Reflexiones de aula (Los Tiempos, 2012)


Hoy también escribo sobre educación, y disculpe  usted que mi crítica no sea a las millonarias inversiones que está haciendo el Presidente de los pobres, el hermano Evo: el museo de Orinoca, la casa grande del pueblo y los helicópteros chinos. No escribo sobre el enfrentamiento entre personas con capacidades diferentes y guardianes armados de la Plaza Murillo. Tampoco me refiero al intento de asesinato del Canciller cuando fue “secuestrado” por los marchistas del Tipnis, y decididamente no escribo sobre los calzones de las Ministras en coplas carnavaleras.

Escribo sobre el origen de estas desproporciones y despropósitos: la falta de educación de los bolivianos. Que si seríamos un pueblo educado, no tendríamos hoy que pagar la ignorancia y abuso de poder de los gobernantes. Que si seríamos un pueblo educado no nos callaríamos ante las bufonadas del primer Mandatario.

A propósito de callarse (y del título de este artículo), me contaron que un profesor de quinto de primaria había hecho callar y luego amenazó con enviar a la Dirección a uno de sus estudiantes porque éste se había “atrevido” a completar la frase que estaba dictando. “Cállate niño, el que dicta soy yo”, le dijo. El pequeño continuó en su tarea de demostrar que sabía la lección, y el profesor lo sentenció: “la próxima vez te llevo a la Dirección”. ¿Y así exigimos estudiantes propositivos, creativos y autónomos?

Cuando estábamos en Pisiga, de vuelta de Chile, el primer boliviano que nos habló fue un soldadito quien en voz muy suave y temerosa y mirando al suelo, le preguntó a mi marido: “Disculpe señor ¿cuál es su nombre y su número de placa?”. Mi hijo de nueve años nos preguntó por qué los bolivianos hablábamos así. Hoy le puedo decir que quizá su profesor de escuela le dijo que se callara, que el que hablaba era él porque tenía el poder. ¿Hasta cuándo, pues?

Analizábamos la distribución de computadoras a niños de primaria en Uruguay y Perú, y la entrega de estos aparatos a los maestros en Bolivia. Dos de mis “alumnos” (licenciados en educación) contaron que la mayoría de los maestros que había recibido estas computadoras, ni siquiera sabía cómo encenderlas, que no contaba con una dirección de correo electrónico y que ante este cuadro, habían aparecido –como hongos—“escribanos” que cobraban cinco bolivianos por encender la máquina, llenar  los formularios y crear cuentas electrónicas. Con estas patéticas limitaciones ¿cómo podrán emplearlas en aula?

Hablábamos sobre la masificación universitaria, aquella que es excusa para justificar la pobre calidad educativa. Desde la teoría, explicaba que la masificación no tendría por qué afectar el proceso. Uno de mis “alumnos” contó que había hecho un curso de postgrado en Londres en un salón con doscientos estudiantes; que a la semana, el profesor se sabía los nombres de cada uno y corregía a mano las pruebas de todos ellos. Otro “alumno” contó que está haciendo un diplomado en línea y que forma parte de los 160.000 inscritos en el curso. ¿A quién hacemos creer que la culpa la tiene la masificación?

El expresidente Bautista Saavedra dijo que ninguna universidad boliviana “reúne las condiciones más elementales para que la cultura profesional sea provechosa. Al contrario, con sus grandes deficiencias y su incompleta organización, son centros productores de profesionales con escasa o ninguna preparación científica para poder prosperar individual o colectivamente, candidatos eternos a los puestos públicos”. Lo más llamativo de esta declaración es que fue hecha en 1910 cuando oficiaba como Ministro de Instrucción Pública. ¿Cuánto hemos avanzado?

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