(Tu país tiene todo! (Los Tiempos, 2012)


Me puedes sacar una foto, me preguntó un hombre. Por nuestros acentos, ambos notamos que éramos turistas y luego del click nos detuvimos a conversar. De dónde eres, me preguntó; de Bolivia, respondí. “Tu país tiene todo”. Así es, le dije al ecuatoriano.  El “tu país tiene todo” me dejó inquieta hasta ahora que decidí “descargar” mi reflexión en estas líneas.

Hace dos días llegamos de Iquique atraídos por algo de mar. Habíamos estado hace tres años y algunas cosas han cambiado. Varios edificios de departamento y supermercados nuevos, pero sobre todo, pudimos observar cómo la inventiva (por no decir viveza) de los chilenos por atraer turistas a su país es algo que no se detiene y que en definitiva llama la atención, así como llama la atención que en Bolivia teniendo todo, no se haga nada por atraer turistas…mas bien, nos esforcemos por espantarlos.

Los iquiqueños se han inventado por ejemplo, un tren de tres coches que tan solo por su pinta se hace atractivo: es rojo, bien ambientado, con bar, coche comedor y coche salón. Le va de película, realiza salidas varias veces a la semana. Decidimos no tomar el paseo porque ciertamente nuestros hijos prefirieron “surfear” y hacer hoyos en la arena que ir a ver montañas al desierto, porque siendo prácticos ése es el atractivo que venden los iquiqueños: mostrar su zona minera en cerros de arena de desabrido amarillo.

Frente al tren rojo, los vecinos chilenos,  han reproducido  una de las Esmeraldas, barco de guerra que tuvo protagonismo en varias batallas y que finalmente terminó en el fondo del mar. Pasear cada rincón de esa embarcación fue algo espectacular, tanto como los seis millones y medio que una empresa minera donó para su construcción. Lo primero que nos dijo la guía fue que la experiencia que estábamos a punto de vivir no respondía a un fin turístico, sino, cultural. Mejor todavía, porque si los bolivianos nos dedicáramos a promover nuestra cultura en serio en vez de turismo (que tampoco lo hacemos), otro sería el cuento.

La Esmeralda tiene diez visitantes cada quince minutos, ni bien comienza un grupo, otro espera su turno, y por supuesto, las tarifas no son un regalo, menos para los extranjeros a quienes se nos cobra el doble.

Y así, los iquiqueños siguen inventando atractivos para “jalar” gente a su desierto con mar.

Mientras volvíamos en auto, el paisaje poco a poco se iba pintando de verde hasta llegar al valle cochabambino; los sauces llorones, los molles, las vacas, los maizales, el caos vehicular de la carretera, los perros callejeros, en fin, tantas cosas –lindas y feas—que son parte de uno y que no valoramos lo suficiente.

Volver a casa es la sensación más maravillosa del mundo aunque se haya estado en el paraíso. Nuestra casa, Bolivia, realmente es maravillosa y como me dijo el ecuatoriano, tiene todo.

Con mi esposo conversábamos sobre el “shock” que tendrían los iquiqueños si tan solo llegaran a Villa Tunari, ni hablar de las Misiones, del Chaco, del Beni; es decir, tengo la sensación que el mundo no nos conoce, excepto por ser un país productor de cocaína, de bloqueos, marchas y conflictos.

Los esfuerzos que se hacen en la industria sin chimeneas son privados y por eso mismo resultan ser insuficientes. Debe ser la instancia pública, el gobierno que de una vez por todas se dé cuenta de que el pueblo a quien dice tanto obedecer, no vive ni de política ni de discursos ni de lamentaciones. ¡Despertemos Bolivia!

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