Confianza en los políticos (Los Tiempos, 2012)


Por la asistencia del pueblo boliviano a las urnas cada vez que se convoca a elecciones, deberíamos inferir que Bolivia tiene un nivel de confianza en el régimen democrático más que aceptable; aunque claro, tendríamos que ver si la asistencia sería la misma o similar sin que el castigo o la multa medien el compromiso ciudadano.

Si tuviéramos que analizar el triunfo electoral de Evo Morales, podríamos concluir que una de las razones es la falta (total) de confianza en los partidos tradicionales.

Esto nos dice que Bolivia tiene un extraordinario compromiso con la institucionalidad democrática, pero también nos señala que las mentiras y soberbia de los políticos terminan por agotar eso que es tan importante para una existencia más o menos honrosa: credibilidad.

Credibilidad y confianza se construyen en una suerte de proceso, es así que se habla de confianza interpersonal adquirida en la infancia y demostrada a lo largo de la vida en lo institucional, por ejemplo. Las teorías institucionalistas señalan que los niveles de  confianza en una institución están asociados a su desempeño, es decir, a su capacidad para satisfacer las demandas de las personas.

La confianza se sustenta en leyes de la matemática, la economía, la psicología, el marketing y el amor: a mayor satisfacción, mayor confianza; o su contrario, a menor satisfacción, menor confianza.  De ahí que se entienda el impresionante apoyo al proyecto del MAS que se “vendió” como una alternativa altamente capaz de satisfacer a su electorado a partir de la desconfianza en los demás.

Los políticos conocen las reglas, por ello se esmeran en mostrarse confiables; es decir, cumplidores y obedientes del voto popular, carismáticos, alza niños, bailadores, besucones, agradecidos y trabajadores. Es por eso que no hay entrega de obra sin banda, chicha y prensa. Es por eso que no hay ganadores sin aparato comunicacional por detrás. Es por eso que los gobiernos gastan millonadas en construir confianza, o sea, en demostrar que el político cumple con unos, con los otros y con todos. Y funciona, lamentablemente.

Pero así como se construye o se compra, la confianza se pierde o vende. En sus limitaciones cognitivas, su falta de riqueza de vocabulario y su experticia en levantar muros de humo, los políticos meten la pata, a veces comprometiendo hasta la rodilla. No por nada ejercen su profesión respaldados por un séquito de incondicionales encargado de recuperar el nivel de confianza que en el exabrupto podría haber embargado el caudillo: “No dijo, no quiso decir, interpretaron mal lo que dijo, sacaron de contexto sus palabras, en realidad no fue esa la intención, escucharon otra cosa, hay que entender el contexto total, cambiaron el modo verbal, el subjuntivo y el abstracto, es el imperio, es la oligarquía, la iglesia o los periodistas (siempre perversos)”, son algunos de los “argumentos” que tratan de culpar a terceros.

Y a golpe de repetición, el tercero duda de su inocencia y existencia incluso, y apela a manuales de estilo, a leyes, a códigos de ética y a enciclopedias de gramática.

Que sería de los políticos sin los castigos que impone el sistema electoral al ciudadano que no va a votar, sin los publicistas, sin las experiencias políticas caribeñas, sin los defensores a sueldo, sin los bonos y demás instrumentos de la gestión populista, sin un pueblo que no lee ni comprende, sin un electorado que se deja seducir por la gorra, la polerita y el motorcito fuera de borda, sin un pueblo amenazado por el estómago… ¿gozarían de confianza? ¿Cuál es el punto de quiebre de esa tan preciada confianza?

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