La educación ¿empresa? ¿y por qué no? (Los Tiempos, 2012)


Cuando la sociedad del conocimiento ha sido superada por la economía del conocimiento, cuando los empresarios lideran alianzas estratégicas con los gobiernos para incentivar una educación de calidad, cuando la masificación, feminización y diversificación de la educación ya no son más amenazas sino realidades, cuando las tecnologías de la comunicación y la información han internacionalizado la educación, y cuando los Estados han comprendido que su mejor inversión está en la educación, ya no es un sacrilegio pensar la educación como una empresa, y por tanto, pensar la sociedad como el cliente. ¿Por qué no? ¿No convendría formar parte de un círculo virtuoso en el que Gobierno, sector público,  privado y comunidad internacional, empujemos el coche de la educación hacia el mismo lado?

Es obvio que no hablo de acabar con la educación gratuita, pero sí me refiero a entender que esa gratuidad representa un costo (incluso más elevado que el de la educación privada) que debe ser pagado por alguien, mejor dicho, por todos. ¿Por qué no pensar la educación, entonces, en términos empresariales de costo-beneficio, de eficiencia y eficacia, de calidad y competitividad, de inversiones y de resultados?

¿Por qué no pedir “factura” (léase resultados) por esa educación fiscal? ¿Por qué nadie la pide cuando todos la financiamos? ¿Por qué la prensa no se siente con el derecho de reclamar cuando un estudiante se “estaciona” más de lo debido en la Universidad, pero además recibiendo alimentación y salud gratuitos?  Pensar en la educación como empresa acabaría –por ejemplo– con esos mañudos intocables que creen que sus derechos ciudadanos son ilimitados y que pueden disponer de un servicio (en este caso el de la educación gratuita) sin que nadie les exija ni reclame nada.

Ningún país lo aguanta ni Cuba con todo su socialismo encima. Su cobertura alcanza  lo que requiere el país: 45 agrónomos, 45 plazas y el que se aplaza dos veces pierde ese derecho, ¡a la zafra! y que pase el que quiere ser profesional. Chile solo permite seis años como tope para obtener una profesión. ¿Por qué en Bolivia nos damos el “lujo” de mantener más, mucho más de ese tiempo a cientos de universitarios, acaso no nos cuesta?

Pensar la educación como empresa para que los Gobiernos inviertan en ella pero además, fiscalicen la calidad –pertinencia científica y social—de su servicio.

Pensar la educación como empresa para que los inversores privados también se involucren en su gestión y no dejen al Estado como único responsable de la educación de un país.

Pensar la educación como  empresa para que las universidades privadas se tomen en serio lo de la competencia entre ellas y el beneficiado sea el estudiante/cliente.

Pensar en la educación secundaria como empresa para que sus bachilleres/empleados sean ascendidos al Instituto o a la Universidad.

Pensar la educación como empresa, que tiene que dar soluciones a los problemas de la sociedad de la forma más responsable y efectiva.

Pensar la educación como empresa para eliminar ese muro intangible que divide las dos realidades: la del mundo verdadero y la de las cuatro paredes del aula.

Pensar en la educación como empresa para acabar con el letargo que desde siempre ha caracterizado a la academia y que hoy, en pleno siglo XXI, se hace más evidente que en cualquier tiempo pasado.

Pensar en la educación como una empresa de sociedad colectiva o responsabilidad ilimitada para que todos le pongamos el hombro y compartamos sus réditos, y que nadie se sienta ajeno a sus éxitos o incluso…a sus fracasos.

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