La sentencia de la ignorancia (Los Tiempos, 2011)


Cuando los Estados andan ocupados en educar a su población para volverla más culta, libre y productiva, el nuestro, el plurinacional, el del cambio promulga leyes a diestra y siniestra; leyes que –según el gobierno- tienen el mismo fin: educarnos y hacernos mejores personas…y quizá, quizá, más productivas.

El mundo se ha dado cuenta que los humanos nos entendemos mejor mientras más educados somos, sencillamente porque la educación es la forma de dignificar nuestra existencia.

Es con educación que podemos comprender y respetar los criterios y creencias del Otro y acceder a una fuente laboral a la medida de nuestros conocimientos y habilidades.

La gente se ocupa de aprender inglés, mandarín y alemán; la educación primaria, secundaria,  postsecundaria y terciaria se afana en mandar a sus estudiantes a conocer el universo para recoger nuevas experiencias; los gobiernos invierten exorbitantes sumas de dinero en educación (Israel el 65%); padres y madres trabajan duro para pagarles a sus hijos la mejor educación; los Estados inteligentes se trazan objetivos y diseñan estrategias para ofrecer a sus niños, jóvenes y adultos las mejores condiciones educativas.

Nosotros, regidos por la política del conflicto, discutimos sobre cuántos años debe purgar un periodista por escribir o decir algo que el gobierno podría interpretar como discriminación y racismo; aguantamos bombitas tan “interesantes” como la de prohibir  Raza de Bronce o Pueblo Enfermo entre otros; o si un niño de 12 años  debe o no tener sexo.

A propósito de castigos inquisitorios, mi madre me contó que su profesora de primaria le amarraba la mano izquierda obligándole con ello a escribir con la derecha; algo tan absurdo como decirle a cualquier  persona que no se toque sus “partes íntimas” y advertirle que será un(a) cochino(a) si lo hace;  tan grosero y arcaico, ambos, como que una autoridad ose en reglamentar lo que se escribe y lee.

Mientras esto ocurre en Bolivia, el mundo –perdón-  nuestros vecinos Brasil, Chile, Argentina y Uruguay ocupan los primeros lugares en los rankings mundiales de matrícula escolar, universitaria y calidad del aprendizaje, sin que esto quiera decir que en la región se hayan superado problemas de cobertura, acceso  y continuidad educativa, discriminación étnica y de género, analfabetismo y calidad de los procesos de enseñanza/aprendizaje.  El Informe Final del proyecto Metas 2021, La Educación que queremos para la generación de los Bicentenarios, señala que “entre el 40 y 60 por ciento de los estudiantes latinoamericanos no alcanza los niveles de rendimiento que se consideran imprescindibles para incorporarse a la vida académica, social y laboral como ciudadanos”.  En este contexto, por ejemplo, México ha anunciado que le tomará al menos 50 años alcanzar niveles aceptables de calidad educativa. ¿Cómo andaremos por casa?

Augusto Pérez, doctor en filosofía y experto en educación que ayer se fue de Cochabamba después de hablarnos de la responsabilidad ética y medioambiental de la educación, comentó que en Brasil cada mes se crea una universidad y que su población universitaria supera los cinco millones. Me sonó a exageración pero no tanta pues estudios señalan que el gigante comparte listas con las mejores universidades norteamericanas, europeas y asiáticas, y de lejos supera a cualquier país Iberoamericano. México, Argentina y Chile están entre las mejores 500 universidades; Bolivia entre las “primeras” 5 mil.

Mientras los directores de escuelas rurales instruyen a docentes y estudiantes asistir los días lunes con “traje originario”,  a usar el lapicero “Evo Presidente” y a esconder ciertos libros, las sociedades inteligentes del conocimiento están asegurando los niveles de calidad de vida de su gente profundizando sus prácticas democráticas, prácticas que ¡ojo! en sociedades educadas nacen de la iniciativa y propia determinación ciudadana., porque –claro- ya no soportarían el latigazo ni la prisión. Y si bien es cierto que cada sociedad se construye en base a su cultura, costumbres e ideas y con sus propios recursos materiales y posibilidades tecnológicas, no cabe duda de que el único indicador válido para ser o no ser una sociedad inteligente es su educación.

La ignorancia sentencia a los individuos y a las sociedades a la pobreza, al retraso, al aislamiento, al hambre, a la delincuencia y a la esclavitud.

La sentencia de la ignorancia es mucho más dura que siete o 500 años de cárcel…por si acaso.

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