La felicidad de nuestros hijos (Los Tiempos, 2012)


¿Qué queremos para nuestros hijos?   Germán Vargas, excompañero de la U que hoy vive en Santiago de Compostela llevando una vida de académico, nos obsequió un libro por nuestra boda: “La felicidad de nuestros hijos” de Wayne W. Dyer. ¿Y es que quién no desea la felicidad de un hijo? El problema es que el concepto sea tan amplio, tan subjetivo, tan etéreo, tan particular y relativo.

Quienes tenemos hijos vivimos y morimos por ellos; por hacerlos hombres de bien, trabajadores, buenos ciudadanos, hermanos solidarios, esposos comprensivos, buenos profesionales, ricos ñatos. En el caso de las hijas, los padres y madres desean para ellas un marido que las entienda y les dé una buena vida, que sean madres cariñosas claro está, que si son profesionales mejor, que sepan educar a sus hijos y que sean bonitas y tiernas.

Estos ideales poco han cambiado con el tiempo. De pronto el orden de prioridades es diferente; es decir, la hija profesional, que se case y tenga hijitos, que nunca descuide al marido ni su hogar ni su cuerpo ¡Qué lindo y risueño!

Pregúntenle a María Galindo si esto es felicidad; dirá que fue el ideal de hija que soñaron su madre y padre, pero nunca ella. A la mierda el marido, los buenos modales y la estética. No me lo pregunten tampoco. Es que los moldes enervan… ¿y qué si soy lesbiana, gorda y tosca? ¿Qué si eso me hace feliz, no he cumplido con los deseos de mis padres?

¿Quién dijo que el matrimonio sería nuestra felicidad cuando es más una encomienda de acertijos por resolver? ¿Quién dijo que vivir a plan de lechugas para mantener la envoltura sería el pasaporte a la felicidad cuando el afán es una tortura? Las pizzas, los pollos cocidos en grasa, las marraquetas crocantes y la sopa con hueso son parte de esa felicidad presente, nos hace libres, auténticas, sinceras y despojadas de cualquier imposición de modisto o ideal de progenitor.

La felicidad de los hijos no pasa por idealizarlos desde la butaca de padre o madre, no es que hagan ni sean lo que ellos no pudieron hacer ni ser; por el contrario, es la capacidad de abandonar cualquier ideal o imagen para dejarlos ser, dejarlos ser felices.  Los valores humanos que hayamos sembrado en ellos guiarán sus vidas por el camino de la felicidad, nada más, nada menos.

Lesbianas, homosexuales, bellos, horrorosos, gordas descuidadas, intelectuales  aburridas, jaraneras, todos y todas queremos ser felices y la felicidad no responde a los ideales de los demás, tampoco a caprichos de amigas de té ni a paradigmas de la ciencia; la felicidad no la determina una medida de pantalón, un diploma universitario, un marido perfecto ni un sueldo de envidia. La felicidad es cuestión de uno, de actitud, de cuánto te quieres y respetas a ti mismo y cuánto eres capaz de querer a los demás por lo que son.

La sociedad del siglo XXI está confundida, embrujada, asfixiada, enferma por lo que muchos creen que es la felicidad.

Nadie tiene el derecho de juzgar tu felicidad a partir de la suya. A mí me hace muy feliz cortarles las uñas a mis hijos, escribir tonterías, dormir temprano, comer cochinadas y otras cosas más que por decoro no voy a decir. Para los demás, esto puede ser la desdicha hecha realidad ¿y a quién le importa sino a mí?

Quiero la felicidad para mis hijos…sabe Dios qué les hará felices a esos hombrecitos. Que amen y sean como quieran.

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