Entre el paraíso y la libertad (Los Tiempos, 2012)


Entre laptops y papeles, el dueño del local dejaba sobre la mesa unos platos con surubí frito, arroz graneado y yuca. Disfrutando de la cena con jugo de copoazú, uno de los docentes me dijo: “cuando le pregunten dónde ha estado, usted va a decir que más allá del paraíso, antecitos de la libertad”. El doble sentido revelaba que el hombre se había enamorado del lugar.

Resulta que Ivirgarzama (destino al que llegué con cierto temor), se ubica entre dos localidades: Paraíso y Libertad. Tres horas y media tarda un “surubí” en llegar; tiempo en el que uno tiene el corazón en la mano, rogando que no aparezca un vehículo del otro lado pues la invasión de carril es parte de la aventura, como lo es quedar “atrapado” entre dos camionazos, cómplices atónitos de la imprudencia del conductor del pequeño bus en el que uno viaja; sin embargo, el olor característico de la humedad del trópico, el sonido del río y las montañas vestidas de fantásticas especies verdes, unas que se alzan al cielo y otras que se descuelgan de él, le prestan a uno la energía suficiente para sobrellevar cualquier arrebato.

Diego, nuestro anfitrión, me preguntó qué es lo que más me llamaba la atención de Ivirgarzama, sin duda -le dije- la colonización de la que ha sido objeto. Parecería que siempre fue tierra de collas y aimaras. La relocalización, la actividad de la coca y el febril comercio de abarrotes, han hecho que los habitantes coyunturales provenientes de tierras altas, sobre todo, sean los “legítimos propietarios”.

Un lugar tan bello y potencialmente rico en turismo, no ofrece hotelería de calidad y tampoco las suficientes opciones para comer. Es que en realidad, sus habitantes no quieren reparar en su cualidad turística y están lejos, bien lejos de hacerlo. El mejor hotel del lugar deja mucho que desear…un desayuno  por ejemplo; hay que salir a buscarlo, y con lupa porque si hay algo que se deja extrañar es un “boliche” más o menos decente donde comer.

Para sorpresa nuestra y cuando habíamos agotado toda esperanza, descubrimos uno que nos ofreció un rico desayuno americano con jugo de durazno en lata y huevos revueltos, revueltos al ritmo de The Beatles…en medio de los magníficos Siete Copas.

Nuestros anfitriones nos llevaron hasta Puerto Villarroel: pobre, descuidado, sobreviviente gracias a la pesca. Volvía después de varios años cuando el camino aún era de tierra y el viaje se hacía interminable.  Hoy, aunque se llega en quince minutos, las condiciones de vida de sus habitantes son las mismas, demostración fehaciente de que un camino por muy pavimentado que sea, no siempre trae desarrollo. Su gente, como hace años, como siempre, continúa materialmente pobre.

Los contrastes, ironías y paradojas hacen de Bolivia un país fascinante y angustiante; apasionante y decepcionante a la vez: En Ivirgarzama es normal ver automóviles sin documentos, carros de lujo como para provocar placenteros orgasmos en cualquier varón amante de los fierros. Carros a precio de “sin placas” y algo más. Y como si fuera poco, dos coches por familia.

Automóviles de lujo, casas de miseria con antenas parabólicas, y una universidad que lucha por educar y profesionalizar, mientras los jóvenes  -su público potencial-  hacen dinero fácil sin necesidad de aprender más que el abecedario.

En Colomi, ya de retorno, decenas de niños bien uniformados esperan al camión que los llevará a la escuela ubicada a varios kilómetros de distancia…la misma distancia que los separa de sus dos alternativas de vida: Ser personas de bien o ser personas de mal.

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