Mientras el pinchazo hacía efecto (Los Tiempos, 2011)


“He estado pensando en visitarte para contarte lo que veo todos los días en el hospital”, me dijo el pasado domingo el doctor Rodolfo Quiroga, médico, vecino y amigo cuando acudió a mi rescate ante un desgarre muscular matizado con un sui géneris ataque de nervios que me dejó casi sin habla.

Hábilmente aprovechó para distraer mi (a) tensión y comenzó a contarme sobre lo que a diario le toca ver en el hospital público donde trabaja (aún sin ítem) hace más de una década: maltrato infantil. Su relato era escabroso, desgarrador.

Mientras lo hacía, pasaban por mi mente imágenes que me mostró una odontóloga y que nunca olvidaré: una niña de 5 años con el paladar destrozado por el permanente abuso sexual de su padre que la obligaba a practicarle sexo oral. Dolor, impotencia, espanto pensar que mientras como, trabajo y escribo burreras sobre política, hay padres, hermanos, primos y desconocidos que cometen estas iniquidades.

El relato del doctor me hacía recordar tantos viajes a Oruro. Varias veces presencié cómo mientras los padres duermen cómodamente en sus asientos reclinables, sus hijos viajan de pie las cuatro horas o van echados en el pasillo del bus.

“Bebés, niños, niñas de toda edad, de toda condición social, no te imaginas Mónica lo que vemos, todos los días, casos terribles de abuso y maltrato”, relataba el doctor.

“Cuál crees que es la causa…el alcohol”, le pregunté. Ni siquiera, me respondió. Es la falta de educación. ¡Dios mío! ¿Por qué?  ¿Cómo podemos cambiar esto?  ¿Es que acaso la cura está en la escuela o la universidad?, ¿y si el violador es un ilustre abogado en qué se diferencia con el otro desquiciado que solo cursó la primaria?

Tratando de entender el origen del mal, llego a la misma conclusión que en la política: la culpa no es del violador, los enfermos están ahí; la culpa no está en las sandeces que dice el Presidente, es solo eso…la culpable es la pobre madre que no tiene la valentía de enfrentar al abusador y remitirlo a la justicia; los culpables somos los ciudadanos que seguimos votando por simpáticos candidatos o ignorantes salvadores que ofrecen lo imposible. Es decir, la culpa es nuestra en ambos casos.

Como mujer, todos los días sufro discriminación y no hace falta ser pobre, ni morena, ni política de oficialismo para ser discriminada; solo hace falta ser mujer. A nosotras se nos “bocinea”, se nos insulta, se nos amenaza,  se nos quiere atropellar en la calle aunque vayamos con el vientre a punto de reventar, se nos paga menos…mujer blanca o mujer negra, del Tipnis o de Equipetrol, del valle o de Obrajes, la discriminación viene con todo y de todos: marido, hermano, vecino, micrero, ilustre profesional o Presidente. En este país, como en otros, pocos nos respetan.

Mujer y niño, combinación trágica de complicidad miedosa sometida al poder del hombre. En silencio los dos, indefensos juntos padecen generaciones de aberración, pánico y sometimiento que enmudecen los gritos de cientos de niños abusados.

Mientras el doctor seguía su relato, me acordaba de las dos niñas que se colgaban al cuello de su papá. Lo veían una vez a la semana y no querían separarse de él. Con siete años una y con dos la otra, sufrían el divorcio de sus progenitores. Él, les ha quitado la casa. La ex mujer y las dos niñas viven en un cuarto –sabe Dios cómo– e ignoran que han sido cambiadas por casa con amante. ¿Acaso violencia, maltrato? Las tres mujeres ¡qué coincidencia!

No hay educación que valga, no hay conocimiento que se imponga, no hay plata que distraiga al abusivo, no hay cargo público que lo distinga.

Solución: voz, valiente y fuerte, que grite y que se imponga ante el abuso; ante lo que la educación no puede, lo que el vicio impulsa, lo que la Ley deja de hacer y lo que el poder presta.

La visita del doctor Quiroga fue lo mejor del domingo: me calmó el dolor físico, me hurgó el recuerdo triste de escenas infames que se traducen en estas líneas que posiblemente, posiblemente, le den voz a alguien.

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