“No seas huevona”, me dijo


Mi jardín, esa ventana hacia la vida y la esperanza. Es eso, ni más ni menos: una ventana por donde se ve lo maravilloso de este mundo, de esta tierra, de este planeta, de esta gigantesca bola redonda que parece plana y que no es tan gigante.

Mi jardín no es el punto de llegada, es el de partida desde donde se inicia -todas las mañanas- un laberinto de caminos con y sin salida; de una maraña de situaciones que algunos llaman vida.

Mi jardín, ese rectángulo de verde con manchitas de colores es poderoso, tiene  el poder de devolverme a la sensatez. Sí, me dice que no todo se puede explicar, que algunas cosas son irracionales para la mente humana, que hay milagros, que hay magia, que donde haya vida habrá misterio.

¿Misterio? A la derecha, sobre la segunda terraza, ha crecido un cáctus de hoja plana y pocas espinas. Nadie lo plantó pero alguien lo trajo. Quizá vino escondido en la tierra, tal vez vino volando, de repente un pájaro fue el autor…no sé, pero el cáctus -todo caprichoso- llegó y se instaló.

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El cáctus de personalidad insistente, aún luce la lana café.

Como si su origen desconocido fuera poco, el cáctus enfrentó vicisitudes de distinta índole: se cayó dos veces, fue tumbado por el viento. Sus hojas planas y grandes no le ayudaron, más bien le jugaron en contra y el tipo se derrumbó dos veces a falta de una. Y así volvió a crecer, chueco, magullado, ahí está, vivo y creciendo, cada vez más fuerte se ve. ¡Cómo me enseña!

Mi Santy, el romántico, sacó una lana café y amarró al cáctus de personalidad insistente. Le dio pena y decidió atar su existencia a un amigo cercano, ese arbolito morado que lleva en sus venas una leche blanca, blanca y pegajosa también que dicen que es venenosa, pero que hasta ahora no ha matado a nadie.

¡Increíble lo que puede hacer un corazón amoroso con un par de metros de lana café!

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Las hortensias adolescentes.

Al centro del jardín hemos colocado las hortensias. Esas que han cumplido 15 años. Las trajimos de la otra casa. Mi marido no quiso dejarlas porque era como dejar a alguien de la familia. Una mañana de domingo las fuimos a recoger al campo. Alvarito tenía menos de un año y disfrutamos mucho la recogida de las hortensias que lucían rosadas y azulinas, pequeñitas pero con un futuro prometedor.

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Hace 15 años cuando compramos esas raras plantas con flores gigantes.

Esas hortensias no dejan de sorprendernos. Cuando las trasladamos, el jardinero nos dijo que posiblemente morirían.  ¿Y la vecina? las miró como diciendo ¿qué mierda es esa? Y claro, las pobres habían sufrido el corte de un jardinero radical que les quitó toda gracia. Quedaron en palos y nudillos.

Cada septiembre, la vecina se traga sus palabras porque las hortensias se vuelven unas mujeres de personalidad imbatible, grandes, gruesas, fuertes; con una arrogancia que intimida a cualquier pendejo y pendeja, y de una belleza que enamora hasta el más fiel de los maridos.

Esas hortensias son nuestras compañeras, hijas, hermanas, madres, no sé…pero son de la familia y ahí están. Se ponen feas alguna época del año, es cierto, pero ¿quién no ha sufrido la edad del patito feo? Ellas tienen derecho también.

Al fondo crece una fila de árboles. Los hemos puesto pegaditos para que juntos hagan de muro, de fortaleza. Para que juntos nos quiten el viento que sopla y canta en esta zona y que baja iracundo por el cañadón de la Taquiña. Para que nos den una sensación de seguridad e intimidad. Para que los vecinos no se enteren que nos gusta andar en pijama los domingos, que nos encanta caminar descalzos por el jardín y que a veces podemos ser un poco histéricos y muy locos.

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La fila de “hombres” desnudos

Ahí anda el muro de ficus, el lado izquierdo más alto que el derecho. Y claro, no todos han crecido al mismo ritmo. Algunos se han enfermado, hubo uno que no resistió al virus y murió. Otros, los más tímidos, se han dejado apabullar por los otros, como en la sociedad, como en la oficina, como en el colegio y universidad. Un amistoso y cruel juego entre los más fuertes y los más débiles, los más prácticos y los más románticos, los más rápidos y los más lentos, los más inteligentes y los demás.

El muro de ficus es lo más parecido a una fila de empresarios desnudos tratando de parecer y ser.

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la simpática orgía

Abajo, pegadita al muro de piedras redondas, hay una enredadera de dos tonalidades de verde. Me gusta porque todos los días se esmeran por vivir hacia arriba. Sus ramitas quieren trepar, quieren subir y se agarran de lo que pueden. Las más curiosas y atrevidas se han metido dentro del muro y han salido por otro lado. Han hecho magia,  escurridizas, traviesas, sorprendentes.

Son bellas, se ven lindas juntas, esas no compiten porque cada una sabe lo que tiene que hacer. Cada cierto tiempo se ponen felices y florecen en lila. Unas florecitas delicadas, bellas que adornan su maraña de vida.  Una maraña que debe ser para ellas una eterna y natural orgía.

Arriba, se me olvidaba, arriba en la esquina izquierda luce poderosa una planta cuyo nombre no sé, pero cuya historia sí. Vivía en una maceta, reprimida, recatada, tímida, respetuosa la  pobre. Así vivió la señorita varios años. Cuando la trasplantamos, esa niña educada se rebeló y se convirtió en una mujer madura, insolente, agresiva. Estiró sus brazos y decidió abrazar la libertad y sentir el viento, el sol y la luna en esa plenitud por la que toda fémina lucha.

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la mujer de la esquina, poderosa, alcanzando el cielo y abrazando el sol y la luna.

Ahí, en la esquina está ella, medio arrinconada, pero desde su rincón, luce su fortaleza y claro, ha dejado a los ficus –mientras se pelean- enanos a su lado. Ella, está por alcanzar el cielo desde su rincón.

Ponerse a pensar un jardín es encontrarle sentido a la vida, a tu vida. Revisas tu pasado, reflexionas tu efímero presente y eres capaz incluso de proyectarte en el incierto futuro.

A veces nos parecemos a los ficus, otras a las hortensias, queremos ser como la mujer de la esquina cuyo nombre no recuerdo, otras nos deleitamos mirando la orgía de la enredadera traviesa y promiscua….a veces deseamos  ser como esa Pajarilla que tanto cuidan todos porque como es de otro hábitat, a la pobre le cuesta el doble crecer la mitad, y  hay que apoyarla en su propósito. Sin duda, será un tremendo árbol hermoso, fuerte, digno.

Gracias jardín por dejar que mi corazón se permita seguir latiendo. Ayer quise que sea de PVC, resistente a las lágrimas, al dolor, a la presión y  a la incomprensión….mi jardín me dijo que no sea huevona que lo mejor es que el corazón esté hecho de eso que llaman sentimientos.

nota de último momento: esa mujer de la esquina, la que abraza el cielo, el sol y la luna tiene un nombre por demás extraño: Cheflera (chiflera como le decimos por estos lados). Es un arbusto robusto….¿hombre? neeeeeee, me arruina el cuento.

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2 comentarios en ““No seas huevona”, me dijo

  1. alvaro

    La vida es sentimientos, es construir y abonar para que florezca. La vida son recuerdos, son hazañas, son retos; a veces es recomendable podar o trasplantar para conseguir fortalecer y dar nuevo vigor a lo que más quieres…que tu jardín siempre esté lleno de vida. TAM

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