Cobija, librada a las contradicciones del proceso de cambio. Crónica de un recorrido por mis impresiones en una tierra de todos.


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Esta crónica se inicia en el asiento 24A de un avión del TAM. Pedí ventanilla para tratar de hacer bien mi oficio y si nadie me mira, poder desenfundar mi Mini Xperia y tomar unas fotos clandestinas que registren la crecida de los caudalosos ríos cobijeños.

Aún sobre paisaje alteño, me solazo con las pintorescas torres que la Iglesia Católica a la cabeza del padre de apellido difícil, mandó a levantar a lo largo y ancho de la “ciudad satélite”. Me provoca cierto contento observar que desde hace algunos años, a lado de esas tantas casas del rezo -en perfecta armonía- se miran unas canchas de fútbol de césped sintético que el gobierno del cambio mandó a construir.

Me incorporo de mi asiento para ver con quiénes viajo; podría decirles que el 90 por ciento son hombres y mujeres originarios de tierras altas y frías; tan altas como el imponente Illimani y tan frías como la brisa que refresca el altiplano.

Cuarenta años me he preguntado cómo será Pando. A Cobija, su capital, me la imaginaba lejana, y ciertamente lo es. Pensaba que sería como Santa Cruz en rústico; que podría encontrar cuñapés y masacos en cada esquina; que vería nativas semi desnudas y varones en pantalón de ocasión.

Atrevida había sido mi ignorancia y grande mi sorpresa cuando el año pasado descubrí una Cobija más parecida a El Alto que a Warnes. Y por alguna no muy extraña razón, vino a mi memoria el rostro de cierto personaje poderoso y famoso que auspició el traslado de miles de familias aymaras a tierras pandinas en un intento por equilibrar uno y tantos ejercicios democráticos convertidos –siempre- en “fiestas” según la prensa nacional.

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Mi visita en 2013, constituyó una mezcla de encanto y desencanto. La fuerza mágica de la naturaleza con gigantescos árboles de colores y serpenteantes ríos, más el olor de la humedad típica de zonas calientes encantan los sentidos de esta mortal acostumbrada a maizales y a los escasos sauces llorones y molles.

Desencanta decirle la verdad a tu memoria histórica: Que Cobija es tierra de nadie…o quizá de todos; que pese a ser territorio de una de las pocas batallas ganadas, hoy es propiedad de paceños, potosinos, orureños y  brasileros, por supuesto.

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Edificación ubicada en plena frontera del otro lado del río, territorio brasilero.

En Cobija se compra y se vende en portugués con acento aymara en un contexto propicio para el libre comercio y el negocio libertino; total, entre liberales no hay drama si acaso pura comedia.

En una de mis estadías constaté lo que digo: un jovencito casi niño se desenvolvía perfectamente en una casa comercial en idioma extranjero. Hablaba en portugués fluido mientras lucía sus rasgos típicos esculpidos por el Sajama. “No te sorprendas”, me dijeron, es parte del traslado de gente que encabezó Quintana; o de pronto sea –pienso-  producto de la conocida habilidad comercial del hombre occidental boliviano. El resultado es el mismo, en Cobija manda el no cobijeño: Comercio, mercados, policía, restaurantes, hotelería, transporte, banca, universidades están lideradas por nacidos fuera de Pando.

No es extraño, entonces, encontrarse en plena calle con manifestaciones típicas de tierras altas. Y mientras lo pienso para escribirlo, un grupo de mujeres paceñas al ritmo entusiasta de la banda Explosión, menea caderas y con ellas mueve coloridas polleras y pálidas enaguas que apenas dejan ver unos tobillos cubiertos por medias nylon que no se corren ni a los 36 grados de temperatura ni a los 43 de sensación térmica.

Son demostraciones de alegría y de poder y propiedad que expresan que ese pedazo de tierra también les pertenece. Son demostraciones de una cultura expansionista que no hace otra cosa que conquistar y conquistar.

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Hombres y mujeres celebran al ritmo de la banda Explosión; al parecer son miembros del Sindicato Mixto de Transportistas tal como señala los tres móviles estacionados junto a la multitud de alegres personajes

Mi amigo Javier Prudencio me enseñó a buscar. Me dijo que en cada ciudad, en cada rincón, siempre hay algo interesante sino maravilloso por descubrir.  En Cobija hay muchos de esos lugares y buscar no se hace trabajo científico.

