Con el corazón siempre agitado (Los Tiempos, 2011)


He decidido hacer un alto necesario en mi oficio de columnista. Agradezco al editor de Puntos de Vista, no, a mi editor y amigo (suena mejor y más real) por haber sido tan respetuoso con mis ideas, locuras y atrevimientos. Nunca me censuró, ni me cambió palabra (a no ser que estuviera mal escrita). Me sentí muy a gusto por ello.

Quiero agradecer a mis amables lectores por haberme honrado con su lectura. Agradecer mucho más a quienes me escribían para hacerme comentarios. La mayoría de las veces, reflexiones conmovedoras que me han llenado de orgullo y alegría. Muchas gracias a todos ustedes.

Escribo hace unos once años, pero no más de dos de forma frecuente. Los viernes –para mi– han sido días especiales: entrar al internet y ver si mi nota estaba publicada y volver a leerla con la cabeza más fría que cuando la escribí. ¿Cuestión de ego?, si.  Esperar que alguien me haga el milagro de la retroalimentación con algún comentario, comprar el periódico, recortar mi columna, ponerle la fecha y guardarla cuidadosamente en un fólder amarillo. Rutina que guarda la esperanza de que algún día, mis hijos –que aún no comprenden lo que hago– puedan “sentir” esa otra faceta de su madre.

Mi  mamá es la que más ha sufrido con este mi oficio. Aunque ella vio frustrado su sueño de ser periodista y de las valientes, se muere de miedo de que me “hagan algo” por no tener pelos en la lengua. Yo, simplemente le recuerdo que todo lo que soy lo aprendí de ella, incluso eso de desear ser una “periodista valiente”.

Escribir es un alivio. Cuando la mente te consume, cuando ves injusticias, cuando nos toman el pelo y te das cuenta que nada ha cambiado, cuando sientes que todo está peor, entonces, empiezas a bosquejar el artículo, buscas un título, rehaces diez veces el encabezado y de ahí las ideas y los sentimientos fluyen y la mente y el corazón vuelven a la normalidad; has dicho lo que sentías, te has saciado.

Pero escribir como yo lo he hecho desde el corazón, también es una tortura, un suicidio. Sentir la realidad hasta que te toque, hasta que te duela, hasta que te explote. Y eso me está enfermando.

Se quedan en la computadora algunos artículos que nunca envié. Se queda uno terminado, el que debía salir en vez de éste. Hablaba sobre la crítica de Evo a la Universidad. Crítica absolutamente injusta y desleal, viniendo de quien recibió tanto apoyo de estudiantes y docentes aquel octubre de 2003. De la Universidad que ayudó a fundar la República. La que recuperó las veces que fueron necesarias la democracia, la que encarnó cientos de luchas sociales…hoy la desconoce y rechaza., nada extraño en él.

Evo, ventrílocuo que gesticula según la condición del  auditorio. En esta oportunidad, en Chimoré ante la Universidad indígena y sus bases cocaleras, le tocó satanizar a la Universidad Boliviana tal como ha satanizado a todo y todos según la ocasión.

Esto me tiene enferma, sencillamente me duele, tanto como el sopapo que un empresario bananero del Chapare le metió a Evo por haberlo llevado casi a la quiebra con sus bloqueos infames. Y hoy, el gobierno del bloqueador, se llena la boca con discursos desarrollistas, emprendedores, productivos, exportadores…turísticos. ¡Ay carajo!

He sido dura, claro; no son momentos para escribir sobre banalidades ni faranduleadas. He sido crítica, por supuesto, no son momentos para mirar de palco ni desde la cómoda oficina de gerencia ni del despacho del banquero que –mutis–  cuida los lingotes de oro. No son momentos de meterse bajo tierra y esperar cincuenta años a que el tsunami pase.

No escondo la mía, no miro de palco, nunca hablé banalidades, pero por el momento y contra mi voluntad, debo hacer una pausa. Ya veré desde dónde dar la cara…por este país hermoso, por el futuro de mis hijos, por esos niños de la calle que me arrancaron la furia de tantos artículos publicados.

Gracias Luis por ser cómplice mío, gracias a ustedes por leerme tal cual soy: sin pelos en la lengua y con el corazón siempre agitado.

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