El río Acre se queja


ImagenEl Río Acre, rodea a la ciudad de Cobija

En 2012, cuando el río Acre se desbordó, sorprendió a la población cobijeña; el agua ingresó a las viviendas ubicadas en las zonas más bajas y próximas al cauce dañando y destruyendo todo lo que a su paso encontró.  Escenas de pena y terror aún son recordadas por las familias afectadas.

“Aquella vez, las tarántulas y las ratas andaban por todas partes, incluso un cangrejo encontramos; de noche usted alumbraba con la linterna y veía los ojitos de los lagartos brillar, por eso ahora lo primero que hemos hecho ha sido llevarnos a nuestro hijo”, cuenta Sonia quien afligida me dice que ahora el agua ya está en su jardín y que solo es cuestión de horas para que el río –sin permiso-  termine de entrar a su morada.

Por su cuenta, Laura relata que la pérdida fue prácticamente total: “El agua arruina todo, porque no es solo agua, es lodo, es agua de las alcantarillas, son animales, es vegetación y lo peor es lo que queda después: el olor es insoportable y tarda en perderse, no se puede aguantar”.

Las descripciones hacen fácil imaginar lo sucedido, pero difícil de aceptar. Parecen historias cargadas de exageración aunque solo haga falta observar las huellas que dejó el Acre para creer eso y todo lo que te puedan contar.

Dos años después, el nivel del agua sigue marcado en paredes de viviendas y edificios como fiel testigo de la furia de la naturaleza, carácter que demuestra cuando es maltratada por el hombre con acciones que no la dejan ser.

Me toca desayunar con el Presidente de los productores de castaña, él es de Riberalta pero como se sabe, su fuente laboral está en Cobija. Mi vocación de mujer conversadora y periodista curiosa me obligan a romper el hielo mientras él se sirve un  jugo de copoasú y yo una mitad de cuñapé. Me cuenta quién es y qué hace, pero además me habla de su pena. Va a una reunión con el ministro Juan Ramón Quintana. Le va a pedir dinero para ayudar a su sector; lleva en la cartera una agenda llena de esperanzas.

Mire, me dice, “los árboles se están cayendo”. ¿Cómo se van a caer semejantes árboles?, le pregunto. “Por eso mismo se caen”, insiste a mi ignorancia: “La tierra está muy húmeda, la castaña es un arbolazo y su raíz es chica. Hace un poco de viento y se cae. Pero lo más grave es que hace días nuestros zafreros no pueden cosechar porque el agua ha cubierto y borrado los caminos que ya no se ven, no se puede entrar. El daño es millonario”, asegura.

Y quién es el culpable, le pregunto. “Señora, el Brasil ha construido unas represas que lo que hacen es retener el agua, no fluye como debiera y lo que ahora preocupa es que hay otros intentos de proyectos nuevos a los que nos debemos oponer porque terminarán por arruinarnos”.

Con cierto orgullo le digo que conozco su pueblo. “Riberalta es hermosa pero creo que más es Cachuela Esperanza a donde no he podido llegar”. “¿Cachuela? Se cayó el museo oiga”, me dice notablemente molesto.

Termino clases al medio día y Chucho Torrico, uno de mis estudiantes que se ha convertido en mi lleva y trae, me invita a dar una vuelta por la ladera del río porque sabe de mi inquietud por conocer esa realidad. Invitación que no desprecio y que se extiende por al menos media hora. Con cuadernos, computadora y taquitos de señorita de clase media, me monto en la moto y Chucho parte.

ImagenCon don Jesús (Chucho) Torrico, en el puente de La Amistad

Siempre es un alivio andar en moto pues la brisa calma el calor intenso de la amazonia. Pero esta vez, el clima es un tanto fresco y el ambiente es de zozobra: por donde uno va, observa un movimiento extraordinario. Comenzamos a recorrer el barrio Junín donde está el puente de La Amistad. El río grita más fuerte que ayer, sus aguas han crecido.

Seguimos camino a Mapajo y es cuando comprendo el relato de Sonia y Laura. El rio está en los jardines, canchones de arena blanca donde juegan los niños y donde se crían las gallinas. No hay niños y las gallinas están subidas en cualquier parte donde el agua no las moja.

Algunas familias preparan el traslado, otras ya se han ido…las demás esperan lo peor porque no quiere dejar su vivienda aunque saben que en unas horas el agua les arrebatará algo más que su disimulada indiferencia.

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Los vecinos trasladando sus pertenencias (barrio Mapajo, ayer sábado)

En las calles se ven volquetas amarillas y camiones con muebles y más muebles, y camionetas de la policía que patrullan el lugar.

Estos habitantes han nacido en la pobreza y no pueden abandonarla…o ella a ellos. Son personas humildes, de escasos recursos económicos, tienen pocas cosas pero esas son todo para ellos. Viven momentos de preocupación, de tristeza, de frustración e de inmensa impotencia.

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Una vivienda a punto de verse con las aguas en su interior – la gente se da formas para vivir

El río les da, pero también les quita y al parecer saben que no vale la pena demasiada furia con él perdonando todos sus provocados caprichos….están ahí aceptando su destino mientras el río Acre se queja.

ImagenEl río no tiene clemencia con las ya precarias condiciones de habitabilidad de los pobladores

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La plataforma ha quedado “colgando” ante el avance del Río. Chucho explica que hace algunos años, la tierra tenía al menos 20 metros más hacia adelante.

Agradecimiento especial a las familias por permitirme invadir su intimidad, y a don Chucho por llevarme a hacerlo.

Texto y fotos: Molmitos – Cobija, marzo 2014

 

 

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