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Templo Católico ubicado en una de las esquinas de la plaza Principal. Calles peatonales de especial encanto enmarcan esta obra

Es cierto, sin embargo, que hay que mirar con detenimiento para entender la belleza que rodea esta ciudad. El río Aquiry o Acre cargado de vida pero también de amenazante muerte, es simplemente hermoso. En su ribera caen gigantescos árboles que posan sus ramas en un cauce que de pronto suele enfurecerse ante el robo que el hombre hace de su poder energético.

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Desde el puente de La Amistad, se observa cómo el nivel de las aguas del río Acre, crecen considerablemente en estos meses del año

Cada año, el agua del Acre amenaza a brasileros como a bolivianos; amenaza que de tanto en tanto decide dejar de serlo y convertirse en pesadilla para los habitantes. El río -en actitud de enojo- anuncia su desborde e invade las viviendas para dejar sino desastre, al menos, el anuncio de una advertencia más.

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Una de las decenas de viviendas afectadas por el desborde del río. Junín, Mapajo y Cataratas, son los barrios populares más vulnerables a la fuerza del Acre.

La historia de Cobija cuyo primer nombre fue Puerto de Bahía, es interesante tanto como la de cualquier tierra rica en recursos naturales. Aquella zona de la Amazonia habitada por Pacahuaras, Caripunas, Iñaparis y Araonas se colonizó en 1850. Cobija se fundó 56 años después; el Departamento de Pando se crearía luego, en 1938.

Fotos en color sepia cuyo tiempo establece las primeras décadas del siglo XX, muestran a mujeres con vestidos importados desde Italia y Francia, femeninos sombreros y finas carteras; caballeros de traje y camisa, corbata y sombrero. Llegarían, todos, llamados por ese líquido pegajoso, espeso y blanco, sangre de hechizados árboles.

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Fotografía que da lugar a imaginar el legado -hoy casi extinto- de una élite conformada a principios del Siglo pasado

El auge de la goma fue violento en tiempo y esmero. Trajo “desarrollo” para la ciudad que se iluminó con energía eléctrica, que conquistó con un templo en plena plaza Principal y engalanó con hoteles de lujo alrededor de ella; pero el negocio de la goma explotada por encargo también dejó dolor y pérdida: se estima que unos 30.000 indios murieron en extenuantes y calurosas jornadas laborales.

Donde la energía eléctrica aún no ha llegado es a poblaciones intermedias del departamento. Una intensa selva las separa de la ciudad capital; caminos de necesidad la conectan con municipios donde el agua potable es inexistente, el internet una referencia de oído y los demás servicios básicos un ruego no escuchado.

Mientras las ironías y contradicciones del desarrollo están por llegar a estos poblados, Cobija se desarrolla en esa complejidad que más parece una encrucijada, un castigo sin delito cometido ni delirio permitido: El gobierno de Evo Morales intenta sentar presencia con “regalos” que cuestan mucho dinero. Más de 16 millones y medio de dólares se gastan o invierten (dependiendo del enfoque) entre la construcción de la terminal del aeropuerto y el estadio.

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Otra vista del paseo por la plaza Principal en una tarde de lluvia suave y cielo nublado

Sí, los cobijeños tendrán un estadio para 25 mil aficionados al fútbol y congregaciones convocadas por el ídolo circunstancial. Tendrán un aeropuerto más amable a donde y desde donde lleguen y salgan los banqueros paceños que vienen y van con dinero. Tendrán más edificios “modernos” y tiendas comerciales. Tendrán más “lujo” que, de todas maneras, hará difícil ocultar la pobreza en la que subsiste la mayoría de los ciudadanos.

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Monumento conocido de manera coloquial como El Cabezón.

El efecto del cambio produce sentimientos no muy encontrados: hace que el gracias se imponga a cualquier “presente” siendo superior a la nada histórica.

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 Fotografía que revela que el Estado Plurinacional aún no ha llegado a este extremo de la “nación”.

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Esta crónica continuará como continuarán nuestros viajes de permanente búsqueda de la razón, cosa extraña que se esfuerza por camuflarse en el cotidiano vivir.

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Las puestas de sol constituyen uno de los regalos (sin condición) de la naturaleza más hermosos de apreciar en la amazonia boliviana

Texto y fotos: Molmitos, Cobija, marzo 2014

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Un comentario en “Cobija, librada a las contradicciones del proceso de cambio. Crónica de un recorrido por mis impresiones en una tierra de todos.

  1. edil gomez

    el pandino y cobijeño manda en su tierra solo alberga alos de occidentes y otras cultura que hay por que todos somos bolivianos y es bueno tener personas com mas de 3 L ESO HASE AL BOLIVIANO DUEÑO DE SI MISMO y al pandino un acojedor de culturas

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