¿Y si cerramos las aulas? (Los Tiempos, 2012)


Esto podría entenderse como una contradicción de quien escribe por ser mi persona defensora  -a ultranza- de la educación. Y es que entiéndase bien, creo en la educación como un todo que supera el trabajo en aula.

Escribí el título de esta columna mientras presenciaba la defensa de tesis de un postulante a doctor en Ciencias de la Educación cuya investigación trata de la redención del sujeto a partir del diálogo. Entonces pensé, ¡caramba!, es que lo que este investigador dice, si bien es lo que deseamos, no es lo que vivimos.

Cuando me tocó preguntarle, le pedí que con toda sinceridad me dijera si creía en su propuesta. La respuesta fue obvia, por lo mismo no convincente. Y es que ante una realidad tan compleja, alguna duda ha debido tener sobre la viabilidad de su propuesta educativa: una sistematización y justificación teórica del lenguaje como solucionador de tensiones en la relación docente-estudiante.

Entiendo que para transformar es preciso soñar, creer, pensar, producir y finalmente plasmar una idea, una acción. Entiendo también que con la pura crítica se hace mucho menos, quizá nada.

Disculpen que parezca pesimista, en realidad soy todo lo contrario, y por supuesto mi crítica es un derecho fundamentado en mi realidad, mi visión de la vida, mi experiencia.

La pregunta que le hice al postulante estaba respaldada por un contexto real: “Eres un imbécil”, le dijo la profesora de quinto grado a su estudiante. La directora, al conocer el hecho, convocó a todos los maestros; al día siguiente, otro profesor le dijo al mismo niño “por tu culpa nos han llamado la atención”.

Otro caso. La directora de un colegio de reconocido prestigio, decidió no actuar frente a un hecho donde se comprometió la dignidad de un niño. Con su silencio dejó en posición triunfante a los victimarios, unos adolescentes abusivos y maleducados…por supuesto.

Una educadora que oficiaba como tribunal de tesis, hizo padecer a la tesista cuando ésta le mostró lo que le había mandado a rehacer la maestra: “ahora tu trabajo está peor que antes, no sabes ni escribir”.

Estas son algunas “anécdotas” de la academia que luego se reflejan en el cotidiano: Un empleado que -con toda tranquilidad- me reveló que no hacía mejor su trabajo porque no le pagaban lo suficiente.

O el administrador de un complejo deportivo municipal que ayer me dijo no tener tiempo para limpiar el recinto, cuando el caballero se sienta horas a ver novelas. Esa actitud de “poco tiempo” sentencia a la comunidad infantil a entrenar en un verdadero muladar.

O cuando muchos habitantes de esta ciudad se creen con el derecho de matar, porque no otra cosa es “orinocagarse” en cuanto semáforo rojo encuentran.

O cuando el Presidente dijo “mis abogados le meten nomás” y luego nos enteramos que efectivamente es así.

¿Y si cerramos las aulas y educamos con la realidad? Enseñemos a observar, a pensar, a reflexionar, a proponer. Hagamos una educación para la vida, para tratar bien a las personas, para incomodarnos con la basura, para no tolerar el “mañuderío” y la corrupción, para ser capaces de decir “eres una linda persona y te admiro”, o  “eres un maltratador de mujeres y no te mereces mi amistad”.

Enseñemos a no tener miedo a no estar del lado de los poderosos; aprendamos a confiar en nuestra capacidad de sentir amor, compasión y de hacer bien las cosas; enseñemos a ser románticos, cursis e ingenuos; no creamos que nuestros niños necesitan aprender a defenderse. Formemos sujetos que no tengan la necesidad de redimirse; seamos libres.

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