Sin Internet (Los Tiempos, 2011)


Mientras desayunamos, enciendo la computadora. Cuando mis hijos se han ido al colegio y no queda nadie en la casa más que yo, comienzo a ejecutar mi rutina: me conecto al internet, reviso mi correo y el face, y me detengo en Lostiempos.com para leer los titulares de la prensa, la editorial y los Puntos de Vista.

La mañana del miércoles después de nuestro original feriado andino, y mientras tomábamos rápidamente el  desayuno, noté que no podía conectarme al internet.  Como buena mujer, acudí al marido: ¡Álvaro, no hay internet! “Qué raro”, dijo al vuelo.  ¿Será que nos lo cortaron?, me cuestioné. Alteré mi rutina y comencé a sacar ollas para preparar el almuerzo (temprano, esta vez).

Mi impaciencia me llevaba a ver cada 5 minutos si la conexión había sido restablecida. Nada. Decidí llamar a la empresa. “Si señora, se ha arruinado la fibra óptica en Chile y la están reparando”. De tecnología sé tanto como de chino mandarín, o sea que tuve que conformarme con la respuesta de la amable telefonista.

Como gata enjaulada empecé a dar vueltas por la casa mientras pensaba cómo me iba a comunicar con mis amigas del pasanaku que me toca organizar esta semana; cómo enviaría las tesis revisadas a mis pupilos; cómo me aseguro de que nadie escriba lo mismo que yo si no tengo acceso al periódico; cómo lleno el formulario que me enviaron hace dos días; cómo me comunicaré con mi tutor, cómo coordinaré el trabajo de la semana con mis socios, etc.

Conclusión: me había vuelto adicta al internet. Ante el caos interno, decidí escribir, a ver si se me pasaba un poco la ansiedad que me quemaba el cerebro y los dedos. Y este es el resultado.

En la madrugada, pensaba escribir sobre los catorce uniformados en auto chileno y territorio chileno dizque protegiendo  frontera boliviana; en la apresurada y teórica rabia de la joven ministra de Defensa, en la entrevista a un General  de Ejército quien explicaba que los catorce no tenían un memorándum que acreditara la misión; pensaba en nuestro Alcalde con los brazos extendidos hacia el “padre sol” mientras la andina Esther Balboa aseguraba que nuestros abuelos realmente nunca adoraron al astro; pensaba en la casera del queso que se quejaba por los feriados de la semana más el anunciado paro del lunes;  pensaba en el Ing. Pepito Terán quien me decía que sus jornalistas le habían dicho que ellos igual trabajarían; pensaba en mi amigo Oso Guamán quien decía lo mismo: sus empleados querían trabajar pero al mismo tiempo le habían recomendado al jefe no hacerlo pues se arriesgaba a la multa; pensaba en el periódico mural que le había ayudado a hacer a mi hijo noche antes; la profesora les mandó a investigar el origen de San Juan, y en esa confusión, el internet nos salvó de la ignorancia y descubrimos que el festejo tiene origen español y que nada tiene que ver con los combos sanjuaneros ni con los tormentosos cuetillos…en fin, tantas tonteras en las que uno piensa y como son eso y ante mi arruinada vida sin internet decidí reflexionar sobre mi estúpida ansiedad.

Poco a poco me daba cuenta que el tiempo me sobraba. Había regado mis plantas, había preparado un almuercito más elaborado y no la fritura correteada de todos los días, había hechos cosas que no hacía hace tanto tiempo, pero lo más importante había compartido y hasta jugado con mis hijos.

Aunque los de mi generación no somos nativos digitales, nuestra dependencia al internet no nos permite darnos cuenta de las cosas simples y bellas que nos rodean. Rompemos el equilibrio y le dedicamos más horas a la pantalla que a otras actividades que antes constituyeron toda nuestra  vida. Aún me resisto al celular, me olvido recargarlo, no lo llevo cuando salgo…soy un desastre para el aparatito pero vivo feliz sin él. Lo del internet debo superarlo y hoy que me quedé sin conexión aprovecho para iniciar terapia psicológica; de lo contrario ¿con qué moral pretendo quitarles a mis hijos su odioso Play?

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