Si no lo sabremos las mujeres (Los Tiempos, 2012)


Esperaba la llegada de la doctora Julieta Montaño  en la recepción de la Oficina Jurídica para la Mujer,  pedí prestado el periódico y mientras miraba un fotoreportaje de moda femenina para machos, bien machos, abrió la puerta una mujer claramente afectada.

Buenas tardes ¿aquí me pueden ayudar?, preguntó a la secretaria quien hizo que le contara lo que le había sucedido. La funcionaria le dijo que si tenía amenaza de muerte debía primero hacer la denuncia en la Policía. La mujer que no tenía más de veinte años, le dijo que ya lo había hecho, que había denunciado a todas las instancias pero que de nada había servido porque el hombre, un expandillero y padre de su hijo, seguía acosando, pegando y amenazando con matarlos a ambos.

“Necesito ayuda psicológica”, terminó por implorar la mujer y mientras la derivaban con la profesional, se sentó a mi lado. Se puso a llorar y me contó el drama de cientos de mujeres que como ella, se sienten solas, abrumadas, indefensas, vulnerables.

“Ya me he separado pero vuelve, se trepa el muro y aparece en mi cuarto. Nos pega y se va”, relataba. ¿Y la Policía? Los policías le tienen miedo porque él era pandillero y  los conoce a todos;  los policías de mi pueblo me han dicho que nada pueden hacer, que ellos también tienen familia y que temen represalias si lo detienen.

Ese es nuestro Estado, un Estado que provoca estado de pánico cuando no responde al más elemental derecho del ser humano, derecho a la vida, a la seguridad, a la integridad física y psicológica de los ciudadanos.

¿Y qué le puedes decir cuando ves que casi nada funciona? Le pregunté si tenía padres y hermanos, me dijo que sí  pero que no querían saber nada de ella porque se había ido con ese hombre y que no querían problemas. Es que nadie quiere problemas “ajenos” y las mujeres que sufren maltrato están ahí…aguardando a su agresor.

Mujeres como yo, de clase media y consumidora de revistas y suplementos ridículos y fantásticos, o más bien, fantásticamente ridículos, nos quedamos con la boca abierta cuando conocemos la realidad, esa que pega, que amenaza, que duele. Julieta Montaño una mujer que hace décadas escucha, observa y defiende a quienes piden ayuda, se ríe de personas como yo que quedan impactadas por una historia..Apenas una.

Julieta podría escribir mil libros sobre historias similares  y hasta peores. Podría decirnos, por ejemplo, que de 10 mujeres bolivianas, 8 sufren algún tipo de violencia, que sólo el 5 por ciento de las denuncias de mujeres maltratadas se resuelve, que aún la inmensa mayoría de las mujeres no se anima a delatar  al agresor, que los comerciales televisivos son aliados de la discriminación y violencia: “Hace poco hicimos cambiar el final de un spot porque la versión original era humillante para nuestra sociedad”, me contó.

Solo una  sabe las muchas facetas de la discriminación de género. Cuando hay hombres incapaces de mirarte a los ojos; cuando te ven al volante y se te lanzan como perros hambrientos y rabiosos; cuando quieres cruzar la calle y en vez de cederte el paso, pisan el acelerador, tocan bocina y gritan improperios por la ventanilla; cuando te contratan pero con un sueldo inferior al de tus compañeros solo porque naciste con vagina;  cuando antes de contratarte te preguntan si piensas tener hijitos; cuando creen que lo que hablas y escribes, te lo dicta tu marido; cuando te enseñan que siempre debes lucir “arregladita” para tu pareja. ¡Si no lo sabremos las mujeres!

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