Peregrina idea de Vivir Bien (Los Tiempos, 2011)


A propósito de la columna de mi tocaya Mónica Briancon de hace un par de días, me antojé de seguir martilleando sobre lo mismo: Cochabamba.

Entiendo que las ciudades se desarrollan y que para ello deben sufrir algunos cambios, pero de ahí a que nos hagan creer que Cochabamba se está modernizando cada que se tumba una casa para construir un horrendo edificio, o que nos volvamos más sensibles con el peatón cerrando la Plaza Principal los sábados para que los chicos se diviertan, da nomás para pensar que nuestras autoridades municipales  tienen peregrina idea de lo que necesitamos para VIVIR BIEN.

Una lluvia de 20 minutos hace estragos en la ciudad: la transitada Circunvalación se llena de ripio que baja de las calles del norte, los sumideros se desbordan y la piscina está hecha; los parqueos de los edificios del centro se convierten en otras piletas  que hay que desaguar a fuerza de motor bomba; la zona sur colapsa con las aguas del norte y del centro que desembocan en los barrios de la gente más “humilde” que –balde en manos– sigue sobreviviendo…ni la Hammer ni la vagoneta Toyota de algunos hermanos contrabandistas disimulan las necesidades del barrio.

Los desfiles cívicos, el aniversario del Kínder X, la protesta de los Y, las entradas folklóricas o las manifestaciones de apoyo de los movimientos sociales del Chapare, parten la ciudad y el caos vehicular no lo aguanta nadie.

Los garajes y livings convertidos en churrasquerías o boutiques, la Av. América con olor a pollo, la San Martín ganada por comerciantes “deambulantes”, los parlantes e inflables  de algún centro educativo en promoción, las peluquerías, tiendas de barrio de algún par de abuelos, las panaderías, taquerías y carnicerías intercaladas con licorerías de azul fluorescente, los muros publicidad, las pantallas en movimiento, los puestos de venta de muebles  y las ferias de toldos amarillos en las plazas y otras sobrevivencias al sistema, han convertido a la otrora bella Cochabamba en un gigantesco y ordinario mercado.

Persiste la mala costumbre edil de hacer las obras por fases: mientras se acaba la fase 1, los atrevidos conductores se meten contra flecha poniendo en peligro al ingenuo que solo cumple la norma transitando por el carril correcto; y como si no lo supieran, las autoridades ni se mosquean por hacer la segunda fase…quizá un anciano o un niño atropellados molesten su conciencia y recién sean capaces de proseguir la obra en las fases siguientes, cartel con foto incluida.

El norte, acomodado y sin que le incomode ve cómo succionan su agua para venderla en la zona sur. Cualquier hijo de vecino desempleado o con sueldo de maestro, decide invertir los pesos de la familia en la perforación de un pozo y vivir de la venta del agua.  Dos, cuatro o cinco pozos más los otros tres edificios que se construyen en la misma cuadra, dejarán sin agua para tomar…ni para el wáter habrá.

Y  entonces, espanta que una alcantarilla que antes usaba una familia de cinco integrantes, un año después la usen más de 100. Multipliquemos la cifra por tres edificios en una manzana: 300 cuerpos serán los responsables de la cagada que dejará la complicidad de las políticas, folklóricas y artísticas autoridades que nos gastamos en la Llajta… ¿y?

Qué siga el festín del lavado de dinero tumba casas, mientras los honrados cobran el alquilercito del garaje donde engordamos los demás, y  todos juntos –alegres– aplaudimos la rítmica política de quienes nos enseñan a vivir bien.

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