera, la activo y decido ponerle los dedos encima.

Reservé una historia para esta ocasión en la que tengo 45 minutos de vuelo hasta Trinidad, 40 en tierra y otros 60 hacia Cobija, mi destino; tiempo suficiente para recordarla, imaginarla, inventarla, disfrutarla y contarla.

Se titula –como ya se han dado cuenta- El Sillón y el amante, dos “remedios” que necesito según mi médico, pero que me niego por estética y fortaleza de espíritu.

¿Por qué el sillón? Pues allí estaba. Un espantoso sillón que vi en la vitrina de una mueblería mientras caminábamos con mi marido el día del Peatón. Ahí estaba él, todo monono y bien puesto en medio de la inmensa vitrina. Lo vi, lo vio mi esposo, y yo me quedé a filosofar sobre el aparato tan raro, tan feo, pero tan necesario según los expertos.

El sillón en cuestión era una cosa café con pinta y precio de fino, pero bien feo; claro la finura no es necesariamente bonita. Le colgaban unos cables y unas abrazaderas en la parte inferior como para que no exista forma posible de escapar de él. Se veía muy mullido el fino pero feo sillón que seguro ha merecido el esmero de diseñadores, ingenieros, psicólogos, fisioterapeutas y demás profesionales que han probado su experimento en mujeres estresadas como yo.

La diferencia es que quien escribe piensa que ese sillón fino, con cables y abrazaderas, pero sobre todo feísimo, es un invento de esta Era en la que el estrés es la enfermedad número uno, y la plata el principal pretexto para batallar.

(Me acaban de dar mi cajita feliz, viajo en BOA. ¿Esta es la cajita del Vice?, le pregunto al azafato, se ríe y me dice que sí… tendré que regalar el refrigerio pues todo lo que lleva adentro tiene azúcar. ¿Por qué mierda todo tiene azúcar? Será para endulzar la vida y hacerla más corta, qué ironía).

Algunos médicos te dicen que lo mejor para combatir el estrés es conseguirse un amante. En serio. Otros te aconsejan comprarte el sillón que te hace temblar, este el protagonista del cuento que cuento desde las nubes junto a mi cajita feliz incomible.

A ver. No creo ni en el poder mágico del amante ni en el del sillón que tiembla. Claro que sería más entretenido el amante que también haría que tiemble a ratos; pero el sillón sería algo más ético y pausado, definitivamente. La cuestión es que no creo en ninguno (pensar que hay quienes optan por el primero, otros por el segundo y los más valientes por ambos….amante más sillón, caray qué afortunados).

Yo creo que ambos son antiestéticos. Andar colgando con el amante sería tan feo como meter al living uno de esos sillones mullidos con cables colgando y abrazaderas. ¡No, por Dios, qué cosa inventa este mundo moderno!

El sillón…¿cómo lo usaría? Mi imagino. Luego de trabajar todo el día con el pretexto de una mejor educación para mis hijos, pagar el pediatra, el oculista, el ortodoncista, el psicólogo, las compras del mercado, las vacaciones de fin año y alguna pilcha que te atrapa mientras caminas desprevenida;  mientras conduzco mi auto, viajo en teleférico, en micro luego de haberme peleado con el chófer porque no me devolvió los 10 centavos, o de haberme hecho estafar tres pesos con el taxista pendejo, vuelvo, llego a casa hecha pelota y reviso la tarea de mis hijos, invento algo de comer, ordeno la casa, riego el jardín, acuesto a los chicos, vuelvo a ordenar, meto la ropa a la lavadora, dejo remojando los calcetines y las camisas del colegio, lavo los platos, organizo la basura, reviso mi agenda, respondo mis correos, pierdo algunos minutos en el feis, converso otros minutos con mi marido, me quito el maquillaje y me vuelvo a cubrir la cara con otros, cierro puertas, apago luces, decido hacerme abrazar con el sillón que tiembla, y comienzo a sacudirme haciéndome la idea de que nada ha pasado en mi vida y que disfruto la sacudida artificial y pienso que me relajo y me convenzo, lo disfruto, sí, disfruto la temblada como loca, me sonrío por eso y porque tengo 10 minutos de relax y porque ese sillón de mierda es el mejor invento de este y de todos los siglos existidos y por existir…..”Qué cosa bárbara”, digo mientras tiemblo.

(Debo cerrar esto, estamos llegando a Trinidad, la Trinidad inundada y sin declaratoria de desastre).

El sillón, cosa indispensable hoy en día para el hombre que ha sido capaz de complicar y complejizar en extremo su vida pero que gracias a su ingenio y capacidad inventiva, ha creado ese artefacto que le hace feliz y le quita todo el estrés de encima (esto debió sonar a ironía).

Cada sacudida es un estrés menos. Cada sacudida es una sonrisa más. Cada sacudida es una incoherencia tu vida: Trabajas todo el día. Casi no ves a tu familia. Estas barrigón y jorobado por las 8 horas que pasas sentado, de la parte baja ni hablar pues es fácil imaginarlo, aunque dé pena y un poquito de asco; pero eres tan inteligente que te compras el sillón que tiembla y como si no fuera suficiente, te convences de sus poderes curativos…y luego de pagar varios cientos de dólares y de meter a tu casa un aparato indecente y de asignarle un lugar privilegiado, te entregas a sus poderes mágicos y te pones a temblar para que se te quite la estupidez que todo el día has acumulado.

Pido disculpas a aquellos que leen esta cosa  y que tienen esa otra en casa. “sobre gustos y colores no han escrito los autores”, pero yo sí porque esa cosa fina pero fea, es bien fea y contradictoria también; debería estar claro que la solución no está en cuánto te ilusione un amante o cuánto te haga temblar un sillón, ni en cuanto te hagan temblar ambos.

Me he propuesto comenzar a cambiar ciertas actitudes y hábitos, así como pensamientos, mañas, obsesiones, adicciones, rutinas y demás tormentos. “Hazte a la loca”, me recomendó el médico y me entregó la tarjeta de un psicólogo para que “suelte la lengua”…como si no fuera suficiente con tenerla sin pelos y en uso permanente.

Lo que sí está decidido es que ni el amante de motel ni el sillón con abrazaderas tienen cabida en mi casa.

(Hemos partido hacia Cobija y este cuento se ha terminado…momento de comenzar otro….mentira, mejor cierro la computadora y trato de relajarme en medio de las nubes que disfruto y de las turbulencias que detesto, un tira y afloje de sensaciones).

Mientras la computadora se apaga, le pido al joven azafato un café sin azúcar con la intención de vivir un poco más y mejor de lo pronosticado.

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