El sexo del pudor (Los Tiempos, 2012)


¿El pudor tiene sexo? ¿Es hombre, es mujer? Todo indica que el pudor es esencialmente femenino: “Tengo 40, ya sé lo que me gusta y cuando mi esposo no quiere y yo sí, me encierro en el baño y hago lo que tengo que hacer”.  Al escuchar esta declaración de amor propio, sentí que el rubor me quemaba las mejillas y algo más.

Mi amiga perdió el pudor y con él “cayó en la nada”, rompió esa alianza social, dio fin a ese pacto de silencio. La mujer me miraba a los ojos (yo sin esquivarla) y me decía su verdad, su intimidad, se alejaba del pudor, ancestral imposición social, cultural, religiosa, machista.

Luego del café caliente y sabroso  -como el  buen sexo-  me fui pensando en el pudor de mi amiga y en el rubor mío; aquí estoy escribiendo esto que de pronto hará que nunca más me inviten a conducir la Telemaratón y me entreguen, en cambio, un certificado de muerte civil firmado por las señoras del pasanaku y las madres de los compañeros de mis hijos, y rematando la condena, me prohíban el ingreso a todos los templos de la ciudad.

¿El pudor es un valor? ¿Es algo con lo que se evalúa la buena educación y honorabilidad de las personas? ¿Es algo con lo que nos ganamos el respeto de los demás? ¿Es lo que nos hace mujercitas de familia o mujerzuelas de la calle?

¿Dónde se aprende el pudor? ¿Viene en el chip genético; se hereda de la madre, del padre? ¿Se aprende en la casa cuando admiran el pene del hermano y todos admiran nada de ti? ¿Cuando te dicen ¡cochina, saca la mano de ahí!? ¿Se aprende en la escuela que enseña que el sexo es cosa de adultos que deciden encargar hijos? ¿Cuando en  la misa  el cura dice que la abstinencia es el camino al cielo?

¿Dónde se aprende esa cosa que la desaprendes recién a los 40 cuando por fin tienes la valentía de reconocer aquello que siempre te gustó? ¿40 años tardamos las mujeres en aceptarnos como sujetos de placer? ¡Horror! ¿Debo pensar que es un pecado lo que acabo de decir porque nuestro cuerpo es “sagrado”? Es cierto, es “sagrado” pero también  es sagrada y agradecida la capacidad de aceptar sentir placer, ese placer tan parecido al que provoca enterrar el pudor, aunque sea por un par de minutos al día.

El pudor es sagrado y está ligado a lo íntimo, a lo secreto, a lo prohibido; pero ¿qué prohíbe el pudor, qué oculta? ¿Una realidad y varias verdades, quizá? Según J. Derrida (intimidado por la mirada de su gato que tranquilo observaba la desnudez del pensador) el “quizá” está detrás del pudor femenino; es el engaño, es el arma de seducción que la mujer utiliza para enamorar a su hombre. Y son el pudor, subjetivo; y el rubor, objetivo, los que esconden y revelan las intenciones de la mujer que hartada de la impostura, decide hacerse placer por puro placer, pero en cierto pudor.

Para Freud es un sentimiento esencialmente femenino cuyo origen está en la fase del clítoris, pene mutilado digno de ninguna admiración; para Nietzsche el pudor en la mujer apunta hacia su propio cuerpo; para mí, el pudor es la fuerza de la hipocresía y de las represiones impuestas y autoimpuestas, presentes y futuras.

¿Pudor para desviar miradas de placer; rubor por nuestro goce; vergüenza a reconocer que (también) tenemos derecho al placer?

Pudor, rubor y vergüenza, hijas de los mismos progenitores. Declarémonos huérfanas entonces.

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