Ridícula (Los Tiempos, 2014)


Esta semana protagonicé algunos actos verdaderamente ridículos por lo que con razón me gané el adjetivo calificativo de ridícula. El epíteto no me disgusta, es mas, me llena de gracia y un rico sabor a satisfacción personal.

Ridícula me dijo un señor porque subí al Facebook unas fotos del taller que facilité el martes de ch’alla, fotos acompañadas de un titular que sintetizaba mi trabajo ese día. Para él, las postales con los estudiantes le parecieron ridículas y posiblemente más ridículo le pareció que me enorgullezca de semejante acto.

Ciertamente era ridículo. A ratos no podíamos escucharnos por el ruido de los cuetillos en seguidilla; pero el momento más ridículo fue cuando abrimos la puerta del aula y en solo segundos el olor a parrillada aflojó nuestras papilas gustativas haciendo agua la boca de todos los ridículos presentes que apenas habíamos saboreado unas cuantas galletitas.

El lunes de carnaval también fuimos ridículos: trabajamos toda la jornada mientras nuestras familias y el resto de los mortales bolivianos -no ridículos- celebraban de mil formas placenteras el feriado.

El domingo (sigo retrocediendo), protagonicé una ridiculez de acto cuando nuestros amigos de encantada fe y voluntad, nos invitaron a un club privado donde suele reunirse la high society. Ridículamente se me ocurrió pagar nuestras entradas porque entendí que nuestros amigos habían sido mal informados sobre un supuesto uso libre de la piscina. Entre el desconcierto de ellos y la confusión de todos, yo –tremenda ridícula- hice el pago correspondiente, dinero que los amigos y el club quisieron devolver después; como soy ridícula no acepté porque consideré que la lógica no aplicaba y que yo no sería una víctima más del estado de corrupción en el que este país se mueve muy alegremente, especialmente en carnaval cuando todo es permitido.

El jueves de comadres (para seguir en retro con el tiempo y los ridículos principios), se me ocurrió hacer una crítica al desenfreno de adolescentes, señoritas y señoras que, en tropa, se permiten festejar su circunstancial liberación. Mi texto en cuestión, provocó una serie de reacciones que, en conclusión, corroboran que efectivamente soy una ridícula con todas las letras.

Estos días en los que he vivido intensamente mi ridiculez, he observado una sociedad muy necesitada de algarabía; y lo entiendo porque mi ser está hecho también de hormonas que por estas edades reviven sus mejores tiempos; lo entiendo porque el diario vivir es ciertamente duro para la mayoría de los mortales; lo entiendo porque el mundo siempre ha dado vueltas al mismo lado; lo entiendo porque incluso la santa curia justifica su existencia al ritmo de picarescas coplas; lo entiendo porque, finalmente, caray que es rico zamparse un par de cervezas bien frías y rematarlas con un ron cargadito de lujuria y unas gotas de limón.

Publicaciones de prensa registran 75 personas fallecidas en cuatro días de festejo; pero todo indica que reparar en este “detalle” es no tener la capacidad de ubicarse en el contexto ni comprender el significado simbólico de la celebración; esto no sólo es ridículo, sino que constituye un pecado mortal.

A pesar de todo, no sé por qué razón mi ridículo comportamiento me provoca tanto placer; ahora que lo internalizo estoy a punto de “sufrir” un extraño orgasmo pero sería vergonzoso no poder disimularlo. Es probable que el placer que me invade se deba a que no hay nada más delicioso que ser consecuente con los principios con los que te educaron…aunque se esté en carnaval.

(Se siente un ahogado pero sospechoso gemido/apagado de computador forzoso/despedida urgente).

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2 comentarios en “Ridícula (Los Tiempos, 2014)

  1. arqfengshui

    Monica, cada vez que te leo, me gustas mas, jeje.
    Gracias por tu ridiculez y espero que sea contagiosa y que muchos puedan aprender que hacer el ridículo algunas veces es hasta necesario…
    Un abrazo Moni.

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