!Boluda! (Los Tiempos, 2012)


Cinco de la tarde, volvía a casa luego de haber participado en el programa La Justa del Saber con el tema “Humanizando la educación”, cuando un señor montado en su todopoderosa camioneta roja  me gritó fuerte y sin piedad  ¡boluda!

Me quedé fría mientras recapitulaba la conversación de hacía diez minutos en el estudio televisivo donde habíamos concluido en la necesidad de hacer una alianza entre todos para formar personas más humanas.

“Cómprate un pollito”, le pedí a mi marido hace dos días. Estaba en la fila cuando un señor se acercó y encargó lo suyo. Mi esposo –respetuosamente- le hizo notar que habían personas  haciendo fila, el caballero se “engoriló” y en tono déspota  le propinó una lección de vida: “usted como periodista debería saber que las personas mayores de 60 no tenemos que hacer fila”. El señor no se dio cuenta que habían dos damas mayores que él pero que, sin embargo, estaban en la espera. Como fuera ¿dicha norma le da el derecho de maltratar a los demás?

Al día siguiente, me gano el rótulo de boluda al ir por un carril cuyas flechas pintadas en el pavimento indican de Sur a Norte, pero que es utilizado de manera arbitraria como si fuera una vía en la que –tranquilamente- se puede ir de Norte a Sur. Y el  que está en regla  es una persona que tiene pocas luces o que obra como tal, es decir, una boluda.

Me escribió un amigo a propósito de mi artículo “somos de la cultura del diálogo” para decirme que no creía en el diálogo, que mejor era contar con un buen sistema judicial. Reflexioné toda la semana hasta que lo de boluda me aclaró la figura: los animales no necesitan leyes porque no las entienden; la única ley válida en el reino animal es la del más fuerte. Entonces ¿de qué sirven las reglas de tránsito si un ciego montado en una máquina jura que está en lo correcto y que los demás somos unos boludos; de qué sirve que los Padres de la Patria aprueben la Ley contra el consumo de alcohol si los primeros en “chuparse la vida” (y en auto de Uso Oficial) son ellos?  Se está pensando prohibir las canciones que inciten al consumo de bebidas alcohólicas; deberían prohibir además las piezas románticas porque nos encamotan aún más y las que hablan de sexo porque nos excitan, y las de desamor porque  provocarán más divorcios.

De un tiempo a esta parte creemos que estamos mejor porque nuestro gobierno es hábil en aprobar normas de todo tipo. En mi entender, esta “hemorragia” de leyes no hace otra cosa que demostrar lo contrario.

Piense en la norma que prohíbe la venta de cuetillos y el encendido de fogatas en San Juan, la que prohíbe los globazos en carnaval, la que prohíbe orinar en vía pública, la que prohíbe estacionarse en doble fila, la que prohíbe incendiar el Parque Tunari ¿normas para entrar en conciencia?

Las leyes no educan por tanto no creamos que la solución es regirnos a punta de ley, de palo, de castigo, de penales y centros de infractores.

Defiendo la siguiente lógica: A mayor Educación; menos Derecho. O lo que es lo mismo: más educadores; menos abogados. En consecuencia, concentrémonos en edificar escuelas, incrementar el número de estudiantes, mejorar la formación de los educadores, en ser mejores padres, vecinos más solidarios y autoridades más honestas. Las leyes, sanciones y centros penitenciarios estarán demás.

Obviamente, escribo esto corriendo el riesgo de pecar de boluda…

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