Ética comunicativa (Los Tiempos, 2011)


Algunos programas de televisión nos preguntan ¿“que le provoca estas imágenes…” “qué siente al ver tal cosa…”? Pues la verdad es que nunca puedo participar porque me da flojera levantarme de la cama para conectarme al internet. Lo hago, sin embargo, ahora que aprovecho de referirme a la urgencia de optar por una comunicación ética, una comunicación basada en la razón y los argumentos, en el respeto a la vida y a la muerte, en las creencias y en los principios.

El accionar de estos directores y presentadoras de televisión supera cualquier ignorancia de orden académico y raya en lo irracional, en lo abusivo, en lo absurdo, hurga y vuelve a hurgar el morbo, el más cochino, el más (in)sensible. Me refiero pues a cómo la espectacularidad de las imágenes del terremoto y tsunami en Japón, han alimentado y lo siguen haciendo, el circo en el que se convierten nuestros programas y revistas informativas, haciéndonos –y esto es lo más penoso- “olvidar” la tragedia que está viviendo más de cinco mil familias bolivianas a pocos kilómetros de distancia.

“Estas son imágenes nuevas del tsunami, imágenes que no dejan de impresionar”, dice la bella presentadora y luego divaga en datos, hace tiempo comentando cualquier cosa impactante mientras su invitado se acomoda y le ponen el micrófono. Resulta ser un experto en energía nuclear, de esos que las televisoras en estos días han sacado de las universidades y laboratorios para ponerlos en los medios. Explicaciones de todo tipo, desde todo enfoque, claro, acompañadas de las imágenes repetidas (hasta el aburrimiento) de la tragedia.

¿Cuál es la protesta mía? Pues simplemente que ya basta de convertir una tragedia humana en espectáculo con precio en dólares y cobrados por al segundaje.

Si tanta pena y compasión les provoca la tragedia humana, pues entonces traten de explicar qué pasó en La Paz, qué fue lo que –científicamente- provocó el derrubio del cerro e hizo que miles de familias hoy estén en la calle. Con los mismos expertos geólogos, físicos, químicos y demás menjunjes nucleares, expliquen el origen del derrumbe y con ello adviertan a los paceños, –incluidas las autoridades– a fin de evitar que situaciones como estas vuelvan a repetirse.

Obviamente lo de Japón tiene dimensiones mayores; lo ocurrido en La Paz, sin embargo, nos afecta por la proximidad, porque son nuestra gente, porque son nuestros familiares y porque sencillamente es nuestro problema y debe ser nuestra solución.

La tragedia japonesa ha venido –lamentablemente- a eliminar de un plumazo la tragedia paceña, la pandina, la cochabambina; alrededor de 14 mil damnificados ¿y?…menudas, ridículas se quedan estas historias ante la espectacularidad con la que automóviles, embarcaciones y aviones fueron revolcados por la furia de la naturaleza en la isla.

Es que así nomás es el negocio del periodismo, los hechos son solo noticias, así como los pacientes somos solo casos y los clientes solo dinero.

Por estas cosas desagradables de los medios y por otras igual de desagradables pero que se originan en el discurso político, es que urge reflexionar sobre la ética comunicativa. Me estoy acordando de la impresión que se llevó mi esposo cuando hace dos semanas le tocó evidenciar el esfuerzo con resultado exitoso de este Gobierno en la lucha contra la desnutrición en áreas rurales.

A propósito de su incredulidad, nos pusimos a pensar en lo difícil que se les hace a los políticos ser creíbles. Más razones para repensar en la acción comunicativa, aquella que seguro dejó sin sueño a  J. Habermas, uno de los más jóvenes exponentes de la Escuela de Frankfurt gestora de la Teórica Crítica.

Habermas en su acción comunicativa cree en la inocencia natural del ser humano; cree en el consenso logrado mediante el lenguaje, en el diálogo, en la razón como portadora de argumentos, en el compromiso de sinceridad que son capaces de asumir las personas para lograr acuerdos; todos,  elementos ausentes en el discurso mediático y en el político.

Craso error cuando ambos intentan justificar su omnipresencia en nombre de la razón porque no hay nada más irracional que nos crean cojudos.

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