El olor de las concesiones (Los Tiempos, 2011)


¡Vaya, cómo defienden la educación!, me dije al conocer la noticia sobre las movilizaciones de protesta de los Normalistas que exigen al Ministerio del ramo un currículo acorde a las exigencias actuales. El joven estudiante que era entrevistado por una red televisiva, seguía dando guerra y argumentaba más razones que justificaban tales medidas: “No queremos un currículo ideologizado”, decía el dirigente. Coherente hasta ahí, cuando de pronto su subconsciente comenzó a traicionarle: es que pedimos esto y esto y estito más. Todas, demandas sectoriales, concesiones que únicamente benefician a los estudiantes de la noble profesión de maestro.

Imperdonable y asquerosa ingenuidad la mía creer que la asonada no traía algo más bajo la manga; creer que los estudiantes se movilizan porque sueñan con una educación mejor, que es posible exigir calidad en su proceso formativo como profesores…ja, ja, ja. Mis creencias se acabaron al escuchar que entre las peticiones está la anulación de la norma que regula la asistencia a clases: más de cuatro faltas y el estudiante es expulsado de la Normal; o la modificación al reglamento de evaluación que no permite más de dos aplazos.

Lo último que se debería esperar de una sociedad en pleno proceso de cambio y transformación hacia el Vivir Bien, es que los futuros maestros (MA-ES-TROS) protagonicen revueltas callejeras porque quieren que se les amplíe el plazo para aplazarse y chacharse; y más vergonzoso aún es que estas exigencias estén camufladas en el argumento –también vergonzoso por parte del gobierno– de la ausencia de un currículo bien estructurado.

Que el motivo de las protestas sea la inexistencia de un currículo, que esté politizado y no responda a las expectativas de calidad de los estudiantes o que las autoridades lo “perfeccionen” en el camino, es absolutamente legítimo; pero que en nombre de esto, los futuros maestros pidan concesiones que hacen a la mediocridad, es inaceptable.

En medio de la confusión generalizada, sobran los sectores que la tienen clarísima: Los choferes paran cuando les da la gana, cuando mejor les conviene, cerquita al fin de semana, les cae bien; casadito con el feriado, excelente.

Protestan porque les preocupa el medio ambiente o les aflige el ya caótico tráfico vehicular. ¡Que se frieguen todos, a caminar, que los escolares no vayan a clases!  Los amos del volante deciden parar el país en oposición a la ley de los chutos que –entre otras anormalidades– alienta el ingreso de chatarra; pero, en paralelo, el sector para porque se niega a renovar sus cacharros con más de doce años de antigüedad.

Me recuerda al escandalete que hizo un grupo de maestros de la Normal Católica cuando el gobierno anunció que la cerrarían. Sacaron las pancartas y se largaron a La Paz porque se vieron afectados en sus intereses particulares…se quedarían sin pega.

Tan insultante como el grupículo de vecinos que cierra la cuadra para montar su peña folklórica; como cerrar una avenida principal y perjudicar a media ciudad porque otro grupículo de danzarines sabe vivir bien; tan irracional como las multas impuestas por el propio Ministerio de Trabajo a quien se atreva a trabajar el día del año aymara; tan contradictorio como querer que Baltazar Garzón nos devuelva el mar mientras el Presidente asegura que lo peor que nos pudo pasar fue la herencia de los Morales, los Pérez, los Linera y demás españoladas; tan llamativo como el patológico orgullo que siente el Vice de ser exterrorista; tanto, tanto como el título de Doctor Honoris Causa que recibió el Presidente de manos de quien gastó miles de dólares en echarle maldiciones al de entonces “nuevo gobierno”…¿acaso no fue precisamente la Udabol quien movilizó a sus estudiantes en contra del MAS y que contrató espacios de televisión para difundir spots que lo menos que hacían era comparar a Evo con el mismísimo Satanás?; el malo de la película se convierte en héroe de toga y birrete al más puro estilo de la universidad colonial, aquella que monopolizaba el pensamiento con libros restringidos al conocimiento eclesiástico y que hoy sigue causando sarpullido al Presidente.

Apesta, hiede, ese, ese es el olor de las concesiones que vende el comercio del poder ante la ausencia absoluta de convicción moral.

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