“Qué pretendéis hacer del boliviano” (Los Tiempos, 2012)


¡Caramba!  Conflictuada por las preguntas y preocupaciones de mis estudiantes, de los de ahora y de los de antes, me refugié en La Creación de la Pedagogía Nacional, obra del grandioso y polémico Franz Tamayo: artículos de prensa convertidos en reflexiones que reclamaban y siguen reclamando a los educadores y gobernantes, encontrar una “dirección total” para los bolivianos: “Qué pretendéis hacer del boliviano: un soldado, un ciudadano, un sabio, un hombre modestamente útil o un refinado superior?”, se preguntó un 29 de julio de 1910. Ciento dos años después seguimos buscando la respuesta, y la pedagogía es una cosa rara que poco ha contribuido para encontrarla.

Y es que ninguna de las reformas educativas que ha tenido Bolivia ha trabajado en ello; es mas, de mal en peor. La Ley 1565 hizo su intento y se equivocó. Intentó dar pasos importantes como el bilingüismo y la interculturalidad, ambos de la mano de una teoría pedagógica que se estancó entre el desconocimiento y el rechazo infundado; el constructivismo es a la pedagogía algo así como la democracia a la política: lo mejorcito que se ha inventado, pero si no se entiende y gestiona, no es más que un buen pretexto. Como sea, el bilingüismo y la interculturalidad de la Reforma fueron -desde el enfoque de Tamayo-  asuntos superficiales o simples medios para algo esencial que no pudo ser hallado.

Perder el tiempo es tratar de perfeccionar la técnica pedagógica  si la didáctica no ayuda a que el estudiante se cuestione y vincule con la realidad. La educación nada habrá logrado y habrá fracasado como hasta ahora; algo ni tan exótico ni tan ajeno: a los estudiantes y a sus padres e incluso a los educadores les preocupa acabar lo planificado, cumplir con el trabajo práctico, defender la exposición y pasar de curso. ¿Y la construcción de conciencia social, de ciudadanía, el aprendizaje crítico reflexivo, el aprender a leer la realidad y proyectarla a futuro?

Y a los pedagogos -“los pedantes”, como les llamaba Tamayo- como fieles y asquerosos cómplices, nos ocupa y preocupa tener un número aceptable de estudiantes aprobados aunque sepamos y nos demos cuenta de que ese porcentaje no dice nada sobre la calidad de la formación, calidad que tendría que ser demostrada en la solución ética de los problemas de la realidad.

¿Cuántas palabras debo escribir, cuántas encuestas puedo hacer, cuántas hojas hay que presentar?, son las preguntas que hacen los estudiantes de hoy (y no hablo de chicos de primaria ni secundaria, necesariamente) productos de un sistema educativo mecánico, transmisionista e inhumano que los ha convertido en (malos) repetidores de teoría; estudiantes hambrientos de recetas y modelos.

Hoy no se habla más de enseñar, sino de aprender y es eso lo que no saben nuestros estudiantes. Parecería algo técnico, y lo es, pero su efecto trasciende el rol del yo estudiante y se refleja en un accionar perdido, superficial y corrupto de un funcionario público incapaz de obrar en lo vital para una sociedad, en un profesional ocupado en reproducir, en una educación que mantiene el statu quo, en una universidad que no lidera un cambio aun teniendo el conocimiento, la ciencia y la tecnología de parte suya.

Volviendo a Tamayo ¿por qué no hemos descubierto todavía a ese ser nacional? La cuestión no radica en el metodismo exótico ni en el número de páginas del trabajito ni en el cuadernito con carátula, tampoco en lo rimbombante del acto de colación, la cosa está en encontrar la respuesta a esa gran pregunta: ¿qué pretendéis hacer del boliviano?

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